Lección
Entré a la panadería el domingo pasando medio día. Yo nada más iba por una vela para pastel de cumpleaños, así que pensé que era cosa de unos minutitos para desafanarme. Me equivoqué. No calculé que enfrente de la panadería hay una iglesia y que media feligresía se había pasado a comprar el pan para la comida, así que me esperaba una larga cola para poder pagar lo que necesitaba.
Unos tres lugares adelante de mí estaba una mujer que pasaba los sesenta años. Estaba vestida jovialmente: falda recta a la rodilla con patrones florales coloridos, una blusa blanca de algodón y alpargatas color beige. Su cabello era corto, moderno, de estilo despeinado. Se dejaba algunas canas, pero aquello era más bien una mezcla de color negro, gris y blanco que parecía casual, pero viéndolo cuidadosamente, requirió el trabajo de algún colorista y un par de horas en salón de belleza. Se veía linda con su cara enmarada por unos lentes de aumento con armazón color azul-morado.
La señora platicaba animadamente con el dependiente, a quien se veía que conocía bien de tanto ir a comprar pan. Ella le preguntó por la salud de su papá, que nomás no había podido dejar atrás una gripa necia. Luego, se dirigió a una chica que estaba también atrás del mostrador acomodando un pesado paquete de jamón listo para rebanar y le preguntó por su hijo. Le dijo que cuidara al chico más que a su vida, pero que dejara que se divirtiera, porque los papás de ahora somos una bola de pelmazos sobreprotectores. Así, tal cual. Me dio mucha risa. Ella entonces volteó a verme: "-¿A poco no, chaparrita?-" Tuve que decirle que sí, dado que tenía toda la razón. La fila entera sonrió.
En eso, un señor que estaba con charola en mano eligiendo pan, pasó por atrás de la Falda Floreada y la hizo perder el equilibrio. Habíamos mucha gente ahí, ciertamente, y él era grande, robusto, vestido todo de negro, pelón, y sobre todo, descuidado. A la señora se le cayeron los bolillos y dos donas rosadas como las de los Simpson al suelo. El tipo ni se inmutó. Alguien de la fila le dijo "-¡Oiga, cuidado!". El hombre volteó con cara altiva y dijo "-Io no hablou español-" y siguió con su charola eligiendo mantecadas mientras algunos de nosotros recogíamos el pan y otro le pasaba de su propia charola, unos bolillos nuevos a la mujer. El maleducado quizá sintió la presión social sobre él, dejó la charola y se salió sin decir nada. La señora floreada dijo, "-Que mal educado, en cualquier idioma. Voy a darle dos lecciones de educación saliendo-" Mientras, ya le estaban cobrando a ella su propio pan.
Salió del establecimiento y yo hice lo mismo poco después con mi vela pastelera en mano. Cuál fue mi sorpresa que el hombre de negro estaba sentado junto con otro hombre en una mesa de la marisquería de al ado, y parada junto a él, la señora de la falda floreada, hablándole en perfecto inglés: "-Look kid, you were just rude. Plain rude. Your mother now should be ashamed of you. Education has no language. You saw what you did and you did not care. Well, here I am. Fix it. Apologize to me now, boy.- " Algo así como "-Mira escuincle, fuiste grosero. Vil y llanamente grosero. Tu madre debe estar avergonzada de ti. La educación no tiene idioma. Viste lo que hiciste y no te importó. Bueno, aquí estoy. Arréglalo. Discúlpate conmigo ahora.-" Otro señor que acababa de salir antes que yo de la panadería se puso en guardia. Yo, a lado de él, también esperaba una reacción agresiva del tipo de negro. El aludido no se paró. Pero sí agachó la cabeza, que había estado sosteniéndole la mirada a aquella mujer. Luego en voz baja dijo: "-I´m sorry.-" y ella todavía respondió: "-I did not listen. And say it as you mean it.-" (-No te escuché. Y dilo como si te importara. -) Él se paró, la vio a la cara y le dijo en español con fuerte acento: "-En realidad lo siento mucho, señora-". "-Buen muchacho, no te costaba nada-" y le acarició la mejilla antes de continuar su camino. El señor de la panadería y yo nos quedamos atónitos, luego sonreímos y me fui pensando que nunca es tarde para que la comunidad nos eduque.
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