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Huellitas vs Personas

Por Luis González Lozano

Enero 17, 2026 03:00 a.m.

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Hay días en que la Zona Metropolitana de San Luis Potosí desaparece.

No porque se apague la ciudad, sino porque una nata espesa, gris y silenciosa se posa sobre ella. Desde lo alto, la capital parece cubierta por una sábana sucia; desde abajo, el aire se vuelve pesado, áspero, incómodo. No se ve bien. No se respira mejor. Pero, curiosamente, todo sigue como si nada.

La imagen es tan cotidiana que ya casi no incomoda. Y ese es, quizá, el problema más grave: nos estamos acostumbrando a no ver, a no saber, a no exigir.

Hace unos días, el propio gobierno estatal reconoció lo que durante años se negó o se minimizó: los equipos para medir la calidad del aire son obsoletos, insuficientes y técnicamente ineficaces. Dicho de otro modo: no sabemos con certeza qué estamos respirando. No hoy. No ayer. No desde hace tiempo.

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Y, sin embargo, en paralelo, se anuncian inversiones, inauguraciones, listones cortados y boletines optimistas en otros frentes. Se consolidan políticas públicas visibles, amables, emocionalmente rentables. Entre ellas, el cuidado animal, una causa legítima, necesaria y socialmente valiosa.

Pero aquí surge la pregunta incómoda, la que nadie quiere formular sin ser acusado de insensible: ¿puede un gobierno priorizar aquello que se ve bien, mientras omite aquello que sostiene la vida misma?

No se trata de enfrentar causas nobles. No son animales contra personas. Es algo mucho más serio: es la jerarquía de los derechos y la responsabilidad del poder.

El derecho a un medio ambiente sano, a la salud y a la vida no son conceptos etéreos ni consignas para discursos. Son obligaciones constitucionales concretas. Y una de sus expresiones mínimas es contar con información confiable, actualizada y transparente sobre la calidad del aire.

La ausencia de un sistema eficaz de monitoreo no es una falla menor ni un descuido técnico: es una omisión estructural. Y las omisiones, cuando afectan derechos humanos, también violan la Constitución.

No medir correctamente el aire no es neutro. Beneficia a alguien. Beneficia al contaminador. Beneficia a quien no quiere límites, inspecciones, contingencias ni ajustes productivos. Beneficia a quien prefiere el silencio técnico antes que la evidencia científica.

Mientras tanto, la ciudadanía queda a ciegas. Respira sin saber. Vive sin información. Enferma sin explicación.

Decir que "ambos temas son importantes" es cierto, pero profundamente insuficiente. No todos los derechos tienen el mismo nivel de urgencia vital. El cuidado animal es una política complementaria de bienestar; el aire limpio es un presupuesto básico de existencia.

El aire contaminado no se ve siempre, pero entra todos los días al cuerpo de niñas y niños, de personas adultas mayores, de quienes ya viven con enfermedades respiratorias o cardiovasculares. Sus efectos son acumulativos, silenciosos, irreversibles. No generan fotografías inaugurales ni aplausos inmediatos, pero sí hospitales llenos en el futuro.

Desde cualquier enfoque serio —mínimo vital, principio de precaución, justicia ambiental—, la conclusión es clara: el aire limpio es prioritario.

Cuando un gobierno invierte donde hay aplauso fácil y posterga donde hay conflicto técnico, económico y político, el mensaje es devastador: nos importa más lo que luce bien que lo que hace bien.

Así se normaliza lo inaceptable. Así se construyen ciudades que aprenden a convivir con la contaminación como si fuera parte del paisaje. Así se erosiona la confianza pública y se transforma un derecho humano en una resignación colectiva.

Respirar no es un privilegio. No debería depender de la dirección del viento, de la temporada ni del humor político del momento. Respirar aire limpio es una condición mínima de dignidad.

Lo inaudito no es que se invierta en cuidado animal. Lo verdaderamente escandaloso es que, en pleno siglo XXI, un lugar no tenga certeza sobre el aire que respiran sus habitantes.

Vivimos en un Estado donde se rescatan perros —bien—, pero se enferman niños —mal—. Donde se cortan listones, pero no se miden partículas. Donde se presume sensibilidad, pero se posterga la vida.

San Luis Potosí sin límites: un lugar que cuida huellitas... mientras deja huellas invisibles en los pulmones.

Delirium Tremens.- Resulta preocupante —y francamente lamentable— la cadena de desaciertos que el Congreso del Estado viene acumulando en su labor legislativa. La impresión es clara: hay congresistas que no cuentan con la capacidad técnica ni el mérito mínimo para el encargo que ostentan. Distraídos en lo accesorio, en lo decorativo y en lo políticamente rentable, parecen haber perdido de vista lo esencial.

Con todo respeto —y con urgencia— valdría la pena que se tomaran el tiempo de leer y comprender las bases del llamado Cuestionario Azul, diseñado precisamente para frenar la inflación legislativa y la producción de normas innecesarias, contradictorias o mal redactadas. Porque legislar no es acumular leyes, sino saber cuándo son necesarias y cómo deben hacerse. Todo lo demás es ruido... y ese, también, contamina.

 @luisglozano