Los círculos del tiempo
Se extingue el año de 1982, Gabriel García Márquez --enfundado en el poco protocolario traje de lino que su abuelo portaba los días de fiesta-- cena filete de reno en salsa de Dijon, salmón al eneldo y sorbete de grosella, todo ello perfectamente maridado con una muy castiza copa de Tío Pepe, una --quizás dos-- de champán Mumm y una más de oporto Kopke. La ocasión no es para menos: recibe, a la cortísima edad de 55 años, el premio Nobel de Literatura.
Mientras esto sucede en Suecia, se acerca el final de un estío plácido al norte de Aquitania. El sol de 1982 calienta por las tardes la ciudad de Burdeos, las noches frescas invitan a sentarse a la orilla del Garonne, que cede generoso sus templadas aguas al estuario de la Gironde. Unos cuarenta kilómetros río abajo, las impecables hileras de los viñedos de Saint Julien presumen sus hermosos racimos de cabernet y merlot, los granos chupan insaciables la savia de los sarmientos retorcidos por la edad y los azúcares se concentran gracias al cielo que se obstina ante una súplica preciosa, la que pide algo más de agua que la humedad atlántica.
Ronald Barton, quien nació con el siglo XX, camina todas las mañanas entre sus viñas, inspecciona las uvas como relojero, absorbe en su piel el sol y el rocío como si fuera una de ellas. Lleva más de medio siglo haciendo lo mismo, desde que su padre le entregó el control del Château, y no recuerda un año mejor que este 1982 desde que el fin de la Gran Guerra le permitió hacer su primera leyenda, en 1945. La tradición es su bandera, como lo ha sido siempre en esta bodega que ha pertenecido a su familia desde principios del XIX. Ya retirado, cuatro años más tarde de esta cosecha mitológica que intentamos revivir hoy, monsieur Ronald dejará este mundo sosteniendo que el 1982 ha sido el mejor vino que hizo en su vida; sin embargo, la perpetua ironía que es el Tiempo le habrá negado la oportunidad de experimentar su creación en la madurez plena, que no llegará antes de cuatro décadas…
Volvamos a los tiempos pandémicos. Han pasado casi 4 decenios de aquella mítica añada, el padre de Anthony y abuelo de Lilian Barton (actuales propietarios de este terruño) lleva treinta de cosechar en la viña divina. Hace unos días, un buen amigo tuvo a bien compartir una prístina botella del mismísimo Château Léoville Barton, récolte 1982; allí se erguía, frente a mí, como las joyas que imponen su presencia entre la bisutería: verdadera, auténtica, real, genuina.
Probar un vino de estas características constituye una vivencia que trasciende las palabras. Escribir una estricta nota de cata, una reseña de los colores, los aromas y los sabores de una ambrosía viva que se aloja en nuestras almas sabe a poco. Un vino como este Léoville puede llegar al papel sólo en forma de evocaciones: el Barton 82 es en verdad el elixir de la eterna juventud; es una treintañera que no ha llegado a su adolescencia; es Kirsten Dunst como la pequeña Claudia, la refinada e impulsiva niña-vampiresa; ha sido a lo largo de su vida una auténtica lolita.
Saborear esta botella --que parecía nunca haber dejado la bodega original-- nos otorgó la gracia de volver a probar un trozo del mejor 1982, el de la apacible campiña francesa, como si hubiéramos viajado en una máquina del tiempo: con un tinto evolucionado pero a la vez fresco, con todo su músculo, frutalidad y belleza intactos.
En su discurso de aceptación del Nobel, el Gabo invitaba a crear una nueva utopía y hacía homenaje a quien había estado en su lugar treinta y tantos años antes, William Faulkner: como en sus novelas, como con el linaje de los Buendía, el tiempo circular nos regala la comunión con nuestra estirpe a través de las décadas, de los siglos: vista desde el cielo, la espiral de la historia es un mismo disco… Algún otro Léoville dejaré para que mis hijos lo beban cuando tengan mi edad.
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