Las que quisieron ser
Sus biógrafos coinciden en señalar que Clementine Hozier fue una mujer astuta, trabajadora, creativa. Por sí misma, es una mujer digna de ser analizada y no únicamente por haber sido esposa de Winston Churchill.
Clementine es el claro ejemplo de las mujeres que les hubiera ido mejor de haber nacido algunas décadas en el futuro. Es claro que existen huecos en el desarrollo de las mujeres en cada ámbito del presente; pero también es cierto que en la época de Hozier, la cosa estaba peor.
Clementine fue tuvo una infancia dura. Su madre era adicta al juego, propensa al alcohol y de la cual se decía que gustaba de tener varios amantes. De hecho, la paternidad de las hijas de Henrietta Blanche Hozier estuvo siempre en duda. Hay quienes afirmaban que Clementine fue hija del capitán George Middleton, y otros que fue el cuñado de Henrietta, Bertam Mitford, esposo de su hermana. Cuando finalmente sus padres se separaron, la pequeña Clementine se volvió un poco madre de sus hermanas, debido a las frecuentes ausencias de su madre y a la nula presencia de su padre. Su hermana, Kitty, a quien adoraba, murió de una enfermedad y Clementine se sumió en un profundo dolor que la acompañó durante toda su vida.
Cuando conoció a Winston Churchill éste ya era un político en ascenso. Un hombre ambicioso y ególatra pero también tremendamente inteligente y claro en sus objetivo. Sin embargo, atrás de todo esto, habitaba un hombre conflictuado, con una infancia dura y solitaria; un hombre que nunca había sentido pertenencia a nada. Ahí, en medio de las soledades, Clementine y Winston se encontraron.
Las mujeres de familia acomodada como la de Clementine tenían acceso a cierta educación, pero jamás en la misma medida que un hombre. Así, bajo pretexto de convertirse en la esposa de un político prominente, Clementine buscó auto educarse y dar rienda a su palpitante necesidad por saber. En ese sentido, el ególatra Churchill, entendió a su mujer y como pocos, la trataba como una igual, discutía con ella los asuntos públicos y la escuchaba. Clementine contenía sus arrebatos, lo ponía en su lugar, le mostraba los escenarios mayores que a veces el político solía perder.
Durante la Primer Guerra Mundial, organizó eficientemente comedores para trabajadores que fabricaban municiones, y en la Segunda, fue capaz de levantar y supervisar decenas de albergues y comedores bajo el sello de la Cruz Roja.
Clementine necesitaba tiempo a solas. Se tomba descansos de todos, incluyendo esposo e hijos. Nadie puede culparla, teniendo la familia que tuvo. Viajó mucho y sin culpa alguna, regresaba revitalizada a Inglaterra. Su hija Marygold murió muy pequeña, cosa que le hizo revivir la muerte de su hermana y vivir en una especie de tristeza funcional. Sus hijas, Diana, Sara y Mary mostraron todas inclinaciones hacia la vida pública. Especialmente Diana tuvo aptitudes políticas. Sara era carismática y se ganaba fácilmente a la gente. Mary acabó escribiendo sobre su familia de una manera estructurada y aguda. Las tres pudieron haber sido políticas prominentes; pero no. Eran mujeres y ese espacio estaba reservado para Randolph, su hermano, quien si fue educado en escuelas de élite y que ciertamente ostentó ciertos cargos públicos, pero nunca mostró el genio político de ningún miembro de su familia; al contrario, se le tachó de mimado y poco inteligente.
Las Churchill nos recuerdan a todas aquellas mujeres que tuvieron que ser otra cosa porque el sistema, su época, las costumbres, ni siquiera les permitieron cuestionarse si podían ser otra cosa fuera del papel de esposas y madres. Diana y Sara tuvieron finales trágicos y de la lectura de sus vidas, da la impresión de que ni un segundo estuvieron donde deberían estar, sino donde les tocó, donde las pusieron. Las cuatro nos recuerdan a todas ellas, las que quisieron ser, y no pudieron.



