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Límites del capitalismo

Por Miguel Ángel Hernández Calvillo

Noviembre 23, 2021 03:00 a.m.

A

Recién concluyó una cumbre mundial climática más, la denominada COP 26, y nuevamente quedó (en el aire) la advertencia sobre los límites (in)soportables para la vida en nuestro planeta. Sin embargo, también quedó de manifiesto que la crítica sobre la grave responsabilidad de los países más desarrollados, en la elevada emisión contaminante de gases de efecto invernadero, se vuelve a perder entre las ramas. La redacción final del acuerdo de esa cumbre de 197 países, donde la representación mayoritaria es la de la industria de combustibles fósiles, no deja lugar a dudas: se trata de una disminución progresiva (no eliminación como clamaban grupos ambientalistas) de combustibles fósiles, sobre todo el carbón, pero sin contemplar un plan de financiamiento para la transición energética en países en desarrollo y mucho menos para el resarcimiento de daños y pérdidas. En suma, una muestra más de que la reproducción del capital se impone por sobre la reproducción de la vida y, señaladamente, que la apuesta por el colapso inevitable del capitalismo como consecuencia de la crisis civilizatoria y ambiental tiene sus asegunes.

Una de las voces críticas que advierten sobre la (in)viabilidad de ese colapso como autodestrucción resultante de las propias contradicciones del sistema capitalista, por lo menos en un plazo más corto de lo que se pensaba, es Raúl Zibechi, quien precisa que “no pocos pensadores sostienen que el capitalismo tiene ‘límites ambientales’ que lo llevarían a destruirse o por lo menos a cambiar sus aspectos más depredadores, cuando en realidad lo que tiene límites es la propia vida en el planeta y, muy en particular, la de la mitad pobre y humillada de su población” (en “La Jornada”, 19 de noviembre de 2021). Las posibilidades de un “capitalismo post-fósil” quedan abiertas, y el tipo de acuerdo como el ya reseñado arriba sobre cambio climático, abona a ese horizonte. Pero junto con la crítica, se sugiere el remedio y el trapito, bordando sobre lo que ya se ha señalado antes en este espacio: la recuperación de la gestión comunitaria de los medios y modos de vida, desafiando mecanismos que se ofrecen como dos sopas para el desarrollo de pueblos y comunidades: lo público o lo privado, desdeñando lo común como una visión distinta que supera ese tipo de extremos que, frecuentemente, se tocan.

En rigor, observa Zibechi, “debemos decir que no sabemos exactamente cómo terminar con el capitalismo, porque nunca se ha logrado (…) pero vamos intuyendo que las condiciones para su continuidad o resurgimiento deben acotarse, someterse a control estricto, no por un partido o un Estado, sino por las comunidades y pueblos organizados (…) no se puede derrotar el capitalismo si a la vez no se construye otro mundo, otras relaciones sociales, mundo que no es de llegada, sino de un modo de vivir que en su cotidianidad impide la continuidad del capitalismo” (Ibid.). La observación es pertinente porque no solo se trata de imaginar lo posible, sino de viabilizar las condiciones para su desenvolvimiento presente: al dictum “otro mundo es posible”, se ha planteado el que reza “otro mundo ya existe”, a partir de experiencias comunitarias que hacen la diferencia. Aunque la observación sobre el papel jugado por el Estado en este tipo de procesos tiene su razón de ser por el tipo de ejercicio de poder político descompuesto, habría que discutir sobre la necesidad de un tipo de Estado distinto a los que se han tenido y experimentado históricamente. En fin, lo que interesa destacar es que, en efecto, el capitalismo como sistema, con todo y sus crisis y contradicciones, parece desafiar los (supuestos) límites de su derrumbe como sistema, aún en términos del colapso ambiental, de allí que la pregunta sobre las posibilidades de un capitalismo post-fósil salte a la palestra.