Mal menor
Parece que fue ayer cuando se ironizaba, popularmente, sobre la peculiar dominación del PRI en el sistema político mexicano, en comparación con la democracia estadounidense. Puestos a competir, alardeando sobre las respectivas “bondades” de sus procesos electorales, un gringo espetaba: “en nuestro país los resultados se dan a conocer a las pocas horas de cerradas las votaciones”, en tanto que el mexicano, sonriendo maquiavélico y ufano, remataba: “pues en México, desde muchos meses antes ya sabemos quién será el próximo presidente”. Así eran las cosas por acá. A falta de competencia efectiva, tanto internamente en el partido “oficial”, como externamente con la prevalencia de un sistema de partidos que Sartori caracterizaría como “hegemónico-pragmático”, lo que se imponía con antelación era la famosa “cargada” de las “fuerzas vivas” por quien decidiera el presidente saliente. Se hacían concesiones a la oposición para tratar de legitimar ese poder y un largo proceso de “liberalización” permitió la alternancia, pero la transición a una democracia plena se truncó por las recurrentes componendas prianistas.
Sin embargo, tanto en el caso mexicano como en el estadounidense, lo que ha prevalecido -a pesar de una modernización política y técnica que se traduce en mayor y mejor organización electorales-, es una “democracia de elites”, toda vez que han sido unos cuantos representantes de poderes formales e informales los que han definido -sobre todo con el poder económico-, el derrotero de los procesos comiciales. De allí que analistas destacados, como el sociólogo estadounidense James Petras, no han dudado en catalogar el triunfo de Joe Biden como “el mal menor”, en alusión a que, si bien es previsible un cambio de forma y estilo en la conducción presidencial estadounidense, no es dable imaginar que la naturaleza del imperialismo gringo se vaya a modificar radicalmente. Petras había anticipado que una eventual derrota de Trump se traduciría en una resistencia del republicano a dejar el poder, y ese extremo es grave por la polarización institucional provocada en sectores estratégicos como el de las propias fuerzas armadas. La lucha política, entonces, fue más allá de concitar el típico apoyo de las grandes corporaciones económicas.
Con Biden, pues, se espera un manejo más prudente y equilibrado en la política interior estadounidense, pero no se asegura que pueda ser distinto al de otros presidentes demócratas en el frente externo. De allí que no haya necesidad del gobierno mexicano de “dar tanto brinco estando el suelo tan parejo”. Quienes se molestan con la decisión del presidente AMLO, en el sentido de esperar a que concluya el proceso comicial gringo para reconocer y felicitar a Biden, se apresuran a ser reconvenidos por una realidad que va más allá de la pretensión inaudita de equiparar el fracaso trumpista con el ejercicio del gobierno obradorista. Y allí está el caso de Vladimir Putin que, también, plantea esperar a que se dé por terminado ese proceso electivo. A fin de cuentas, no sólo el desenlace de la contienda estadounidense va más allá de las buenas prendas que se ofrezcan al virtual presidente Biden, sino, sobre todo, el derrotero de la política gringa en las distintas regiones del planeta, y como bien observa el escritor Pedro Miguel, la puja entre republicanos y demócratas ha sido cada vez más la expresión de un pugna entre cínicos e hipócritas.



