logo pulso
PSL Logo

Hoy por ti

Por Yolanda Camacho Zapata

Abril 19, 2022 03:00 a.m.

Durante los primeros años universitarios conocí a una pareja que parecían la descripción completa de muéganos pegados con piloncillo. Ambos parecían tener un nivel de compromiso inusual para ser tan jóvenes y planeaba la boda  mientras otros más bien planeábamos a dónde salir el sábado. Eran apasionados y hasta tiernos. Sin embargo, sus peleas eran épicas. Me acordé de la última, la que  protagonizaron sobre la calle de Cuauhtémoc, el día que regresamos de vacaciones de Semana Santa. No estoy segura de qué detonó la discusión, pero si recuerdo haber estado parada en la acera frente a ellos, comiendo unos Churrumaiz, cuando los gritos nos hicieron voltear a todos los que estábamos cerca. La cosa acabó mal, con ella aventándole al suelo unos libros y saliendo indignada en sentido contrario al que él camino. Terminaron su relación.

Supe después por una amiga en común con la chica, que ésta había acudido a un brujo ahí por la Industrial Aviación. El objetivo era volver a toda costa con el chavo, para lo cual el chamán había realizado ciertos encantamientos destinados a tal fin. Mientras tanto, según reportes de sus amigos, el ex novio estaba triste,  pero aliviado por terminar una relación que, según decían, llevaba ahogándolo un buen rato. No se le conocía pretendienta y de hecho no tuvo pareja sino hasta mucho después. Ella, en cambio, se aferraba a la relación fallida, partiendo de lo que  creía era una  historia inconclusa. Sé de buena fuente que el día que él se casó, muchos años después, ella le llamó para disuadirlo. Él no tomó las llamadas. 

En Semana Santa los recuerdos tienen ciertos privilegios para resucitar. Vi a la mujer. Volvió por las vacaciones después de años de vivir fuera de San Luis. Le pregunté por el brujo y su efectividad, asumiendo que después de tantos años, aquello ya podía hablarse e incluso bromear al respecto. Ella me volteó a ver seria y contestó “-En esas andamos.-“. Me despedí como alma que lleva el diablo pisando sin cuidado alguno las flores de jacaranda regadas sobre la cantera. Nada bueno puede salir de quien se aferra más de veinte años a la misma cosa. 

En realidad dudo considerablemente de la efectividad de cualquier acción con toques místicos sobrenaturales, pero no dudo ni tantito que la necedad humana puede llevarnos a cometer actos simple y llanamente, estúpidos.  Quizá no lleguemos a extremos como dañar físicamente a alguien, pero sí que pueden lograr estragos en nosotros mismos. No llegué a detalles, pero me pregunto si la obsesión por un chico del pasado haría que mi ex compañera se perdiera del gozo de tener a alguien más en su presente. Quién sabe. 

Según lo escribió en su perfil, una amiga mía a la que llamaremos Jazmín,  estaba haciendo ejercicio en el Parque Tangamanga, como suele hacerlo diario. Un bulto llamó su atención y se acercó. Vio entonces la figura de un muñeco atado con un cordel, como apresándolo. Entre la pequeña soga, había una nota que decía “Carlos, te ato a mi (sic) por el resto de tu vida.” Mi amiga actuó pronto: “Ni idea quién será Carlos, pero te desaté hermano, hoy por ti, mañana por mí. Díganle a Carlos que ya es libre.” Pensé en el atado o lo que sea que le hayan hecho al pobre compa que conocí hace años y me dio pena que su nombre no fuera Carlos, para que alguien lo hubiera desatado. Chicle y pega y de pasadita  también desatarían de sus obsesiones a la persona que lo ató.  Hoy por ti…