Familia y escuela Capítulo 193: Aprender a ser maestro
Si bien es cierto que existen declaradamente los estudios para la carrera profesional de maestro, docente o pedagogo, en cualquiera de los niveles superiores desde carrera técnica y licenciatura hasta los posgrados especializantes correspondientes; aún así, con todo y el título en la mano, se dista mucho de atrevernos a decir: soy maestro.
Probablemente, también se puedan esgrimir técnicamente todas las formas necesarias para, de manera didáctica, transmitir y evaluar todos los conocimientos contenidos en planes y programas de estudio en las mentes de los alumnos; aún así, esta acción, si bien con cierto grado de complejidad, se queda corta para “llenar los zapatos de un maestro”.
Aprender a ser maestro tiene implicaciones con un alcance mayor; rutas diferentes de aprendizaje con la reunión de diversas experiencias y vivencias en situaciones particulares, todas ellas acumuladas como grandes lecciones, las cuales van perfilando la figura de cada uno.
“A caminar se aprende caminando… a besar se aprende besando… para andar en bicicleta se aprende pedaleando y hasta cayéndose; luego entonces, para aprender a ser maestro se aprende enseñando”
Desde luego que no se trata de minusvalorar los conocimientos adquiridos durante el trayecto formativo profesional de los docentes; más bien, se trata de clarificar dos cosas:
1.- El ser maestro no consiste solamente en simplemente transmitir conocimientos, aún cuando este acto sea realizado de la manera más perfecta y técnicamente posible.
2.- El título para ser denominado “maestro”, no está conferido solamente a aquellos quienes estudiaron para ello; éste es otorgado a todos a quienes durante su trayecto de vida y en algunos casos, posterior a su muerte, logran influir en quienes los rodean, de forma tal que su magisterio conduce formativamente y de muy diversas maneras a los demás.
Se aprende a ser maestro a lo largo del camino, con todas las lecciones incesantes que se producen día con día, diferenciando situación a situación, resolviendo controversias y conflictos; aumentando empírica, técnica y teóricamente los conocimientos para desarrollar esta labor.
Siempre se va acrecentando el caudal de herramientas que se aplican como maestro de vida; algunas de tipo psicológico, de trato adecuado a la cultura y costumbres; de transmisión de valores, actitudes y habilidades; en otros casos, de adaptación al mundo cambiante con las nuevas tecnologías y formas virtuales, que de manera vertiginosa van apareciendo y se convierten en imprescindibles.
En el trayecto de este aprendizaje, seguramente el artista jamás se hubiera imaginado que con sus obras, tendría tal influencia en quienes las apreciarían, a grado tal de ser llamado: maestro; de la misma manera que ocurre con los instructores en talleres artesanales, los responsables de departamentos en centros comerciales, jefes de las áreas de producción en empresas; incluso, hasta los llamados “maestros de obra” quienes instruyen a sus albañiles y peones como equipo de construcción.
En el ámbito familiar, seguramente los ahora papás, nunca se habrían imaginado y mucho menos hubieran tomado un curso o tutorial para desempeñar el papel de maestros de sus hijos, sin embargo, inevitablemente lo son y su labor la desempeñan con la imitación de modelos socialmente establecidos, reproduciendo la forma en como ellos fueron educados, incluso resolviendo situaciones de manera lógica y natural.
Los padres de familia son maestros de “tiempo completo” y sus lecciones son tan efectivas que, incluso sin que se den cuenta que están enseñando con cada acción, diálogo, reprimenda, resolución de conflictos y hasta con las terapias psicológicas espontáneas con las que atienden a sus hijos, se encargan, al mismo tiempo que lo aprenden, a ser maestros.
Por su parte, para los docentes, la única manera de formarse y obtener verdaderamente el título de “maestro” o “maestra” se logra estando ahí, frente a sus alumnos del nivel educativo en el que se desempeñen; son ellos los encargados de otorgar ese título, puesto que no solo advierten, juzgan y evalúan los conocimientos y formas técnicas de enseñar; también notan perfectamente la transmisión y fomento de valores y actitudes de honestidad, respeto, tolerancia y aceptación de la diversidad; de igual manera, aprecian las habilidades de comunicación, resolución de conflictos, resiliencia y otras más, las cuales no vienen integradas al diploma o título que se recibió al graduarse; para todo lo anterior, solamente basta con que te presentes e interactúes con ellos.
¿Cómo saber si en verdad te has graduado y aprendido a ser maestro o maestra?
Es simple, basta con que en alguna ocasión hayan expresado tus hijos, alumnos o personal a tu cargo: “Papá, gracias por todo, aprendí mucho de ti…” “Papá, mamá, mira: ¡ella es mi maestra!...” “Hoy me retiro del taller para poner mi propio negocio, gracias por todas tus enseñanzas…”
Todos, de alguna u otra forma, somos maestros en el transcurso de nuestras vidas; desde luego no es sencillo asumirlo y aprenderlo, pero durante el transcurso de nuestro proceso, seguramente lo lograremos, probablemente con alguna que otra “caída de la bicicleta” pero al final del camino, voltearemos la mirada para apreciar a todos aquellos a quienes educamos y formamos para que ellos también aprendan a ser maestros.
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