Incompleto e insatisfecho
En toda genialidad hay cierta dosis de estupidez. Sin embargo, en la estupidez no hay ni pizca de genialidad. Eso sí, debemos agradecer que no hay nada más democrático: nadie se salva -nos salvamos- de ser, en mayor o menor dosis, estúpidos. Decía Albert Camus en La Peste: “La estupidez siempre insiste”. Por eso lo más razonable es preguntarse de cuándo en cuando, si uno es un estúpido o, por lo menos, si se está comportando como tal. No se trata de hacer consulta pública, con una buena dosis de honestidad y alejándose de la autocomplacencia seguramente se encontrará la siempre medio escondida brecha hacia nuestros actos más estúpidos.
La cosa es que hay de estúpidos a estúpidos. Uno puede ser perfectamente un estúpido funcional; es decir, alternar la normalidad intelectual y emocional con esos momentos donde más valdría no haber salido de casa. Con esa gente se puede vivir e incluso encontrar que el intercambio de estupideces puede resultar en algo productivo: un nueva idea no tan estúpida, un plan corregido o ya de perdido, una buena dosis de carcajadas, porque pocas cosas hay tan divertidas como salir del clóset y declararse públicamente estúpido.
El problema son los estúpidos de tiempo completo, esos que ejercen sábados, domingos y fiestas de guardar. A través del análisis llevado a cabo siguiendo los pasos mas elementales del método científico, encontramos que los estúpidos completos viajan por la vida bajo la más tajante incapacidad para reconocer lo significativo de lo intrascendente y, consecuentemente, se creen muy fregones. No hay para los estúpidos, reconocimiento de errores, rectificación de caminos, arrepentimiento alguno ni mucho menos disculpas. Los estúpidos son, ante todo, ciegos de entendimiento y sordos a la razón. Tienen el ego extrañamente conformado: está notoriamente dañado, pero se presenta inflado, como si estuviera sano. Hay quien dice que los estúpidos de tiempo completo son como las almas en pena: todos sabemos que son estúpidos, pero ellos no se dan cuenta. Así como los espíritus del purgatorio, que están muertos, pero ellos no lo saben.
Dicen por ahí que la estupidez es más dañina que la maldad. Esta última tiene por lo menos un propósito. Por el contrario, el estúpido o la estúpida daña a diestra y siniestra, da de palos a lo bestia sin tener piñata enfrente. Es más, su estrechez de miras le impide siquiera preguntar si hay piñata en la fiesta. Solito se venda los ojos, coje el palo y arremete. Quizá crea que le va a atinar a algo.
Ante los estúpidos siempre está la disyuntiva entre llorar o reír. Sin embargo, es bueno saber que una cosa no está peleada con la otra. Si uno es purista, encontrará en el llanto sanación. Las lágrimas sirven de antiséptico ante las más profundas estupideces. Si más bien el humor negro es lo vuestro, entonces que la risa se desate; total, el estúpido no se dará por enterado porque es un natural mentecato, es decir, un privado de mente. Uno por lo menos, podrá ejercitar esos músculos que a la larga generan menos arrugas que las que causa una cara indignada.
La estupidez, aunque parte de un fenómeno netamente individualizado, puede sin problema transmutarse hasta convertirse en modo colectivo. Brota entonces como manantial en comunidades con donde el “nosotros” alcanza dimensiones tales que trata de borrar por malsano el “yo”, o bien identifica como enemigos a los “otros”. La otredad se presenta como peligrosa, arriesgada. Por eso los estúpidos de tiempo completo se niegan al diálogo, o si lo abren, será entre su propia camarilla.
Nada entonces como preguntarse de vez en vez qué tan estúpido es uno, porque como escribió Giovanni Papini: “¿Y si estuviese equivocado? ¿Si fuese uno de aquellos necios que toman las sugerencias por inspiraciones, los deseos por hechos? […] Sé que soy un imbécil, advierto que soy un idiota, y esto me diferencia de los estúpidos absolutos y satisfechos”. Y si estamos condenados a ser estúpidos, más vale salvar algo y ser de los estúpidos incompletos e insatisfechos.
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