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Imperialismo puro

Por Miguel Ángel Hernández Calvillo

Enero 13, 2026 03:00 a.m.

A

Ya lo hemos planteado antes en este espacio, pero valga la reiteración para que quien tenga oídos escuche y no le juegue al enmascarado con el asunto de la intervención estadounidense en Venezuela. Se trata de un acto de imperialismo puro. Podrá cambiar el método intervencionista -y volverse más sofisticado, quirúrgico dicen-, pero no la historicidad del fin que se persigue. Para los intelectuales de la derecha puede tratarse de un término en desuso, pasado de moda, pero lo cierto es que el imperialismo sigue siendo útil y pertinente para la caracterización del tipo de dominación que, en el plano internacional, ejerce un país sobre otros países o regiones para lograr su depredación territorial y/o explotación laboral, con participación de un tipo de poder estatal concentrado en el uso de la fuerza de manera velada o desembozada (cada vez más) como último recurso... después de ensayar todo tipo de presiones que van desde el manejo convenenciero de la (des)información, la propaganda, la ideología, la economía, la tecnología. Esto es lo que ha realizado el gobierno estadounidense desde hace mucho tiempo en diversas partes del mundo, sobre todo después de la segunda guerra mundial, a mediados del siglo XX, cuando desplazó a Inglaterra del pedestal.

Que si se trata de "restaurar la democracia", que si de "garantizar los derechos humanos", "que si a Chuchita la bolsearon", etcétera. Los pretextos esbozados en cada intervención imperialista estadounidense han terminado por resultar grotescos. Recuérdese el caso de Irak y Saddam Hussein con el "argumento" de "la posesión de armas nucleares o de destrucción masiva en manos de dictadores para poner en riesgo la paz" y que resultó un fiasco total, pero eso sí, cuando se desató la persecución contra el gobierno de Irak en 2003, sobrevino una escalada de violación sistemática de derechos humanos, con los abusos y torturas en las prisiones de Abu Ghraib y Guantánamo. De la "defensa de la democracia" mejor ya ni hablamos. 

Hace tiempo, el reconocido investigador (estadounidense) James Petras develó el propósito de buena parte de una intelectualidad orgánica vinculada con la derecha más conservadora, consistente en minimizar o encubrir el fondo del asunto y que no es otro que despojar al análisis político del carácter de clase que subyace a todo ese tipo de procesos de dominación y hegemonía en las relaciones internacionales que, por supuesto, no se reduce a una disputa entre élites gobernantes y sus influyentes asociados financieros (entre capitalistas), sino contra expresiones (organizadas o no) de trabajadores. Petras cuestionó incluso a autores como Antonio Negri con su clásico texto "Imperio", en el que éste planteaba ya no hablar de imperialismo y estado imperialista porque, según eso, todo el proceso quedaba en manos de empresas anónimas multinacionales y, del lado de los trabajadores todo se reducía a "multitudes" (tenidas como amorfas y carentes de dirección). 

¿Hablar del pueblo? Por supuesto que no entra en la narrativa de la derecha. Hablar del pueblo, cuantimás organizado, es plantear alternativa de lucha a las pretensiones del poder que amenaza la soberanía nacional. Por eso, ante las amenazas de una pretendida intervención más acá de Venezuela, es encomiable y necesario el esfuerzo del movimiento de transformación nacional por informar de la realidad que subyace a todo ese cúmulo de lugares comunes de que se agarra la oposición doméstica de derecha para llevar algo de agua a su molino. Al final del día, se hace de la necesidad virtud y la organización popular se manifiesta en plazas para analizar y discutir la verdad, porque como planteara un clásico: "hasta que no sean conscientes no se rebelarán y sólo hasta después de rebelarse serán conscientes". 

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