Esto no pinta nada bien

La infalibilidad nunca ha sido un don otorgado a nuestros gobernantes, presidentes de la República incluidos. El problema, mayúsculo, se nos planta enfrente cuando hay quien en el ejercicio del poder se siente infalible y actúa en consecuencia. Creo que eso comienza a ocurrirnos a los mexicanos.

En semejantes circunstancias, lo más lógico es asumir que tarde o temprano la realidad se impondrá. Es racional suponer que al topar con una realidad distinta a los propios deseos y aspiraciones, sea aquella la que prevalezca sobre estos. Y cuando el choque con la realidad es brutal, uno supondría que la rectificación sería rápida y contundente.

Pero cuando pese a la brutalidad del encontronazo no se admite la verdad de fondo (que los hechos no avalan tu visión ni convalidan tus intenciones) y se opta por el peligrosísimo camino de ignorar la realidad, la problemática se vuelve mucho más difícil, compleja e inmanejable. Divorciarse de la realidad cuando se es Jefe de Estado en un país de 130 millones de habitantes y la catorceava mayor economía del mundo, es mucho invocar a los demonios de la vida pública.

Confundir la solidez de principios con la simple necedad, o equiparar rectificación con claudicación conduce, por ejemplo, a la imposibilidad de entender que cuando en una confrontación una de las partes decreta el cese unilateral de las hostilidades, en los hechos está regalando la victoria a su adversario. Y qué peor cuando ese adversario es cruel, impío y demente.

Los hechos, definidos en tiempos recientes por las masacres en Aguililla, Michoacán; en Tepoachica, Guerrero; el jueves negro en Culiacán, hasta llegar apenas el lunes pasado a la barbarie sin nombre contra tres madres y seis niños, incluidos dos bebés, de la familia Le Barón, en las cercanías de Bavispe, Sonora.

¿Qué nos dicen esos acontecimientos, esa terca y brutal realidad? Algo dramáticamente sencillo: que la promulgada y defendida "estrategia" de no perseguir a los capos, de no combatir la violencia con violencia ni el fuego con fuego, y de cambiar los balazos por abrazos, al crimen organizado, a sus jefes y sicarios, les da risa y la aprovechan en su beneficio.

¿Es muy pronto, -once meses y una semana- para dar por fracasada esa forma de hacer frente a la criminalidad? Pienso que no. Y lo hago a partir de una experiencia muy similar y reciente: al arranque del gobierno de Enrique Peña Nieto, en diciembre de 2012, los cuerpos federales de seguridad fueron instruidos de no confrontar a los cárteles de la droga. Esa estrategia fue aplicada atendiendo al planteamiento de una importante firma de consultoría en materia de seguridad. El sustento teórico era simple: al no enfrentarse a los grupos armados, automáticamente disminuirían los índices de inseguridad vinculados a la violencia. 

Ocho meses después, en agosto del 2013, esa estrategia fue abandonada por inservible. Los criminales entendieron el repliegue de las fuerzas federales como una cesión del terreno y lo aprovecharon para introducir más armas, mover más droga, ganar más dinero, reclutar más sicarios y, en suma, para fortalecerse. Al reanudarse su combate, las diversas corporaciones encargadas de hacerles frente eran las mismas en número, equipamiento y capacidad de fuego, que se encontraron con un enemigo mejor pertrechado, más rico y en algunos casos más cruel.

Todo pasa por no aceptar la realidad y actuar en consecuencia. Sin olvidar la vieja sentencia: realidad que se ignora, cobra venganza. 

Con esto en el pensamiento, (me) resulta imposible conciliar en la mente imágenes tan distantes entre sí como la camioneta incendiada de la familia LeBarón en cuyo interior estaban los restos carbonizados de niños y bebés, con la del presidente López Obrador advirtiendo a los criminales que de seguir en sus andanzas se vería obligado a acusarlos con sus mamás y sus abuelitas. Cómo racionalizar la estampa del jefe del Ejecutivo federal exhortando a sus audiencias a erradicar el crimen gritándole a sus oficiantes "¡Fuchila!",  "¡Guácala!". No hay manera. Algunos contrastes comienzan a acercarse peligrosamente al ridículo.

EL INVITADO NO DESEADO

Sería muy lastimoso, por decir lo menos, que en el corto plazo el presidente López Obrador se viera obligado a modificar su estrategia contra la inseguridad por la imposición de los intereses norteamericanos. Lastimoso, pero no sorprendente. Ya hizo algo similar con la rectificación a su política migratoria, que pasó de los "brazos abiertos" en campaña al puño cerrado ya en el poder para los centroamericanos. Esto ocurrió ante la muy fuerte presión del vecino del norte que amenazó colapsar la economía nacional con la imposición de aranceles a nuestras exportaciones. Sólo

La primera reacción del siempre imprevisible Donald Trump fue rápida y diáfana. En dos tuits inmediatos a la tragedia de la familia LeBarón, cuyos integrantes disfrutan de la doble nacionalidad, condenó los hechos, adjetivó con severidad a los responsables e hizo dos afirmaciones que no se pueden pasar por alto: "Este es el momento para que México, con la ayuda de Estados Unidos, libre la GUERRA a los cárteles de la droga y los borre de la faz de la tierra" y "simplemente esperamos una llamada de su gran nuevo Presidente". 

La llamada se produjo unas horas después, aunque no fue en demanda del apoyo norteamericano sino para asegurarle a Trump que el gobierno mexicano podía solo con el problema y que los responsables de la masacre serían encontrados y castigados. 

