Guadalupe-Reyes
“Qué tal si después del maratón Guadalupe-Reyes, iniciamos el San Valentín-10 de Mayo y lo llamamos: El maratón Vale-Madres”.
Locución típica mexicana.
Hace tres días iniciaron en todo México las festividades decembrinas. Los civiles, el pueblo, le llaman “Maratón Guadalupe-Reyes”, que inicia con el doce de diciembre día de la Virgen de Guadalupe y termina el seis de enero con la celebración de los Reyes Magos.
Las autoridades de seguridad de los tres niveles de gobierno le llaman “Operativo Guadalupe-Reyes”, que de operativo no tiene nada, más bien es inoperante, me explico.
Desde finales del siglo pasado cuando todavía existía, no la mejor policía, pero si la menos peor, la Policía Federal de Caminos, es la que inicia en diciembre un “operativo carretero” por el periodo vacacional, con el fin de cubrir la mayor cantidad de carreteras federales con presencia de patrullas y policías de tránsito federal.
A la par, los policías del Distrito Federal iniciaban su “operativo” para la llegada de feligreses a la Basílica de Guadalupe, mismo, que se fue extendiendo para las posadas navideñas, la noche buena, los santos inocentes, el año nuevo y el día de Reyes.
Así, el entonces Presidente de la República a través de la Secretaría de Comunicaciones y Transportes y la Dirección General del Autotransporte Federal, más la Dirección General de la Policía Federal de Caminos, junto con el Regente de la Ciudad de Mexico y la Secretaría de Seguridad del Distrito Federal, informaban y daban el banderazo a “Los operativos vacacionales y decembrinos”, tanto en carreteras federales como en la gran urbe.
Con el tiempo fue imitado y jamás emulado por Estados y Municipios, con una salvedad, ahora es un “operativo” estrictamente recaudatorio para los bolsillos de las autoridades.
Hoy, el Operativo Guadalupe-Reyes, es “operado y funciona” para sangrar a cuanto peregrino se encuentren, turista pocho, mexicano o extranjero, paisano jornalero, jovencito alcoholizado a medios chiles, el que porta su bolsita de polvito blanco, el del “churrito”, el obrero que lleva su sobrecito amarillo con el aguinaldo, el que cayó en un dizque reten anti-alcohol, al que agarraron con la muchacha que ofrecía sus servicios en la esquina abajo de un farol, el que se accidentó en la carretera o en la avenida, el que se agarró a madrazos al salir de la posada, el que golpeo a media familia en plena noche buena, el que le da gusto al gatillo en año nuevo. Sumado a la “navidad policial”, obligatoria a negocios, vinaterías, restaurantes, etc., y de colofón: El día del policía. Toda una suerte de abusos, moches, tajadas, coperachas, rifas, comidas y cenas con personal operativo y administrativo, descuentos obligados con descorche en restaurantes o salones de clubes deportivos y Hoteles. Dádivas a los policías de pavos o pollos congelados de casi todo un sexenio, una que otra vajilla, licuadoras, relojes de pared, computadoras, modulares, pantallas y si se quiere lucir el titular de la corporación, la rifa de un carrito austero entre la “raza policial”. Sí un policía de la baja escala tiene la suerte de sacárselo, es milagro. Por única vez en el año se sientan y comparten el pan y la sal, patricios y plebeyos, o sea, tropa y mandos. Un poco de pan y menos palos a los policías.
TAPANCO: Así, en este intercambio de favores en tiempos navideños, todos (civiles y autoridades) jugamos el ritual maratónico y operativo de brincarnos las trancas y de pasadita las normas y ellos recordándolas de su cumplimiento mediante la sabida “póngase la de puebla”. Y solo por unos cuantos días, todos nos medimos con la misma vara, al fin, que el año próximo nos redimimos.
Les deseo a mis ya no pocos lectores, una noche buena en paz y un buen año saludable 2023. Nos leemos el año que entra, si Dios dispone.
@franciscosoni



