Ideología distraída
El título que encabeza esta columna se debe a mi estimado amigo Luis González Lozano, quien utilizó esa frase en un grupo de WhatsApp para referirse a la forma de actuar de un político que hace gala de una amplísima incongruencia.
A partir de que la humanidad aprendió que la tecnología no es tan amigable y, llegado el caso puede servir para destruir, más que construir; que las tensiones mundiales llevaron al mundo a una seria rivalidad que tuvo como expresiones más acabadas guerras como la de Vietnam; el nacimiento de movimientos pacifistas y el cuestionamiento de lo establecido, eso que era el “antes” de un incierto “después”, surgió una visión de mayor pesimismo, marcado existencialismo y, sobre todo, preferente relativismo frente a todo. La modernidad quedaba atrás, dejando paso al posmodernismo.
El lenguaje como un elemento creador de realidad, el adiós a las verdades absolutas y la percepción de la larguísima gama de grises entre el blanco y el negro, es decir, un mundo sin absolutos ocupó la parte final del siglo XX y aun hoy campea por todas partes.
Francois Lyotard, en su obra “La condición”, dijo que, de manera simplificada, “…se tiene por ‘postmoderno’ la incredulidad con respecto a los metarrelatos”, es decir, el no atender a conceptos e ideas totalizadoras que resulten en dogmas inamovibles.
La misma visión posmoderna no es un todo, pues existen aun bastiones de aquellas narrativas sólidas, robustas, milenarias alguna y otras no tanto, que coexisten en permanente tensión con ella.
Sin embargo, son los eclecticismos los que hoy me ocupan.
Es dable combinar diferentes elementos ideológicos, en tanto entre ellos pueda existir un hilo conductor más o menos coherente que les de unidad, para construir una determinada visión de las cosas, sea que se parta de un relato completo y universal o bien de una perspectiva crítica.
Sin embargo, el hacerlo con cuestiones que resultan contradictorias o incluso abiertamente antagónicas es una forma de distracción de la ideología, donde la incongruencia es lo único destacable.
Católicos que asisten a misa los domingos y fiestas de guardar, que veneran santos y practican sacramentos con estricto apego a los cánones romanos, combinando su actuar con la creencia en horóscopos o matizando sus perspectivas morales con elementos budistas o de otras religiones, son solo un botón de muestra de como el relativismo puede llevar a absurdas conductas, cuando se mezclan aspectos que no guardan entre sí una debida relación de pertinencia.
En política el mundo ya no es de derecha o izquierda sino de derechas y de izquierdas, porque de una y otra hay varias, distintos tonos de gris entre lo blanco y lo negro. Ecologistas que defienden la pena de muerte o proyectos de devastación ambiental; socialistas que defienden al Estado prestacional pero actúan contra las políticas públicas de austeridad, convencidos de que son congruentes y consistentes con su manera de pensar.
Aquello de que el fin justifica los medios, frase atribuida indebidamente a Maquiavelo; el retorcimiento argumentativo con la falacia como bandera y la supuesta justificación en la razón de Estado lleva a las derechas a coaligarse con las izquierdas solo con el fin de obtener el Poder, dejando de lado o, mejor dicho, bajo la alfombra, la ideología, bastante distraída para seguir un rumbo determinado.
No se que será peor, si el político incongruente, de ideología distraída o el que solamente es hipócrita, sin siquiera tener ideología sino solo ambición.
Stefan Zweig, en su extraordinario libro “Fouché. El genio tenebroso”, deja sentada un una frase que, a la distancia, pareciera ser una verdadera predicción: “Otra vez se ha probado por la experiencia la sabia máxima de Mirabeau (hoy aún valedera para los socialistas) que los jacobinos, como ministros, dejan de ser jacobinos”, sobre la cual poco podemos decir más, pues es una verdaderas síntesis de lo que he querido exponer en este trabajo.
@jchessal
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