Hasta aquí, todo va en buenos términos, pero se vislumbra como más posible que las cosas se descompongan y no que se mantengan así. Para empezar, porque a diferencia de AMLO, el presidente estadounidense encara en el corto plazo una contienda electoral que definirá su permanencia en el cargo otros cuatro años o su relevo. La ele cción correspondiente tendrá lugar justo dentro de un año, pero las llamadas elecciones primarias intrapartidistas comienzan en enero próximo y se completarán en unos seis meses. Una vez celebradas, por ahí de julio, las convenciones nacionales de postulación de candidatos, las campañas correspondientes arrancarán en agosto.

También a diferencia de López Obrador, Donald Trump, aunque mantenga su pleito abierto con los medios no conservadores de su país, es sensible al manejo mediático de los grandes temas, sobre todo cuando inciden en las preferencias electorales. 

Sucede que la iglesia mormona, una de cuyas vertientes encabeza la familia LeBarón, es políticamente influyente y generalmente se identifica con el Partido Republicano al que pertenece Trump. Los mormones tienen presencia tanto en la Cámara de Representantes como en el Senado. En este último su figura más destacada es un peso pesado: Mitt Romney, ex gobernador de Massachussets y ex candidato presidencial (2012). 

Otro senador norteamericano que sin ser mormón salió de inmediato a los medios para condenar los asesinatos de la familia LeBarón, es el también republicano Tom Cotton, de Arkansas, destacado por ser el más joven de la actual legislatura (42 años), héroe condecorado de la guerra contra Irak, e insistentemente mencionado como posible futuro director de la CIA. Su declaración tuvo mucha resonancia acá porque dijo que la política anti crimen de "abrazos no balazos", es propia de un cuento de hadas.

No se quedó atrás otro senador de peso completo, Lindsey Graham, también republicano y frecuentemente confrontado con Trump, quien entre otras cosas dijo que preferiría viajar a Siria que a México.

No debemos olvidar que independientemente del proceso electoral que está a punto de arrancar, Trump enfrenta el riesgo de un Impeachment (especie de juicio político que puede conducir a su destitución). Este proceso ya fue iniciado en la Cámara de Representantes, donde tiene mayoría simple el Partido Demócrata, pero la decisión final corresponde al Senado por mayoría calificada de dos tercios. Los correligionarios republicanos de Trump tienen una mayoría ajustada pero suficiente para sacar del atolladero al mandatario del peinado de alto mantenimiento.

En este contexto, tenga usted por seguro que Trump hará todo lo necesario para mantener firmes de su lado a los senadores republicanos. En tales condiciones, no es descabellado calcular que si algunos de ellos lo presionan para actuar con más determinación en México, lo hará tope en lo que tope. Trae en la cintura la misma y eficaz arma que utilizó para el tema migratorio: aranceles.

COMPRIMIDOS

Hacia junio del año próximo habrá numerosos relevos entre los 16 magistrados del Supremo Tribunal de Justicia del Estado. Nueve de ellos habrán cumplido los seis años para los que fueron designados en el 2014. Todos tendrán derecho a ser ratificados -por el Congreso a propuesta del Ejecutivo-, con lo cual automáticamente permanecerán 9 años más. Teóricamente, la mejor manera de conseguir la ratificación es cumpliendo sus obligaciones con eficacia y honestidad. Sin embargo, varios de ellos, chambones y sinvergüenzas, le apuestan a un trabajo deficiente de las áreas jurídica del Gobierno para sustentar su relevo, lo cual en el pasado ha permitido a otros recurrir al amparo y beneficiarse de la tendencia en la Suprema Corte para proteger a los magistrados estatales, lo merezcan o no.

Para contrarrestar esa nefasta posibilidad, lo lógico sería que el Ejecutivo verdaderamente buceara en el trabajo de los magistrados indeseables, que rondan la media docena, y los exhibiera, pero eso es algo que no se le da. Para que batalle menos y no nos herede a los potosinos impartidores de justicia vagos y corruptos, le tenemos una atenta y gratuita sugerencia. Que el señor gobernador o su secretario todo terreno busquen una entrevista con Santiago Nieto, le lleven los nombres y RFCs de los susodichos, y le pidan que por favor oprima unas cuantas teclas en las computadoras de la Unidad de Inteligencia Financiera y verifique ingresos, gastos, patrimonios comparados de los más impresentables magistrados. Con la tecnología actual eso no tarda ni cuesta mucho. Estoy seguro que hay varios que de ser investigados simplemente acabarían convertidos en carne de presidio.

Pues sí, al imberbe Marrero del Atlético de San Luis le encanta tirar al caño dinero que no es suyo; será de los dueños del equipo pero suyo no es: el despido del entrenador Alfonso Sosa le costó al club 30 millones de pesos. Su sueldo mensual era de 800 mil pesos y tenía contrato vigente por poco más de dos años. Le tuvieron que pagar eso más las prestaciones adicionales.

El curiosísimo alcalde vállense Adrián Esper anduvo por estas tierras la semana pasada y uno de esos días fue visto llegar al parque Tangamanga a hacer ejercicio matutino. Quienes vieron y presenciaron su show siguen impresionados. Dos asistentes le ayudaron a reposar sus glúteos en la cajuela de su vehículo. Una vez ahí, extendió sus delicados pies para que cada uno de los ayudantes le pusiera su correspondiente patín de ruedas y procediera a amarrarle las agujetas con delicadeza. Acto seguido, lo ayudaron a descender del improvisado asiento y le entregaron sus bastones de patinador y se fue casi volando.

Hasta el próximo jueves.