La última y nos vamos
Yolanda camacho zapata
La última y nos vamos, se dice antes de salir de cualquier bar cuando uno no tiene en realidad muchas ganas de irse y necesita hacerse a la idea de volver a donde quiera que a uno lo esperen. O peor, a donde nadie lo espera. La última y nos vamos, se dice también antes de realizar una estupidez mayúscula pero necesaria para sentir que tenemos un mínimo de control sobre nuestras insulsas vidas. La última y nos vamos, decimos antes de cerrar las puertas de los salones o ponerle cerrojo a las oficinas y sentir ese vientecillo fresco de la libertad del que hablaba Sabina. La última y nos vamos podemos decir antes de exhalar el último aliento. Dado que los siguientes dos lunes son inhábiles, esta columna no aparecerá en su martes habitual, así que por el 2023, esta es la última y nos vamos.
Y usted, lectora, lector querido ¿cuántas últimas se aventó en este año? ¿cuántos últimos besos dio?, ¿cuántos últimos abrazos? ¿cuántos últimos “ya basta” después de una serie de intentos fallidos por dejar a esa persona, a esa situación que la hacía sentir poca cosa? ¿cuántas últimas palabras dijo? ¿Todas, ninguna? ¿no cerró usted nada? ¿se quedó la vida abierta, los brazos listos, los labios puestos, el corazón dispuesto? ¿no hubo necesitad de decir adiós, de poner tierra de por medio o dejar los mismos metros, pero a kilómetros anímicos de distancia?
Rosario Castellanos escribió que para irnos caminamos. Quedarse desbarata los adioses. Y no es que todo mundo necesite despedirse, ¿o sí? Tal vez sí hay que caminar y decir adiós, cada quien sabrá a quién o de qué. Lo malo es que las despedidas tienen mala prensa. Años de mal marketing hace que hayamos convertido a los adioses en símbolo de dolor, pena y lágrimas.
Mi abuelo hubiera cumplido 103 años hoy. Le dije adiós en el sillón de su cuarto, donde su cuerpo decidió que ya no podía más. Hizo bien en irse, ya todo le fallaba, menos el ánimo. Ese es el adiós agridulce de los que se van después de una vida bien vivida. Pero no todos los adioses definitivos son iguales. Hay unos crueles, violentos, profundos. Con esos no hay paz que valga, ni aire que entre a los pulmones.
Sin embargo, hay otros que quitan pesos dolorosos: “y alzamos la distancia entre las amistades divididas”, como dicen Los Adioses. Alguien que conozco tuvo el desencuentro final con la amiga de toda la vida, esa que sabe todavía los secretos más profundos, los deseos inconfesables, las ideas más íntimas. Los primeros meses le atormentaba no saber qué había pasado. Necesitaba razones, motivos claros, una cronología que la llevara paso a paso desde una idílica y fraternal amistad hasta ese punto de quiebre que sentía le partía el alma. Al paso de los meses el dolor agudo se convirtió en un dolor templado, soportable. “-Mira, quizá nunca la perdone. Me ha hecho sentir tan poca cosa… pero ahora veo que eventualmente, dejará de importarme y entonces sí sentiré un espacio libre para sentirme ligera.-“ Porque el adiós también libera.
Quizá deberíamos entender que esta vida no es otra cosa mas que una sucesión de adioses, de últimas veces, de últimas palabras. Somos un río constante de árboles, gente y lugares destinados a estar únicamente por momentos cortos que a veces hacen la ilusión de parecer eternos. En realidad, somos segundos. ¡Qué bien lo dijo Castellanos!: “Fuimos dejando atrás las colinas, los valles, los verdeantes prados. Vimos la hermosura, pero no nos quedamos.”
Yo le deseo, lectora, lector querido, que los momentos que valgan la pena se queden con usted hasta la eternidad y que distinga bien aquellos que es mejor dejar pasar tranquilamente. Y que 2024 venga con el tiempo bien calibrado.




