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Familia y escuela Capítulo 99: En peligro de extinción: La solidaridad

Por Gustavo Ibarra Hurtado

Febrero 16, 2022 03:00 a.m.

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Tal como está ocurriendo con algunas plantas y animales, las cuales, ante el embate de la modernidad, de los avances y desarrollo tecnológico con mayor daño ambiental; además, con el crecimiento demográfico y con ello de las manchas urbanas e industriales, muchas de estas especies se encuentran amenazadas y condenadas a su extinción.

Desde luego que para quienes tenemos consciencia de la importancia que para este planeta y todos los que habitamos en él, tiene el equilibrio de la vida en todas sus manifestaciones, así como de su preservación y cuidado, el hecho de mencionar el término “extinción” suena francamente escalofriante, nos remite a la muerte, a la partida sin retorno y desde luego, a la pérdida lamentable de biodiversidad limitándonos a solo conocer a esos seres en grabaciones y nunca más en vivo.

Ante el peligro que representa esta pérdida, afortunadamente se ha acrecentado el número de personas y grupos ambientalistas, ecologistas y otros que, preocupados por nuestro futuro, han emprendido acciones heroicas en contra del crecimiento y desarrollo no sustentable y contra todo aquello que atente contra la naturaleza y quienes la habitamos.

De manera muy similar a lo que ocurre con el peligro de extinción de seres vivos, encontramos que muchos de los usos y costumbres, elementos culturales e ideológicos de convivencia social armoniosa y otras acciones, producto importante del y para el desarrollo de los pueblos, están sujetos al mismo riesgo de desaparecer; tal es el caso de la solidaridad.

Entendida como ese valor o para muchos esa virtud humana, que permite demostrar el respeto y, sobre todo, la empatía que se tiene hacia otras personas dando acompañamiento y apoyo para que superen una situación apremiante, o bien, ayudando a que se culmine o realice una actividad o trabajo, incluso compartiendo elementos económicos en efectivo o en especie como la comida, ropa, calzado que, si bien no es un sobrante, si podemos utilizarlo para los demás. 

Todo lo anterior, realizando la acción sin que sea solicitada, sin que haya interés alguno de obtener alguna dádiva, ganancia o remuneración por ella, conformándose con el simple agradecimiento de parte de la o las personas favorecidas, incluso sin esto último.

Resulta evidente que estamos asistiendo al espectáculo de la vida, en donde gradualmente se están privilegiando los intereses propios, bien sea individuales o grupales; intereses que llevan a ir reduciendo la práctica de este valor.

Ante los niveles de inseguridad y violencia, la desconfianza generada ha provocado que vayan en aumento las acciones anti solidarias, en donde ya no se otorga ni el saludo a vecinos o personas que encontramos en los espacios públicos; la ayuda a aquellos que llevan cargando cosas pesadas incluso, otorgar el lugar o facilitar el paso a quienes, por su edad o impedimentos físicos y motrices, requieren de ello.

Aumenta la indiferencia y hasta cierto tipo de “ceguera” ante quienes están a la orilla del camino o calle, empujando o con su vehículo descompuesto; pasa lo mismo al ver cómo se asalta o agrede a alguien; o se practica la rapiña sin avisar a las autoridades del accidente carretero, estando los heridos o moribundos sin ser atendidos.

También se han ido extinguiendo costumbres que implicaban el apoyo hacia los demás; ya Pablo Latapí lo denunciaba: “…perdimos la misericordia, la piedad hacia los ciegos y hacia los ancianos… perdimos la tradicional solidaridad, la de los vecinos, la de los pobres… las costumbres indígenas que eran un testimonio de la posibilidad de compartir… las faenas colectivas, las decisiones por consenso… desaparecieron las tandas como sistema de ahorro solidario”.

A esta larga lista, se añaden algunos maestros y padres de familia que muestran su indiferencia; los primeros ante al entender que su única misión es “solo dar clase” y que los problemas de sus alumnos no les competen; en tanto que los segundos son omisos, ante el pretexto de que sus hijos o familiares “deben aprender a resolverlo solos”.

Es justo el reconocer que todavía, tal como los grupos ecologistas y ambientalistas luchan contra corriente por preservar las especies en peligro de desaparecer, también existen grupos y personas que no obstante lo difundido y extendido de los ejemplos mencionados en párrafos anteriores, demuestran con su actuar la preocupación por los demás.

Asociaciones filantrópicas que otorgan becas de manutención y escolares; organizaciones no gubernamentales que defienden a los menores de edad y a las mujeres violentadas; colectivos que organizan comedores y albergues comunitarios, grupos que llevan comida y vestuario abrigador a familiares de pacientes a las afueras de los hospitales, a las caravanas religiosas o de migrantes; personas que llevan apoyo psicológico, religioso y material a los reclusos y sus familias.

Desde luego que no podemos excluir a los programas de apoyo social, encabezados por los gobiernos en turno, siendo éstos no una dádiva, mucho menos un favor con fines y tintes políticos, sino una exigencia ineludible como parte de su obligación de repartir de manera eficiente y pertinente los recursos.

Estas acciones en pro de mantener este valor vivo, son la muestra de que, al enlistar a la solidaridad como una práctica en peligro de extinción, no es para nada un síntoma exagerado y alarmista o una experiencia que, como parte del desarrollo, evolución y progreso de las sociedades, debamos de comprender pasivamente su extinción; más bien es una señal de ponernos en acción inmediata.

Algunas familias ya han emprendido esta lucha, elaborando planes de apoyo hacia grupos vulnerables, en donde desde los abuelos hasta los más pequeños participan de este movimiento; de igual manera, ya en algunos planteles escolares, se desarrolla durante el curso, campañas de apoyo social hacia comunidades de escasos recursos, asilos y otras.

No me sorprendería, ni vería con malos ojos el que de manera oficial existiera en las escuelas una materia o asignatura que llevara por nombre: “inclusión y solidaridad social”, en donde, más allá de una calificación para aprobarla, se realizaran prácticas y campañas hacia afuera de los planteles.

Comentarios: gibarra@uaslp.mx