Ye hemos comentado la importancia que tiene la familia para el proceso de educación integral, el cual consta no solo de conocimientos teóricos y técnicos, sino que además incluye habilidades, actitudes, valores y emociones; todo ello situado en un contexto específico, en donde se pone en práctica, se refuerza o se modifica todo lo aprendido.
Esta importancia del grupo familiar es fundamental, dado que es el espacio en donde ocurren los primeros aprendizajes de una persona: lenguajes, costumbres, consumo cultural, cuidados de la salud y alimentación, valores, comienzo en la afirmación de la personalidad y la autoestima, entre muchos otros.
“La escuela de todos los días”, se encuentra ni más ni menos que en cada uno de los hogares con cada familia y sin proponérnoslo, o si se quiere de manera no formal, los padres somos los maestros. ¡Vaya encomienda!, nunca fuimos informados de ello, ni mucho menos fuimos formados para ejercer tal función.
Por supuesto que esta etapa y espacio familiar, es sólo una pieza del gran rompecabezas de la educación, pero resulta un fragmento de gran importancia, porque conforma la base sobre la cual se irán uniendo las demás piezas y en muchos de los casos de ella depende que se termine en éxito o en fracaso.
La idea no es nueva, ya desde tiempo atrás se ha venido hablando y teorizando al respecto; tomemos el caso de Bandura (1977), el cual genera la teoría del aprendizaje social, en donde explica que el aprendizaje se da por observación, imitando y repitiendo las acciones que ocurren en nuestro contexto, en los diferentes espacios y con las diferentes personas con quienes interaccionamos; le llama aprendizaje vicario.
Para el caso de la familia, el contexto y situaciones en donde se desarrolla, su dinámica interna y sus miembros, plantean el escenario perfecto para que este aprendizaje vicario se produzca. Ellos, nuestros alumnos no formales, nuestros hijos, nos observan; cada acción, cada palabra, cada mirada, cada paso; nada se escapa: nuestra forma de comer, de hablar, de vestir, de dormir, de resolver problemas, de reaccionar ante situaciones diversas; se dan cuenta si mentimos o si estamos preocupados, si nos equivocamos o acertamos en alguna decisión.
Son muy inteligentes, aunque lo disimulen de manera casi perfecta y nos tienen (a los que somos padres) “tomada la medida” de manera experta; dependiendo de la situación, de lo que buscan lograr y realizando un cálculo meticuloso de las posibilidades de éxito, saben a quién y de qué forma dirigirse a papá o mamá y casi siempre lo logran; para ello, hacen uso de lenguaje no verbal: tono de voz, postura, mirada y todo un arsenal actitudinal dispuesto a utilizarlo para hacer valer su capacidad en esta escuela.
Está claro que estos alumnos inteligentes, Nuestros hijos, están alertas para aprovechar al máximo todas las enseñanzas, las cuales muchas de las veces no advertimos que les estamos dando y que, al ser introyectadas y aprendidas por ellos, las reproducen al llegar a escenarios externos al hogar de la forma más natural y espontánea.
…Ese día, la educadora recibió como lo hacía cotidianamente, a todos sus pequeños alumnos, los cuales fueron entrando uno a uno a tomar su lugar en el aula. Todos ellos, ante el buen ambiente escolar, conocimientos y sobre todo afecto y respeto con el que eran tratados por su maestra, llegaban siempre de manera alegre y con el gusto por asistir a su escuela; sin embargo, ese día “Robertito”, llegó inusualmente molesto y con actitudes negativas hacia sus compañeros y maestra.
Apenas había transcurrido la primera actividad, cuando ya había agredido verbalmente a uno de sus compañeros: en la elección de material para realizar una construcción, un niño tomó por anticipado uno de los bloques que él quería y su reacción fue decirle: …¡eres un pendejo! (sic.) y se aprestaba a agredirlo físicamente, cuando la maestra intervino, lo detuvo y le pidió de forma mesurada y atingente una explicación del por qué había tenido esa conducta; al sentirse descubierto, su mecanismo de defensa fue decirle a la educadora: …¡eres una pendeja! (sic.); obvio resulta el imaginar la sorpresa que había causado en ella la respuesta y con mucha firmeza le indicó que no estaba bien su conducta, pero decidió continuar la sesión, sin excluirlo de ella y observando sus reacciones, para evitar otras agresiones.
La idea de fondo de la maestra era que en lugar de evidenciarlo como culpable frente a los demás, solucionarlo al dialogarlo en conjunto con el padre o madre de familia a la hora en que lo fueran a recoger y así, en conjunto con su familia moderar la conducta mostrada por el niño.
A la hora de salida, quien se presentó a recogerlo fue su papá, al que se invitó a que pasara al aula para hacerle el comentario de lo sucedido y tomar acuerdos; una vez adentro y estando presente el alumno, se le explicó la conducta asumida por su hijo y la palabra que le había proferido a la educadora, al escuchar lo sucedido su reacción inmediata fue voltear a verlo y le dijo en un tono fuerte y de evidente regaño: …¡ya lo ves pendejo, te dije que en la escuela no…! (sic.).
No cabe duda que esta escuela tiene resultados altamente significativos y efectivos, su importancia está por demás comprobada y experimentada por todas y cada una de las familias que conforman el tejido social. La relevancia que tiene para la educación integral es fundamental y como lo mencioné al principio, en muchos de los casos de ella depende que termine en éxito o en fracaso la formación de los individuos.
“La escuela de todos los días” funciona en el siguiente horario: de lunes a domingo, las 24 horas del día y participan en ella todos los individuos que conforman la sociedad, nos demos cuenta de ello o no; si logramos hacer un buen uso de sus alcances, habremos puesto las bases y estaremos ayudando a que sus alumnos tengan las herramientas suficientes para transitar de mejor manera por el conglomerado social y a su vez, ayudado a que la escuela formal (la institución escolar) desarrolle sus funciones de mejor manera con nuestros hijos y complemente las acciones educativas iniciadas en casa.
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