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Familia y escuela Capítulo 186: Los muertos tienen todavía mucho que decir y mucho que enseñar

Por Gustavo Ibarra Hurtado

Noviembre 01, 2023 03:00 a.m.

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Desde una visión pragmática, se tiene la tendencia a ubicar todos los acontecimientos sociales y naturales con sus procesos, resultados, situaciones y personas, solamente de manera concreta y precisa; es decir, o se es bueno o malo, negro o blanco, poco o mucho, rico o pobre, vivo o muerto.

Sin embargo, entre cada una de estas y otras dicotomías, existen infinidad de matices y vínculos, que los hacen acercarse hasta casi unirse; tal es el caso del tenue velo que separa la vida de la muerte.

Desde luego que no me refiero a elementos físicos o materiales, porque la separación mortal con el espacio y vacío que se deja es inevitable; por el contrario, me refiero a esa presencia inmaterial, simbólica y espiritual, representada en los recuerdos imborrables existentes en nuestra memoria de aquellos que ya fallecieron.

Desde planos educativos y formativos, todo lo que queda grabado en nuestra mente, registrado a través de experiencias físicas o virtuales vividas con personas, bien sea de nuestro círculo familiar, amistades, profesores y compañeros de escuela, así como situaciones difundidas mediante medios de comunicación y redes sociales, son aprendizajes.

En muchos de los casos, dichas enseñanzas provienen de materiales o contenidos creados por  aquellos que ya no se encuentran en este plano terrenal, por ejemplo: toda la infinidad de teorías, técnicas y conocimientos que se nos enseñan en la etapa escolar de todos los niveles educativos y que, no obstante, sus autores hace ya mucho tiempo fallecieron, pero que todavía en este momento seguimos aprendiendo de todos ellos, como si fuera un vínculo que nos une y los mantiene presentes, uniendo la vida con la muerte.

En círculos más cercanos a nuestra vida cotidiana, desde luego que seguimos aprendiendo de los que se nos adelantaron, al recordar perfectamente su tono de voz, la forma en que nos miraban, sus mensajes precisos, su manera de actuar ante situaciones apremiantes y muchos recuerdos más de maestros, amigos y personas que han significado un evento relevante de nuestra existencia.

En este sentido, ellos nos siguen enseñando al estar siempre presentes día y noche, atentos a cada situación y evento por el cual pasamos, advirtiendo nuestro actuar cotidiano, logros y fracasos, decisiones tomadas y tal parece que, con su recuerdo y presencia simbólica en nuestra mente, seguimos aprendiendo al volver a escuchar de manera clara, todos sus consejos a cada paso que damos.

Sin duda que, de las mejores enseñanzas y aprendizajes para la vida desde el mundo inmaterial, lo constituye el realizado por los familiares que ya fallecieron; tal parece que están asomándose a este mundo a través de cada fotografía colgada en la pared o en cada imagen que colocamos en los distintos altares y ofrendas.

Retumba en nuestras mentes las imágenes y escenas, vocablos, bromas, consejos y palabras que “vemos y escuchamos perfecta y claramente” como si estuvieran aquí, frente a nosotros; ¡desde luego que todavía tienen mucho que decirnos y nosotros que aprender de ellos!

No tenemos por qué desdeñar, minusvalorar o mucho menos restar créditos a las enseñanzas que, todavía nos siguen simbólicamente otorgando, dado que es de lo más común que recurramos a ellos para simplemente saludarlos como si estuvieran vivos o, solicitando consejo y aprobación acerca de alguna acción o decisión que tengamos que tomar.

Incluso, están presentes en alguna mala acción, error o equivocación que cometemos; ante esto, nuestra conciencia voltea a verlos y tal parece que escuchamos el reproche o regaño correspondiente, cual maestro de vida corrigiéndonos.

Para muchos, el hablar y asegurar que recibimos respuesta de objetos inanimados o personas inmateriales, incluso, el asegurar que seguimos aprendiendo en contacto con ellos, es digno de alguna enfermedad mental cuasi esquizofrénica, pero realmente es de lo más normal que nos dirijamos a papá, mamá, abuelos o familiares a quienes tenemos siempre presentes y nos siguen acompañando en nuestros recuerdos.

“Hola papá, ¿cómo estás?, sí lo sé: “a todo dar”, oye ¿qué debo hacer el día de hoy? claro, te escuché perfectamente: agradecer…”

A final de cuentas, la vida y la muerte están a solo un paso, un segundo y un pensamiento de distancia y, los que estamos de cada lado, seguimos en contacto siempre, hasta que nos toque pasar por el umbral y seguir enseñando desde allá, con nuestras acciones realizadas en vida.

Comentarios: gibarra@uaslp.mx