Los libros
En su famosa novela “Fahrenheit 451”, el escritor estadounidense Ray Bradbury nos dejó el relato de una irónica “distopía” en la que el personaje central, Montag, es un bombero que se dedica a echar lumbre a las hogueras para avivar el fuego… pero suministrando como combustible todos los libros que va encontrando a su paso, para tratar de terminar con un modelo de sociedad en el que “leer libros impide la felicidad y propicia la desigualdad”, hasta que se convence que está equivocado. Parece un relato extraño, de una suerte de mundo al revés, tal vez hasta medio “marciano”, esto es, como cuando se hace referencia a un comportamiento carente de lógica pero que, en realidad, refleja las consecuencias de intereses materiales e ideológicos muy específicos. En otra de sus obras, titulada “Crónicas marcianas”, Bradbury relata el asunto de “los negros que se marchan al planeta Marte” y son presionados por un blanco propietario que, molesto de que se vayan sin avisarle, los conmina a quedarse con el argumento de que ya van ganando, así sea a cuenta gotas, algunos derechos, pero al no convencerlos termina conformándose con que, por lo menos -y hasta el último momento-, le sigan llamando… “señor”.
Esto viene a cuento porque se ha dado a conocer que, en el vecino país del norte, “en el curso de 2021, se presentaron 155 proyectos de ley a nivel estatal para prohibir, limitar o condicionar obras en educación pública y bibliotecas en 38 de los 50 estados” (en “La Jornada”, sábado 26 de marzo de 2022). Se trata de una ofensiva de grupos derechistas de aquel país para, según observa la Asociación Estadounidense de Bibliotecas, “suprimir libros que consideran críticos de la historia estadounidense, sobre todo los que abordan los temas de la injusticia racial contra afro-estadounidenses y latinos, musulmanes e indígenas, así como los que tratan temas de género y luchas por los derechos y las libertades civiles, declarando falsamente como subversivas e inmorales este tipo de obras, además de inducir a la censura gubernamental” (Ibid.). Como puede verse, la disputa por el contenido de los libros forma parte de un permanente conflicto de las ideas en torno al tipo de sociedad y de gobierno que se desea construir, pero que, desde el bando conservador se orienta al extremo de aplicar la censura sin más.
En el caso de nuestro país viene a la mente, de inmediato, la desmesura de un sujeto de triste memoria como Vicente Fox cuando llegó al punto de plantear que, leer, era dañino para las personas, especialmente para los jóvenes, en evidente alusión a las posibilidades de forjar conciencia crítica temprana en los lectores. Una pretendida felicidad del mayor número a partir de la ignorancia, era la fórmula utilitarista del foxismo, dizque para el bien de todos. De la misma manera, cómo olvidar el episodio bochornoso en el que se vio envuelto quien fuera secretario de educación con Enrique Peña Nieto, cuando una niña le espetó en la cara: “se dice leer, no ler”. En fin, llama la atención lo que ocurre en el vecino país del norte, pero tampoco sorprende. Uno de los libros que han sido censurados allá es el clásico “1984”, de George Orwell, otra novela sobre un futuro un tanto extraño que, más temprano que tarde termina por alcanzarnos, donde se aprecia una frase que ilustra claramente el sentido de lo aquí planteado: “hasta que no sean conscientes no se rebelarán y hasta que no se rebelen no serán conscientes”.



