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Hype: una palabra como la espuma

Por Jorge Chessal Palau

Febrero 02, 2026 03:00 a.m.

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Hay palabras que no llegan para describir algo nuevo, sino para alumbrar un viejo hábito con luz moderna. "Hype" es una de ellas. Nació en el mundo del espectáculo y la mercadotecnia, se posicionó en las redes sociales y en el ecosistema podcast y hoy circula con soltura en la política, el derecho y la abogacía.

Hype es expectativa inflada, publicidad o promoción extravagante o intensiva. Es esa emoción colectiva que se dispara antes de que algo ocurra, como solamente la promesa ya justificara la euforia.

Pensemos en la espuma de una cerveza recién servida. Brilla, llama, promete pero, cuando se asienta, ¿qué queda? A veces, no siempre, una buena bebida; otras, mejor ni decirlo. Así opera el hype: no siempre es mentira, pero sí es adelanto de confianza sin garantía alguna.

En la política mexicana, el hype es combustible de campaña. Se construye con palabras grandes: "histórico", "transformador", "irreversible". Se apuntala con imágenes, masas vociferantes, banderas, promesas a todo color. El relato gana al argumento. La lógica se revienta en frases que no explican presupuestos, mecanismos, procedimientos ni consecuencias. Solo se vende "cambio verdadero" sin detallar el cómo se hace eso. En el hype, el futuro se da por hecho, no se construye, se anuncia.

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También hay un hype de la urgencia. Basta con declarar una "crisis" para desactivar cualquier deliberación. "No hay tiempo que perder", nos dicen y quien opine en contrario se vuelve sospechoso. ¿Con qué facultades? ¿Con qué límites? ¿Cómo lo haremos? Preguntar eso es casi un acto revolucionario. El hype se vuelve una coartada para saltarse procedimientos y reglas, acelerar decisiones, silenciar dudas fundadas.

En el derecho, el hype se viste con sus mejores galas. Una nueva ley se presume aunque no tenga dientes, esté mal elaborada o sea una verdadera inutilidad. Se celebra su publicación como si ya estuviera funcionando, sin detenerse en la forma de su implementación. Las preguntas incómodas rara vez caben en una conferencia de prensa donde se enaltece la "novedad legislativa".

Ocurre también con las sentencias. Una resolución judicial puede convertirse en trending topic: "Ya ganamos", "el juez reconoció", "esto sienta precedente". Pero casi nunca se explica que los efectos dependen del caso concreto, del tipo de juicio, de la calidad de la demanda, del cumplimiento puntual. La sentencia se vuelve símbolo, no herramienta. El ciudadano se estrella después contra el muro frío de la verdad procesal.

Y luego está, por supuesto, el hype en la abogacía. Ahí donde el conflicto genera ansiedad, el hype ofrece alivio. Hay abogados que, en vez de presentar estrategia, venden certeza. Se vende inevitabilidad, pero no se detallan escenarios, ni riesgos, ni plazos; se infla la expectativa como quien infla un globo que, entre más grande, más a punto de reventar.

A veces, ese hype se usa como estrategia. Se filtran escritos, se hacen ruedas de prensa, se teatraliza el litigio para presionar, se construye una narrativa paralela al expediente. Cuando el caso real no resiste el peso de la narrativa, se rompe la confianza. La verdad, aparentemente, es lo que menos importa.

En el hype abundan los adjetivos, faltan los procedimientos; sobran los qués pero no los cómo; no hay responsables claros ni fechas precisas; no se habla de costos, ni de consecuencias si las cosas no salen; se idolatra a la persona y se ignoran las instituciones. Quien cuestiona se convierte en estorbo.

La respuesta al hype es el método. En política: ¿qué institución ejecutará? ¿Con qué presupuesto? ¿Con qué controles? En derecho: ¿qué procedimiento, qué prueba, qué órgano? En la abogacía: ¿qué estrategia, qué plan B, qué consecuencias si falla el plan A?

Hay que distinguir entre esperanza y espuma. La esperanza requiere trabajo, compromiso y estructura. La espuma, solo entusiasmo. ¿Cuántos proyectos públicos hemos financiado con aplausos y luego pagado con frustración?

X: @jchessal