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Familia y escuela Capítulo 85: Lecciones eficaces, pero indeseables

Por Gustavo Ibarra Hurtado

Noviembre 17, 2021 03:00 a.m.

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No es necesario ser el gran analista político o el alumno superdotado; ni ser el gran maestro o padre de familia con los más altos atributos sociales, culturales o académicos; todo ello, para darnos cuenta que una de las características del desarrollo ha guiado a la educación en general (no solo escolar), a exaltar valores y tendencias que fomentan un individualismo y competitividad, con la adquisición natural de un tipo de valores  “indispensables”  para la sobrevivencia en este sistema social.

En este sentido, en muchas personas se han privilegiado y desarrollado de manera efectiva actitudes de apatía, insensibilidad e indolencia, que sin ningún recato y de la manera más espontánea y natural se ejecutan día con día; sirviendo al mismo tiempo, con la misma o mayor efectividad, de lecciones a las generaciones siguientes, quienes esperan superar al maestro.

Ya desde la década de los noventas, Pablo Latapí lo advertía: se ha perdido la solidaridad, la misericordia con “la exclusión del otro y la destrucción del que se me opone”, por su parte Morín ya también afirmaba la necesidad de que la educación fomentara una identidad individual, pero que para ello, tomara en cuenta al otro y al grupo, no solo de su estado, país o continente, sino del mundo entero.

Por ejemplos no vamos a batallar, porque la exclusión, el prejuicio, la insensibilidad, el desapego y la “frialdad” ante lo que le ocurre al “otro”,  ha ido en crecimiento y está presente en la mayoría de las acciones, basta con asomarse a la ventana, caminar por alguna calle citadina, revisar algunas redes sociales o simplemente observar ciertas escuelas y salones de clase, incluso algunos hogares.

Es tan “normal” observar en vivo o en transmisiones video grabadas, hasta por diferentes cámaras y ángulos, los  asaltos y atracos a personas en  establecimientos, en transporte público, en la calle y hasta en plazas muy concurridas, ya ni siquiera cobijados por la oscuridad, sino con toda impunidad durante el día y hasta mostrando libremente el rostro; por supuesto igual de “normal” resulta, ante el inminente peligro, el no hacer nada por evitarlo o por denunciarlo.

Es tan “normal” escuchar y usar lenguajes tan denigrantes y en un tono que va de la burla al odio: “joto” “marica” “negro” “naco” “vieja” “burro” y muchos que, en afán de no hacer apología de ellos, no abundo en más vocablos. Igual de “normal” resulta aceptarlos y hasta celebrarlos, sin negarlos, mucho menos corregirlos; mientras no vayan dirigidos a mí, no hay problema.

Al suceder algún accidente automovilístico, antes de auxiliar a los lesionados, incluso antes de marcar por ayuda al 911 u otro apoyo social, sobreviene automáticamente la rapiña y el consabido video para subir a las redes sociales y obtener los miles de “likes” y minutos de fama fugaz; desde luego apreciado de manera “normal” la falta de escrúpulos y justificando el beneficio obtenido por las escenas grabadas y vendidas a algún medio de noticias.

Lo más increíble del caso es que todo esto y muchas cosas más ocurren ahí, frente a nuestros ojos, como lecciones recibidas de maneras a veces desapercibidas e inesperadas, pero con un grado muy alto de eficacia, porque no se necesita asistir a una escuela o sentarse a escuchar a un maestro, mucho menos presentar un examen para asegurarse que las hemos aprendido, simplemente en ser parte del conglomerado social y coexistir con todos los fenómenos que se van generando y sobre todo, las formas en que se reaccionan ante ellos.

Por otro lado, también ahí, frente a nuestros ojos, presenciamos la paulatina reducción y desaparición de elementos como la  solidaridad, la empatía, el apoyo, la comprensión de “los otros”; que son fundamentales como factores de cohesión social, familiar y de otros grupos, que al reunir a individuos, permiten establecer metas comunes.

El futuro y su proceso de crecimiento y desarrollo ha provocado secuelas, en algunos casos irreversibles en el medio ambiente y los seres vivos, llegando a declarar a diversas especies de animales y plantas en “peligro de extinción”; mismo peligro que están sufriendo diversos valores y prácticas sociales que, ante su desuso y ser considerados en desfase con las costumbres, normas y reglas de comportamiento no escritas que han sido generadas,  aceptadas, aprendidas y practicadas por la mayoría, se enfilan a su desaparición.

Para la protección, salvaguarda y recuperación  de especies en peligro de extinción, se han creado grupos ambientalistas, los cuales aunque en apariencia sean tachados de no ir a favor del progreso y su evolución, han iniciado la lucha en contra de ese “desarrollo”; de la misma forma, es pertinente que los grupos sociales que realizan acciones formativas y educativas hacia las nuevas generaciones, fomenten el no aceptar como “normales” los valores y actitudes individualistas descritas. 

A final de cuentas, todo recae en una decisión individual, no hay que ser tan ingenuos de suponer un engaño, porque todo siempre ha estado ahí, a la vista, pero la complejidad del ser humano busca soluciones complicadas o pretextos para no ver lo evidente; tal como ocurre en la historia creada por Edgar Allan Poe: “La carta robada”, en donde resulta que la carta siempre había estado ahí donde se pone normalmente toda la correspondencia.

Si una misión tiene la educación integral, aquella desarrollada en escuelas, familias, medios de comunicación y otros espacios y grupos, es precisamente el descubrir ante los ojos de todos lo que siempre ha estado ahí.

Depende de nosotros el abrirlos  totalmente y ver, mirar y observar las diferentes realidades y no fingir que “no vemos nada” “hacernos los occisos” o “darle el avión” a lo que está simple y llanamente ocurriendo todos los días frente a nosotros.

La sabiduría popular desde hace mucho tiempo advirtió: “no hay peor ciego que el que no quiere ver”.

Comentarios: gibarra@uaslp.mx