Estética y cosmética
La estética, dice una de sus más comunes definiciones, “es la rama de la filosofía que estudia la esencia y percepción de la belleza y el arte”; gracias a ella es posible percibir, aunque no necesariamente comprender, la belleza formal de lo conceptual y de lo físico. En cambio (sin entrar en análisis de terapéutica corporal) la cosmética busca volver bello lo que no lo es, forzando lo estético a partir del disfraz antinatural y burdo.
Si bien la estética puede tener muchas percepciones, éstas siempre partirán del entendimiento del individuo determinado por su contexto social y cultural, de aquí que lo que es artístico, bello, bonito, elegante o sublime para algunos, para otro no lo es, sin embargo el punto de partida siempre será el buen gusto. Del abuso perverso y torcido del buen gusto, surgirá lo cursi.
Francisco de la Maza, el gran historiador y crítico potosino de arte, en “Notas sobre lo cursi” (Anales del Instituto de Investigaciones Estéticas, número 39, 1970) al referirse al término señaló, recurriendo a la edición de 1869 del Diccionario de la Real Academia: “Que presume de fino sin serlo; ridículo; de mal gusto.” Más adelante, ya bajo su visión de autoridad estética, señala: “Lo cursi es “el quiero y no puedo”. Es el querer llegar a las cumbres de lo elegante y de lo distinguido y quedarse a la mitad; pero, por supuesto, creyendo haber llegado, pues una de las características esenciales de lo cursi, de esa falla de lo exquisito, es la sinceridad”.
Y para no dejar duda, por si la hubiera, precisa: “Cuando un recién enriquecido burgués quiere tener su casa propia, escoge a un dócil ingeniero o arquitecto (?) para que le haga su “niño colonial…”, con este último término, el doctor De la Maza se refería a los caprichos del nuevo rico que busca la creación de un Frankenstein arquitectónico que se adecue a sus caprichos.
Lo cursi, que seguramente ha estado, está y estará, presente de muy diversas maneras en la vida de cualquier ser humano, decía mi querido amigo Álvaro Muñoz de la Peña (seguramente reinterpretando a Paco de la Maza) se sublima bajo las categorías de lo kitsh y lo camp. Lo kitsch es el abuso de elementos tomados de modas pasadas, ya caídas en desuso (y por favor no piensen en los trajes de Xavier Nava, que esos –aunque feos– se salvan); lo camp, es el pretender ser estético y caer en lo cosmético por el abuso de lo artificial y lo vulgar (y aquí sí, pueden pensar en las espantosas combinaciones de un exdiputado panista huasteco).
La cuestión es que alguien le mostró al gobernador de un estado en forma de terrier escocés unas estructuras que parecen matamoscas o ralladores de queso para colocarlas en los accesos de un parque. Le gustaron, luego le hicieron creer que una sus atribuciones era la de ser esteta, y el gobernador comenzó a utilizar ese mismo diseño para toda la ciudad. Y a las puertas del parque siguió el acceso a una ciudad huasteca, un Golden Gate bridge de petatiux, y se pensó en incluirlos en la remodelación de una alameda (con miras a convertirla en un Central Park), y ahora esos matamoscas distintivos ya del estado y la ciudad, también, se aplicarán a los mercados. Esto ya se volvió camp.
El problema no es que un gobernador se sienta artista y diseñe sin ningún sentido de lo estético (y ciertamente, partiendo de los parámetros que mencioné con anterioridad esto puede ser tema de debate), el problema es cuando ese gobernador sacrifica lo funcional a lo vistoso, pasa por alto no sólo la opinión de la ciudadanía, sino también las necesidades de algunos grupos de la población, y dilapida de una manera grotesca el erario, para construir obras grandotas, tan grandotas como su ego.
Y ya que andan en plan de cosmetiqueros (así practican para las cuentas públicas), deberían de reponer las seis puertas de acceso a la zona peatonal de plaza de Armas; están de vergüenza. Y así reciben embajadores.
Gracias por la lectura. Ojala sean abundantes las invitaciones a toda clase de comidas decembrinas; estoy puesto.



