La antipolítica
¿Por qué es tan popular el discurso que clama que necesitamos menos política? No quisiera referirme a esta idea de que en la familia -por ejemplo- no se habla de fútbol, política o religión -en lo personal pienso que negar la posibilidad de diálogo ante determinados temas constituye un autosabotaje a nuestra propia capacidad de entendernos-; me refiero más bien al centro de gravedad de este discurso que paradójicamente proviene de algunos integrantes de la clase política.
De ahí provienen iniciativas como la desaparición de las diputaciones de representación proporcional -las denominadas plurinominales-, la disminución de la cantidad de diputaciones o escaños en el senado, la eliminación del financiamiento público a partidos políticos, la reducción de los tiempos y momentos en los que los partidos políticos se vinculan con sus electores potenciales -por ejemplo las campañas proselitistas-, o incluso la desaparición de estructuras de gobierno, autoridades políticas u órganos de representación. Parecería como si todo lo que tiene que ver con la ortodoxia política constituye en automático un atentado contra la sociedad.
En no pocas ocasiones hemos escuchado discursos provenientes de actores políticos que hablan del hastío ciudadano frente a los partidos. Hay quienes afirman incluso que la aparición de las candidaturas independientes es una señal inequívoca de la crisis y decadencia de un sistema de partidos. Otros actores políticos consideran que las candidaturas deben ser ocupadas personas que no estén relacionadas con la política. Es la antipolítica como virtud de lo público.
Escuché con atención un posicionamiento que recientemente realizó el diputado federal Gerardo Fernández Noroña a propósito de las iniciativas de reforma político-electoral que en este momento se discuten en la Cámara de Diputados. Este diputado forma parte de la alianza parlamentaria que apoya la iniciativa presentada por Morena y cuyo contenido ha sido ampliamente debatido en distintos espacios políticos, de opinión pública y de la academia. En su argumentación presentó una idea que me parece importante: el origen de estas iniciativas proviene del discurso despolitizador. En su opinión -por ejemplo-, es perfectamente atendible la necesidad de disminuir el monto de financiamiento ordinario a los partidos políticos pero no debería eliminarse -como lo establece una propuesta en donde se otorgaría financiamiento sólo durante el período electoral-, esto implicaría asumir que solo se hace política durante un momento cada tres o seis años cuando, en realidad, los partidos políticos hacen política los 365 días del año. El diputado tiene razón.
Me parece que la antipolítica como criterio orientador para justificar la pertinencia de determinadas iniciativas no alcanza para sostenerse en un debate racional. La desinformación también juega un papel importante en este asunto: ¿cuál era el argumento central cuando se proponía hace algunos años la eliminación de las diputaciones de representación proporcional? ¿un problema de representatividad? ¿de desempeño legislativo o de costo al erario?. La simplificación discursiva hizo mucho daño: menos política es mejor. Respetuosamente lo digo, ese razonamiento no mide las implicaciones y consecuencias. Desde esos debates se tenía claro que la eliminación de la representación proporcional tendría como consecuencia la negación de la posibilidad de que otras fuerzas políticas minoritarias lograran escaños en el Congreso. ¡Ese fue uno de los mayores logros de la lucha social y política que propició la reforma de 1977!.
Es posible que la disminución de la cantidad de diputaciones o de escaños en el senado pueda reducir algunos costos en el funcionamiento del poder legislativo, sin embargo estas hipotéticas reducciones presupuestales son marginales con respecto a las necesidades económicas del país -en otros espacios he sostenido que es de mayor utilidad ponerle atención a la pertinencia de la programación y el control del gasto público-. Que la antipolítica no nos impida ver en dónde están los pesos y en dónde los centavos.
Soy de la idea de que una reforma que busque beneficiar a la sociedad no debe partir de la negación de la política. Andrew Gamble lo advertía así “la gente a menudo se enfoca en los aspectos negativos de la política: ambición, corrupción; pero sin ella estaríamos perdidos. La política enmarca todo lo que hacemos, y tiene el poder de materializar los cambios reales y positivos”, “la política derrotó la esclavitud y aseguró la igualdad de derechos para las mujeres y las minorías. Sin políticos inteligentes y con principios y ciudadanos dispuestos a participar en la acción política, todavía habría una guerra civil en Irlanda y un apartheid en Sudáfrica. Más cerca de casa, los políticos locales defienden a las comunidades y se esfuerzan por promover la prosperidad y el bienestar de sus electores”.
Como le escuché en repetidas ocasiones a mi amigo Alex Caldera: la política importa.
Twitter. @marcoivanvargas



