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Familia y escuela Capítulo 123: Dicotomías

Por Gustavo Ibarra Hurtado

Agosto 17, 2022 03:00 a.m.

A

Qué simple y fácil resulta el conducir la educación y formación de hijos o alumnos, tomando en consideración, como resultados importantes, solamente los extremos de todas las situaciones y elementos a los que son sometidos en sociedad.

Esta simplicidad y facilidad se le conoce como “dicotomía” y es entendida desde el solamente tomar en consideración elementos que determinan a una persona o actividad de manera directa y sin tanta complejidad; es la “…división de un concepto o una materia teórica en dos aspectos, especialmente cuando son opuestos o están muy diferenciados entre sí”.

Esta manera de percibir e interpretar todas las cosas, incluso etiquetar personas, se da de forma culturalmente natural, sin detenerse a pensarlo de manera más analítica, es simplemente apreciarlo y decirlo: Bonito o feo, blanco o negro, positivo o negativo, malo o bueno, hombre o mujer; así de fácil.

Desde luego que determinar así las cosas y personas, es a todas luces incompleta y parcializada, en ocasiones injusta y hasta denigrante y marginal, pero habría que aceptar que tanto ha sido su uso, que se da de manera casi automática y se corre el riesgo de que estas miradas parciales sean tomadas como permanentes.

El apreciar algo solamente en un extremo u otro, hace que se pierdan múltiples elementos, la riqueza de los procesos y la comprensión más precisa y clara de ellos; la capacidad de detectar otras posibilidades que determinarían algo de manera más justa y equilibrada.

Algunas dicotomías:

El consumo de marihuana, ha sido tachado de manera casi permanente como algo contundentemente negativo, hasta que las abuelas nos recordaron el uso de esa hierba, en conjunto con el peyote, ruda y hormigas rojas puesto todo ello en alcohol y usado como linimento untado en la piel para el alivio de dolores musculares; incluso el uso de la planta y sus derivados con propiedades farmacéuticas.

La bondad y la maldad de los actos humanos, los cuales más allá de precisar lo que es malo o bueno para alguien, logran etiquetarlo con esos adjetivos casi de manera permanente, dejando fuera toda posibilidad de que alguien que cometió un error, pueda enmendarlo y actuar propositivamente y, aquellos que han sido tachados de “buenas personas”, sin la posibilidad de equivocarse y actuar de manera negativa.

En materia sexual y de género, o se nace y se actúa como hombre o como mujer, sin permitir el traslape de ello, so pena de ser duramente estigmatizado, lo que ha generado esa lucha por defender la diversidad, enarbolada por ese brillante y multicolorido arcoiris; sin embargo, hasta que algunos padres de familia pasaron por la experiencia de ver nacer a sus hijos e hijas con características hermafroditas o, con el proceso de crecimiento, manifestar preferencias por personas del mismo sexo, hasta entonces se amplió esa dicotomía.

El blanco y el negro, como firme representación de la marginación racial hacia personas con tonos diferentes de piel a la “blancura”; teniendo preeminencia los primeros en muchos aspectos, que van desde la suposición de supremacía en inteligencia, confianza, honestidad y hasta hermosura, sin siquiera tomar otros elementos que la dicotomía entre ambos colores.

El actuar de los hijos en una familia, los cuales son etiquetados por los propios padres y otros familiares, como exitosos o fracasados; si la hija o el hijo tuvo un embarazo precoz o sin planearlo, si abandonó los estudios profesionales o si se dedicaron a actividades poco lucrativas como la filosofía, el periodismo o la docencia; son catalogados como fracasos o, en el mejor de los casos, un logro regular y nada extraordinario.

La contraposición entre el viejo y el joven, teniendo al primero como alguien caduco, poco o nada productivo y casi como un estorbo para la familia y la sociedad, como si fuera una discapacidad el poseer el cúmulo de experiencias de más de sesenta años de vida, teniendo ese bagaje como algo desfasado con las formas de vida de los que tienen “un futuro por delante”.

Algunos profesores y padres de familia, no siempre pocos, que simplemente catalogan a hijos y alumnos como: “burros” o “inteligentes”, esos extremos que marcan de por vida a los individuos, sin conceder siquiera el que, pasar de un estatus a otro, se da como el aprender a caminar, es cosa de tiempo, de adaptación a sus realidades y contextos específicos y que el salir adelante con su vida en sociedad no puede verse determinado por el brillo u opacidad de un número vertido sobre una boleta de calicaciones.

La lista de dicotomías es amplia y diversa: el honesto y el corrupto, el “alto” y el “chaparro”, el “gordo” y el “flaco”, el rico y el pobre, el jefe y el subordinado, el creyente y el hereje, el “cuerdo” y el loco y así de manera interminable; nótese que solo están determinantemente los extremos, no hay posibilidades de puntos intermedios o de lapsos de tiempo intermitentes.

Es muy cómodo el simplemente juzgar o determinar a algo o a alguien de manera dicotómica, no requiere mayor esfuerzo; sin embargo, la imposición de esos términos, sobre todo en personas o en sus acciones, dejan marcas permanentes.

Este punto es uno más de los retos pendientes para la educación y la formación, lo que invita a todos los que tenemos influencia y contacto directo con otras personas: padres de familia, maestros, comunicadores y más, a educar haciendo ese esfuerzo por dejar esa “facilidad dicotómica” y fomentar el análisis con otros rubros y variables a los demás y sus acciones.

Te aseguro que al urgar entre el blanco y el negro, encontrarás un maravilloso abanico de colores que podrá iluminar fantásticamente tu vida y la de los que se encuentran frente a ti.

Comentarios: gibarra@uaslp.mx