Familia y escuela

Por supuesto que la vinculación entre la familia y la escuela, no es la única forma de hacer equipo entre grupos o instituciones sociales para el desarrollo óptimo e integral de la educación; sin embargo, desde mi punto de vista, este binomio es el más importante.

Como todos sabemos, el ritmo de la vida social, familiar y laboral, enfrascado en la cotidianidad,  ha llevado a la familia en gran parte de los países y sobre todo en América latina, a afrontar las necesidades consideradas como básicas para la supervivencia de manera integral, aprovechando en muchos de los casos, la mayor cantidad de miembros disponibles y oportunidades para generar y producir recursos, así como la búsqueda de mejores condiciones de vida en vivienda, transporte, alimentación, servicios de salud, entre otros.

Aunado a lo anterior y como mención importante, se suma las luchas feministas por acceder a los derechos, totalmente justos, por tener el desarrollo íntegro como profesionistas y ser partícipe directo en la generación de recursos propios y en su caso para la familia, demostrando su capacidad, incluso en muchos de los casos, asumiendo lo que se conoce como: el segundo rol (trabajo y hogar).

Es de lo más común que, ante el breve panorama planteado, la dinámica familiar se ha establecido mediando entre tiempos reducidos de convivencia familiar y la calidad de éstos. No es para nada desconocido que a la gran cantidad de tipologías familiares existentes y siempre en constante creación y recreación (Krauskopf, 2010), se haya conformado la familia multiparental, que es aquella en donde debido principalmente a las necesidades laborales de horarios, distancias y obligaciones; diferentes personas consanguíneas o no, asuman el rol de padres. 

Este fenómeno vincula a las diferentes instituciones escolares, porque es muy común que quien asume realmente la tutela del alumno, no siempre sea papá o mamá; por ejemplo: para llevar y recoger a los alumnos a la escuela lo hacen los padres o en su defecto los abuelos, o un hermano mayor, o tío, o vecino en el mejor de los casos; o incluso, el menor va y regresa solo al hogar. De igual forma, el fenómeno se ve reflejado en la asistencia a las reuniones escolares, en donde se buscan horarios mayormente accesibles a la mayoría de los padres, incluso se implementan estrategias digitales para la comunicación entre ambas partes.

Queda claro que la familia multiparental, no se conforma por la desatención premeditada y deseada de los padres, sino por la búsqueda de mejores condiciones y niveles de vida, incluso los más básicos; pero también queda claro que fenómenos como el descrito, van alejando a padres e hijos, sobre todo en el tiempo de convivencia, dado que estos últimos pasan en la escuela más de 3 horas (dependiendo del nivel educativo).

Para un docente de preescolar o primaria y en algunos casos hasta de secundaria, resulta común el escuchar cómo el alumno se equivoca y le dice: Papá… Mamá… perdón, ¡me equivoqué! Confusión provocada, por la confianza generada ante la permanencia de una gran cantidad de tiempo en el plantel, así como de la confianza generada en la convivencia a grado tal de llevar el ámbito del hogar al aula.

De manera casi natural, provocada como ya se dijo, entre otros factores por la cantidad de horas que un alumno pasa en la escuela conviviendo con sus pares y docentes; además que, en efecto la función social de esta institución es la de educar, existen sectores poblacionales que delegan de manera casi exclusiva la educación al aparato escolar.

Frases recurrentes como: “La escuela es la extensión del hogar”, o bien: “la escuela es el segundo hogar”, no son sino el reflejo de las condiciones naturales que, para el desarrollo óptimo de la educación, se generan entre dos de las más importantes instituciones sociales; no obstante, la complejidad que sociocultural y económicamente se presenta para el desarrollo de la familia y sus hijos, el binomio familia – escuela es indisoluble e imprescindible.

El trabajo conjunto entre ambas partes se ve reflejado en múltiples acciones, diría que la principal de ellas reside en el elemento confianza, esa que se genera en cada familia y que se deposita en la escuela a donde se lleva de manera libre a sus hijos (no obstante la obligatoriedad del artículo 3º constitucional), confianza en que el hijo va a adquirir los conocimientos necesarios para, no solamente como se menciona en los dichos populares: “…ser alguien en la vida” (que de facto ya lo es), sino para que adquiera las herramientas necesarias y la preparación para crecer y desarrollarse socialmente, adquiriendo las acreditaciones que en teoría le permitirán adquirir un estatus profesional.

Pero esa confianza se extiende al iniciar en el hogar y depositándola posteriormente en la escuela, y no solo en situaciones de preparación y acrecentamiento del cúmulo de conocimientos teóricos y técnicos, sino a otros elementos propios de la interacción social en general y que suceden tanto en la familia, la escuela y otros escenarios; nos referimos a actitudes, valores y habilidades socioemocionales.

El desarrollo y fomento de estos elementos, desde mi punto de vista, resultan de igual importancia que el conocimiento teórico y técnico (en posteriores entregas hablaré de la teoría del equilibrio educativo), de forma tal que, resultaría tan importante generar en el alumno conocimientos matemáticos o de ciencias, como lo es el fomentar y practicar valores y actitudes de confianza en sí mismo, entre otros.

Como se puede apreciar, la educación en este caso en equilibrio e integral, no solamente se desarrolla en la escuela sino con la combinación de diversos factores y grupos sociales; de hecho, se inicia en el hogar, para continuar en diferentes escenarios, entre ellos la escuela. En este sentido, los maestros y todos los actores educativos respaldan y continúan la labor iniciada años atrás en el seno familiar de cada alumno. 

Existen trabajos de investigación muy sólidos sobre las familias y la escuela, en donde se asegura que los alumnos rinden más cuando padres y profesores comprenden sus expectativas mutuas y se mantienen en contacto para hablar sobre hábitos de aprendizaje, actitudes hacia el aprendizaje, interacciones sociales y progreso académico de los niños (Redding, 2000; Bolívar, 2006; Domingo, Martos y Domingo, 2010; Carrasco y Soto, 2015).

El trabajo conjunto entre la familia y la escuela, siempre ha sido de vital importancia, sobre todo cuando queda claro que la educación integral inicia en el hogar y se afianza en la escuela. 

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