Historia a contrapelo

La elección intermedia, celebrada el pasado domingo seis de junio, fue una suerte de plebiscito adelantado sobre el ejercicio de gobierno del presidente AMLO. De allí que toda la etapa previa al día de la jornada comicial estuviera colmada de furibundos cuestionamientos por parte de diversos actores políticos, económicos y hasta de representantes de poderes fácticos extranjeros (como el caso de la insidiosa portada de la revista "The Economist") al presidente López Obrador, con el evidente propósito de provocarle un fuerte desgaste que se viera reflejado en un rechazo apabullante a su política de Estado en las urnas. Sin embargo, concediendo que se registró un cierto reclamo de más equilibrios político-partidistas, por parte de ciertos sectores sociales, el saldo para continuar impulsando la transformación institucional es promisorio, toda vez que la composición de diputados federales de Morena y aliados, que se proyecta para la cámara baja, es de mayoría simple y, en caso de mayoría calificada se tendrá que buscar acuerdo y diálogo con otras fuerzas políticas representadas y eso, en sí mismo, refuerza un clima democrático que el actual gobierno federal ha reconocido ya sin más regateos.

La historia, siguiendo al gran pensador crítico Walter Benjamin, siempre tiene que ser "cepillada a contrapelo"; esto es, que debe analizarse e interpretarse aún en contra de versiones que pugnan por desvirtuar la realidad imperante, entresacando a los actores o acontecimientos de los meros "instantes de peligro" en los que, empero, puede revelarse su importancia epocal y no sólo secuencial en un tiempo cronológico dado. En el caso que nos ocupa, lo anterior implica que el proceso electoral intermedio es apenas un momento en el que, ciertamente, se ha revelado una crisis que, empero, no es de la magnitud que se ha pretendido manejar por parte de consorcios mediáticos derechistas que aducen un fracaso obradorista porque, vistos los números, resulta que Morena prácticamente tendrá los mismos legisladores que en 2018 y, con aliados, hará una mayoría simple para mantener los beneficios de la política social preferencial de pobres y sectores vulnerables, alcanzados en la primera mitad del sexenio, así como el freno a prácticas corruptas que se enseñorearon en el pasado. Además, de las gubernaturas en disputa Morena gana dos terceras partes; aunque también sufre derrotas en otros cargos y enclaves importantes que, se espera, sean evaluados autocríticamente para ser superados. 

Pero lo más importante es que, finalmente, el proceso comicial se llevó a cabo sin mayores complicaciones, salvo incidentes localizados, y esto es un triunfo de las instituciones del Estado y del pueblo mexicanos porque, a pesar de restricciones como la contingencia sanitaria, así como de los augurios catastrofistas propalados por los intereses opositores que ya se han comentado, el día después de las elecciones es de una tranquilidad propicia para auspiciar la reconciliación y paz sociales. El presidente López Obrador, para decepción de sus opositores, ha llamado a conservar la serenidad, respetar los resultados y continuar, asumiendo con mayor madurez el tiempo de la transformación, la reconstrucción de un país que, luego, pareciera olvidarse que, no hace mucho, era un botín de unos cuantos que buscaban tomarlo por asalto cada que se llevaban a cabo elecciones.