Familia y escuela Capítulo 133: La tortuga, el conejo y el changuito: la competencia
Sin darnos cuenta, la educación, como ese proceso de socialización llevado a cabo desde familias, escuelas, otros grupos sociales y los medios de comunicación, sobre todo con la inclusión de las redes sociales en la sociedad del conocimiento, nos han introducido en un escenario en el cual somos todos partícipes de una competencia.
En efecto, somos competidores en este juego de la vida, luchando por obtener los primeros lugares y lograr los mejores resultados, recorriendo de diferentes formas y con distintas técnicas los caminos para llegar a la meta.
Los que estudian, buscando de cualquier forma obtener el número que indique que han aprobado las materias, dejando atrás a los que no pudieron obtenerlas; los padres de familia procurando tener las mejores condiciones de vida y que sus hijos logren las metas impuestas socialmente; los trabajadores en las empresas desarrollando su labor hasta lograr los premios o estímulos antes de que otro compañero se los gane, al tiempo que los empresarios luchando por potenciar el máximo plusvalor de sus trabajadores y productos, antes que la empresa contraria lo haga.
En verdad estamos en un mundo en donde, querámoslo o no, y a pesar de las enormes diferencias, diversidad de contextos y condiciones particulares de sobrevivencia, vivimos en constante competencia, ya no para ser mejores en función de uno mismo, sino para serlo en comparación con los demás; esto lleva, como toda competición, a tener ganadores y perdedores, frustración y alegría, momentos gratos y otros no tanto.
En esas estaban la tortuga, el conejo y el changuito, acudiendo como lo hacían cada mañana a su escuela, cuando su maestro les dijo: “la semana entrante vamos a comenzar la olimipiada del conocimiento y de las habilidades, como se hace año con año, aunque bien sabemos que algunos (volteando a ver a la tortuga) siempre son perdedores…”.
Como siempre ocurría, tanto la tortuga como el conejo, se prepararon arduamente, todos los días estudiando y haciendo ejercicio, de hecho, en esta ocasión la tortuga logró romper su récord, pues realizó 2 abdominales, ¡una más que el año anterior! y además realizó la vuelta al jardín en ¡sólo dos horas! reduciendo diez minutos el tiempo del año pasado.
Por su parte el conejo, a pesar de comer cada día más zanahorias, hizo el esfuerzo y logró estudiar y hacer más ejercicio; en tanto que el changuito, confiado como siempre en sus habilidades y sobre todo en su picardía y capacidad de improvisación (flojera, dirían algunos), realmente no se preparó para la competencia.
Por fin llegó el momento esperado, el maestro los acomodó en el salón de clases lo más separado posible, les repartió el examen y les advirtió: “tienen una hora para contestarlo”, la tortuga y el conejo iniciaron muy concentrados en el papel, en tanto que el changuito, además de traer entre sus manos todas las respuestas, pudo ver en el cuaderno del maestro algunas más y terminó de contestarlo muy rápido, media hora después lo hizo el conejo y faltando un minuto para culminar el plazo, finalmente la tortuga. Aún con las trampas todos lo aprobaron, quedando precisamente en primer lugar quien no fue honesto.
La segunda competencia era una carrera que consistía en dar la vuelta a la escuela en el menor tiempo posible; de arranque, el changuito y el conejo avanzaron rápidamente, sin embargo al darse cuenta de sus habilidades, el mono menospreció a sus compañeros y de manera por demás confiada, se subió a un árbol a comerse una rica banana.
Por su parte, la tortuga, quien con su inteligencia había estudiado perfectamente el terreno de la pista, dándose cuenta que tenía un declive y viendo cómo el conejo se adelantaba y el changuito fanfarroneaba, comenzó a “hacerse bolita” en torno a su caparazón y rodó cuesta abajo con tal velocidad que alcanzó al conejo; el changuito asombrado se bajó rápidamente, pero fue demasiado tarde, porque llegó detrás de ellos, quienes empataron en primer lugar.
Todavía con el vuelo que llevaba, la tortuga fue a dar de lleno contra el profesor a quien tumbó de manera estrepitosa, volteando éste a ver que ni más ni menos, con el uso de la inteligencia, la eterna perdedora había logrado terminar primero.
El proceso educativo en general, además de plantear la socialización como una competencia, insiste en desconocer las características específicas de las personas; en su lugar, debemos fomentar que todos, absolutamente todos, los blancos y los negros, los altos y los bajitos, los hombres, las mujeres y los no incluídos en estos géneros, los marginados y los privilegiados, los de poblaciones urbanas, rurales e indígenas, y en general todos los que habitamos en sociedad tenemos cualidades potenciables, las cuales no son medidas necesariamente por ganar o perder una competencia.
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