Las dos puertas
La lucha por la igualdad de la mujer tiene muchas trincheras, en el Tribunal Electoral del estado de San Luis Potosí la magistrada Yolanda Pedroza Reyes logró una sentencia dictada por la sala superior del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación en donde se reconoció que dos de sus compañeros magistrados ejercieron violencia política de género en su contra, obstaculizando su trabajo dentro del Tribunal y minimizando su labor como magistrada. La resolución se convirtió en un precedente importante en el país para la igualdad de género en el desempeño de funciones en tribunales.
Como consecuencia de la resolución ya mencionada, Oskar Kalixto Sánchez (de nada grata memoria en el Tribunal) y Rigoberto Garza de Lira terminaron su carrera como magistrados electorales saliendo por la puerta de atrás, además de que no lograron reelegirse en el encargo, acción que ella sí logró, al hacerlo por un periodo de siete años más como magistrada en el Tribunal Electoral de San Luis Potosí.
En este momento Pedroza Reyes, quien –a diferencia de Kalixto y Garza– sigue entrando por la puerta principal, forma parte de la lista de ciento diez aspirantes para ocupar una magistratura en alguna de las salas regionales el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación, de conformidad con la publicación aprobada por el Tribunal en pleno de la Suprema Corte de Justicia de la Nación del 15 de febrero de 2022, publicada en el Diario Oficial de la Federación el 9 de marzo siguiente.
Aunque la magistrada Pedroza cuenta con una amplia trayectoria como impartidora de justicia en el ámbito electoral que le justificaría el puesto en una sala regional del TEPJF, veremos si cuenta con un buen padrino o madrina que pueda apuntalarla en el Senado de la República para lograr dicho cometido. El empuje puede estar en palacio, dados los proyectos a largo plazo del gobernador, no le vendría mal contar con una aliada en esos niveles.
Otra de las trincheras de esa lucha femenina es la que día a día libran en las casas, en las calles y en sus centros educativos y laborales, en búsqueda de condiciones óptimas, según el contexto en el que la desarrollen. Dentro de esta lucha, debemos reconocer, no sólo el Estado sino la sociedad entera tienen una deuda histórica que, aunque con algunos abonos, dista mucho en ser saldada.
La marcha del pasado día ocho, las protestas radicales que la acompañaron, como las pintas en muros de diversos inmuebles del centro histórico, y la quema de una de las puertas de la fachada del edificio Central de la UASLP, generaron fuertes críticas en algunos sectores del paraje tunero.
Ya en otras ocasiones, a propósito de protestas similares, en éste y otros espacios he señalado que en el contexto de este tipo de protestas es lugar común lanzarse contra los edificios emblemáticos que constituyen un referente del poder institucional. También un ocho, pero de junio de 1692, en medio de las celebraciones de Corpus, la población de los barrios indígenas de la ciudad de México, por motivos de subsistencia alimenticia, se lanzó contra el palacio virreinal. Fue corolario del asalto, como consecuencia a la intervención de los alabarderos, un incendio que puso en peligro el ya entonces secular archivo albergado en el inmueble.
Cercano a nosotros por lo geográfico, pero distante en el tiempo, fue la acometida de los tumultuarios en julio de 1767 contra las casas reales, alhóndiga y cárcel, debido a fuertes reclamos por cuestiones laborales en las minas de San Pedro y agravados por la expulsión de los religiosos de la Compañía.
Pasando por alto otros sucesos similares, estoy seguro que nadie –al menos no entre quienes leen estas líneas– han olvidado las violentas protestas ocurridas afuera de Palacio Nacional, otro ocho, aunque de noviembre de 2014, luego de los lamentables sucesos de Ayotzinapa. Protestas que culminaron en una quema sin consecuencias de la puerta central.
La violencia vandálica contra los inmuebles es injustificada, se dice una y otra vez mientras los indignados se rasgan las vestiduras fariseicamente, los mismos que guardan silencio frente a las agresiones y los abusos.
Las pintas se borran de inmediato, si no, preguntemos al alcalde que para las primeras horas del día siguiente ya tenía esplendorosos algunos edificios (no todos desde luego, solo de los que visualmente nos ofende el daño); los vidrios se sustituyen; las puertas se reemplazan, pero el acoso, las agresiones, el daño, la violencia, los feminicidios, las omisiones institucionales, se mantienen, prevalecen.
A propósito, todos los que se indignaban por la incendiada puerta de cuatro centurias y aludían a la irreparable pérdida del objeto histórico (entre ellos el rector), con un poco de sentido común y conocimiento de historia del edificio, se darían cuenta que ni había amenaza de que el fuego se extendiera al interior (dado el tapial de ladrillo que hay tras ella), ni es una puerta que tuviera más de ochenta años de vejez. Tan fácil como considerar la rapidez con la que ardió por su escaso grosor y compararla con la principal que, por cierto, tampoco tiene cuatro siglos, es del último tercio del XIX.
Ésta, según me ilustró el maestro Tomás Gómez Mata (historiador de los movimientos universitarios), fue incendiada el 19 de septiembre durante en los convulsos acontecimientos de 1958, y ahí permanece. No es necesario ser restaurador especializado para saberlo, algún carpintero medianamente competente le haría saber al doctor Zermeño que la madera que decía será imposible de conseguir, la puede adquirir en cualquier maderería, es de pino y no costará mayor trabajo que pagarla. ¿La deuda histórica cómo?
Gracias por la lectura; visiten la Feria del Libro en el edificio central de la UASLP, así aprovechan para ver la carbonizada puerta.



