Falta un decretazo
Salí poco después de las 6am por Salvador Nava rumbo a Himalaya, en este afán de retomar mis hábitos de caminar mañaneramente. Al tomar esta avenida ya tan transitada, escogí el camellón central rumbo a Sierra Vista. La distancia de ese tramo es un poco más de 1km cuesta arriba.
Me gusta el trayecto pero siempre está sucio: con restos de parranda humana, del paso de los pedigüeños, de mascotas con dueños valemadristas que dejan los excrementos de sus canes a media vía, en la orillas, en las esquinas y en las plantas que mueren de sed, a falta de un alma caritativa que les de agua cuando impera la sequía.
A principios de año me presenté con la titular de cultura municipal para mostrarle un proyecto elaborado por mí, con la intención de involucrar en el cuidado de este camellón tan concurrido, a los locatarios, a los paseantes con mascotas, a las estéticas caninas y a las veterinarias. Pero al parecer el mantenimiento de las calles o el comportamiento de parte de la ciudadanía en este tema, está fuera del radar de las autoridades.
Así que ahí voy a preguntarle al señor del periódico, quien diario alimenta a las palomas en el cruce de Himalaya y Salvador Nava, si él podría barrer -si yo le llevaba escoba y recogedor- ese cachito del camellón en donde quedan regados hasta zapatos de las marchantas, botellas de plástico y mugre. Me dijo amablemente que sí, pero que así lo tenían “las señoras de las faldas, las de Oaxaca, que tienen niños desde los 12 años y que no saben hacer nada, ni sus maridos, más que más niños que traen cargados para causar lástima. Qué quienes van en los coches, cuando les toca el alto y les dan a estas personas lo que están comiendo, en cuanto arrancan lo tiran, ni lo quieren. Viven de lo que les dan y no les interesa trabajar, menos limpiar. En cambio, uno tiene a sus hijos en la escuela todavía a los 12 años, esperando que con el estudio les vaya mejor. Y no los manda uno a casarse como en Chiapas o Oaxaca. Y uno aquí, a ver cómo le hace para pagar libros, colegiatura y todo lo que les piden. Ya no deberían darles nada para que se pongan a trabajar en lugar de estar estirando la mano. Yo barro todos los días, recojo la basura, pero de nada sirve porque siempre dejan un mugrero.”
Nos despedimos, seguí mi caminata tratando de no pisar esto y aquello, sólido y semi sólido de todos los tamaños y colores a pesar de tener durante todo ese tramo unos cuatro contenedores especiales para el excremento de las mascotas. Me fui mirando con sospecha a todos los que a esa hora paseaban con sus perros; los observaba a ver si traían una bolsita para recoger lo que dejaban a su paso, bajaba mi ritmo para asegurarme de que limpiarían los desechos, pero les sonreía para disimular las señas de mi descontento.
Imaginaba mientras los veía, cómo me podría asegurar de que todos llevaran y usaran las bolsitas; qué les diría primero, cuál sería el tono de mi voz y mis gestos para que no se sintieran molestos y me recordaran a quien me había traído al mundo. Pero no dije nada a nadie: no me atreví. En cambio imaginé si no sería ocioso diseñar unos volantes y cada mañana repartirlos a todos los que llevaran perros. Un volante a manera de encuesta: “¿vienes aquí frecuentemente con tu mascota? ¿Caminas con ella o con él para que esté sano? ¿qué es lo más importante de este paseo para ti y para tu perro? ¿te parece que este tramo de Himalaya está en buenas condiciones; lo ves limpio? ¿Sueles traer bolsa para evitar dejar sus desechos en plena calle? ¿te gustaría promover que todos los paseantes con perros recojan lo que sus perros hacen?... bla bla bla. Otras ideas de cómo hacer equipo con veterinarias y estéticas y otros comerciantes de la zona ¿qué todos los que caminamos frecuentemente por ahí, no notamos que es un mugrero? ¿y porqué dejamos que la gente se lleve impregnado en sus zapatos la sutil pestilencia que emana la calle?
Pensé que sería una batalla perdida, si además me habían dado el avión en el Ayuntamiento. Así que me puse los audífonos, hice como que no era yo la que escalaba el camellón de tan famosa cordillera, e imaginé que teníamos otro nivel de civilidad y que este paseo peatonal podía ser utilizado para muchos eventos culturales que invitaran a la gente en estos meses de calor, a vivir la calle y verse la cara no desde el automóvil.
En fin, creo que las endorfinas del ejercicio hicieron su trabajo y me provocaron un viaje que me hizo creer que podíamos acceder al nivel los países nórdicos más civilizados. ¡Tan fácil que sería!
Transité así, entre fantasía y realidad, durante solo 4 k en los que soñé que San Luis podía ser mejor en ese aspecto, si tan solo lleváramos con nosotros una bolsita en cada paseo con nuestra mascota.
Pd: ojalá existiera un decretazo para que todos lo hiciéramos. Pero hay otros asuntos más relevantes para los cuales hacer decretos al vapor. Así que ¡olvídenlo!



