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Familia y escuela Capítulo 144: La nueva escuela mexicana y otra vez a dar la cara los maestros

Por Gustavo Ibarra Hurtado

Enero 11, 2023 03:00 a.m.

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¿Otra vez una nueva escuela mexicana? ¿Otro nuevo plan de estudios? ¿Otro nuevo modelo educativo?

Es cierto, si uno de los campos profesionales y científicos tiene la necesidad imperiosa de actualización y renovación constante, sin duda el educativo lo es; sobre todo por la velocidad vertiginosa que la sociedad del conocimiento ha convertido con el flujo en la transmisión de contenidos, además de las necesidades que la pandemia del COVID 19 trajo consigo para el fenómeno educativo.

Se podría decir que el proceso de educar, no solo va corriendo, sino que va volando y transformándose a cada minuto en las escuelas, hogares y en general en toda forma de comunicación e interacción social.

Es por ello que las reformas educativas son necesarias y en la mayoría de los casos impostergables; la historia de la educación nos muestra ejemplos, como fue el caso de la efectuada con la recién creada Secretaría de Educación Pública en 1921, a cargo de José Vasconcelos con la imperiosa labor de alfabetizar y la idea de llevar la cultura a los rincones más alejados de la patria, preferentemente con las misiones en población rural e indígena.

De igual forma, tenemos el auge de una educación tecnológica, pragmática y para el trabajo en la época cardenista; la aparición de los libros de texto gratuitos en 1960 y, posterior a ello, en la década de los años 70s, la primera muestra de educación sexual.

Para el 2017 se anuncia otra reforma educativa, fraguada desde el 2012, en donde se incluye de manera relevante la aparición dentro de la currícula de las habilidades socioemocionales; hasta llegar con este muy breve y poco detallado recorrido al 2022 en donde se anuncia otra “Nueva escuela mexicana” ahora con tintes de Humanismo, integralidad, inclusión y valores morales, culturales y espirituales, entre otras cosas.

Es inobjetable, el proceso educativo debe seguir el pulso de los cambiantes fenómenos sociales, culturales y tecnológicos, además de adaptarse a las distintas realidades de los sujetos; sin embargo, desde mi perspectiva, esto no es el punto débil de los cambios y ajustes.

Como un gran obstáculo tenemos a la manera de implementar dichas reformas, dado que su éxito depende de su parte operativa; es aquí en donde entran en acción los actores educativos, los cuales son los encargados de implementar en las distintas realidades del país, lo planificado desde una oficina por los “científicos y teóricos de la educación”.

La puesta en marcha de una reforma educativa pasa por toda una cadena: jefaturas, inspecciones, direcciones, apoyos técnico pedagógicos, hasta llegar casi como un “teléfono descompuesto” a los maestros y maestras, como último eslabón, siendo los que a final de cuentas resuelven sobre el camino todo lo que se vaya presentando, desde su propia interpretación y con sus propios recursos.

Son los docentes los que reciben cursos, muchas veces dirigidos por los propios compañeros, apoyos técnicos o directivos, quienes no son necesariamente especialistas en el tema, teniendo las mismas o más dudas sobre lo que están capacitando, convirtiéndose solamente en reproductores de contenidos, terminando por únicamente asignar kilos de lecturas sobre las bases, formas técnicas y teóricas para realizar el proceso de enseñanza y aprendizaje, ahora a la luz de los nuevos preceptos. 

Otro elemento que debilita su operatividad son los tiempos, esos que marcan las apuestas políticas sexenales, dado que apenas se estaban dominando las bases, contenidos, formas, técnicas y elementos administrativos, cuando con el siguiente periodo, viene otra reforma que cambia el rumbo del trabajo en la educación; además, forzando de manera precipitada la capacitación y la puesta en marcha del nuevo proceso.

Ya ni hablar de los estudiantes de escuelas normales formadoras de docentes, quienes fueron habilitados para atender las necesidades de un modelo educativo y al egresar, se encuentran con un panorama diferente.

El éxito de toda reforma educativa tiene su punto medular, no en la preparación teórica, la cual puede resultar de muy alto nivel y acorde con las necesidades imperantes del contexto; sino en la planificación, preparación, acompañamiento y seguimiento efectivo de quienes tienen a su cargo su implementación.

No se trata de disculpar o de quitar la responsabilidad, que sin duda tienen los maestros y maestras de México, de implementar en el terreno práctico las reformas educativas; más bien, es reconocer que son ellos quienes a final de cuentas “dan la cara” ante todas las circunstancias, contextos culturales, sociales y económicos tan distintos, aún con todas las carencias y falta de apoyos suficientes para realizar su labor.

Comentarios: gibarra@uaslp.mx