La tercera ola

La tercera ola ha caído como caen las muertes anunciadas: de golpe y sin aire. Recuerdo la muerte del abuelo de un conocido. El anciano había ya vivido varias vidas y el cáncer decidió que la más reciente iba a ser la última. La familia se preparó. El anciano habló todo lo que tenía que decir y hasta confesó la existencia de una hija desconocida. Una cana al aire que mantuvo discretamente hasta que tuvo que explicar por qué cierta propiedad en la colonia Las Águilas no sería para el resto de los hijos. Así, con los puntos sobre las íes y la serenidad que ameritan las muertes cantadas, la familia se preparó para iniciar los cuidados paliativos del abuelo, que no peleaba contra la muerte, pero si contra el dolor. Suficiente mal trago morirse, como para que encima de todo, doliera. En esas estaban cuando los planes se descompusieron. Continuando con la ancestral costumbre de echarse un cigarrito antes de dormir, al abuelo le ganó el sueño. No apagó el cigarro. Murió asfixiado. Lo encontró la señora de la limpieza, que salió de su cuarto para apagar una luz que quedó encendida. Evitó que la casa completa se incendiara, pero no hubo mucho que hacer por el hombre, que quedó tendido a lado del colchón humeante. La familia quedó devastada. Estaban listos para el cáncer, pero no para un cigarro que se resistió a apagarse. Así nosotros con el Covid. 

La Historia enseñaba que esto iba a durar más de lo que nadie deseara, pero con esa capacidad sorprendente para esperanzarnos, optamos por creer en el escenario benéfico y repetirnos que para agosto, la cosa estaría casi normal. No contamos que la falsa seguridad de sabernos vacunados nos haría elevar el número de enfermos.  Ciertamente, la mortalidad ha disminuido, pero los contagios están aumentando Sin embargo, tengo en mente lo que  me dijo una mujer ya mayor: "Mija, o me muero de Covid, o me muero de tristeza". Y ella, que fue de la primera tanda de vacunados, ha optado por salir a la calle, tomar meriendas con sus amigas y dar paseos cubrebocas en cara, porque eso sí, tampoco se trata de andar tentando a la muerte. Vivir con el bicho hombro con hombro, según me dijo, es su siguiente etapa de aprendizaje. Me pareció muy sabia.

He pensado en aquellos que se declaran fanáticos de que en la vida no les pase nada. Por supuesto que la connotación de "nada" se refiera a nada malo; sin embargo, hay quienes piden a la vida que realmente no les pase nada. Nada de nada. Recordé a una persona que ha estado favorecida por un trabajo que le ha permitido quedarse en casa. Le ha venido bien. Es de los que no quiere que les pase nada de nada y estar encerrado le ha brindado la soñada oportunidad de su vida. Salir sin pandemia de por si era un riesgo que estando en casa se nulifica.  Pero, ¿Para qué cuidar tanto la vida, si no hay intenciones de vivirla? ¿Para que no nos pase nada, pero nada de nada? ¿Ni lo bueno, ni lo malo, ni el amor, ni el desamor, ni la alegría sublime, ni las lágrimas que nos permiten compararla?

La tercera ola llegó y nos pegó justo en las rodillas para hacernos perder el equilibrio y caer al agua absurdamente. La cosa entonces está en cómo vamos a decidir levantarnos, si asumiendo nuestro ridículo y encontrando el humor en nuestra propia ingenuidad, o darnos a la desgracia por haber pensado que esquivaríamos lo inevitable.

Lo deseable, en todo caso, sería cuidar la vida con intención de vivirla así como viene, en paquete agridulce y con envoltura sorpresa. Si no, no se le ve mucho el caso.