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IA y sentido de la historia

Por Miguel Ángel Hernández Calvillo

Agosto 04, 2026 03:00 a.m.

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      El caso de la fallida prueba aplicada a los aspirantes a ingresar a la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), es un ejemplo oportuno de lo que se ha venido comentando en este espacio sobre los desafíos que conlleva la Inteligencia Artificial (IA) en el ámbito de las relaciones sociales y respecto del grado de intervención estatal para su eventual regulación. Aquí señalamos, en una colaboración anterior, que la IA no puede ser tenida como un "sujeto" capaz de volverse incontrolable y, mucho menos, dictar el derrotero de las relaciones productivas en que descansa el sistema económico prevaleciente porque sería tanto como aceptar un determinismo histórico que implicaría el fin del trabajo y la consecuente como inevitable subordinación a la dictados de la robotización y al descontrol de la IA. 

      Pero, también como lo planteamos en la colaboración anterior, la mano que pretende mecer la cuna es siempre la no tan invisible mano del mercado de empresas que se dedican a prestar servicios que conllevan procesos técnicos relacionados con IA y que, como lo ha sugerido la notable obra de Jorge Veraza al analizar el proceso de subsunción real del consumo al capital, dichas empresas se mueven fuera del proceso de producción y terminan apropiándose de ganancias extraordinarias. En el caso de la prueba aplicada en la UNAM por la empresa "Territorium Life", resulta que terminó erogándose un presupuesto mayor al destinado para lo mismo en 2024 cuando el examen de ingreso a licenciatura se realizó de manera presencial.

      En contraste, en el caso de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM), desde hace seis años se aplican las pruebas ingreso a esa institución educativa sin mayor problema a la fecha, por la sencilla razón, explica su rector, Gustavo Pacheco López, de contar con monitores humanos y "no es inteligencia artificial la que está supervisando a los aspirante", no es, entonces, tecnología que domina a las personas, sino al revés, personas que siguen teniendo el control, en última instancia, de los procesos de innovación porque conocen el fondo de la lógica y conocimiento científico con el que operan.

      Veraza ha puesto el ejemplo de cómo incluso los precursores de procesos de automatización, como en el caso de los rollos de papel que servían para leer la música ejecutada en antiguas pianolas, desde el siglo XIX, eran como las tarjetas perforadas que se utilizaron para las primeras computadoras y que son como los equivalentes a los chips contemporáneos de aparatos avanzados. Pero los antiguos conocían el proceso y entre nosotros los "modernos" pocos saben eso, antes bien, como lo referimos en la colaboración anterior, el acceso por amplias capas de la población para un uso que vaya más allá de la simple manipulación de objetos que parecen más inteligentes que la propia gente y que, como en el caso de celulares sofisticados, parecen más consecuencia de una magia que producto de razón científico-técnica porque se monopoliza en pocas empresas su conocimiento y desarrollo. 

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      De allí la importancia de una intervención estatal que no vea estos retos tecnológicos como negocio sino como inversiones para apalancar el desarrollo. Como planteara Karl Popper en el capítulo final de "La sociedad abierta y sus enemigos", la historia no tiene un sentido, salvo el que la humanidad es capaz de darle en un aspecto específico de la realidad y, eso es precisamente lo que nosotros planteamos acá con respecto a la innovación tecnológica y su derrotero en el curso de la historia. 

      Sobre esto seguiremos en otra colaboración.