Más ética política
Uno de los eventos políticos más reveladores del 2022 fue la movilización popular que se realizó a fines de noviembre en Ciudad de México, convocada por el presidente AMLO, con motivo de su Cuarto Informe de Gobierno. Reveladora porque, de alguna manera, mostró la dinámica que seguirá en el presente año el derrotero de la Cuarta Transformación, previo al inicio formal del proceso electoral presidencial. A diferencia de las sucesiones del viejo régimen político, sobre todo en la etapa neoliberal, donde no importaba el proyecto nacional, ahora se tiene claro que se requiere de un liderazgo capaz de consolidar la Cuarta Transformación y, eso, implica contar no sólo con un simple voluntarismo personal que, ya se ha visto, muchos pueden alardear de ofrecer sin más por mera autoproclamación, pero pocos pueden afirmar que la experiencia histórica los coloca en un “continuum” de reconocimiento popular. El doctor Enrique Dussel, lo dejó bien planteado, a propósito de una entrevista realizada con motivo de las implicancias generadas por dicha Marcha, realizada el 27 de noviembre de 2022, (Revista Proceso, número 2404).
En esa entrevista, el Dr. Dussel, fue enfático en señalar que AMLO representa un liderazgo de tipo mesiánico, pero no a la manera burda y descalificadora que hiciera Enrique Krauze, sino abrevando en la caracterización que de “la historia a contrapelo”, hicieran grandes pensadores como Walter Benjamin, para referir un liderazgo de amplia raigambre popular, no por autoproclamación, sino por un reconocimiento acumulado de una larga lucha por transformar la realidad (una suerte de alegoría de la travesía del desierto para lograr la liberación de condiciones opresivas de una mayoría social). Bajo esta premisa, no deberá extrañar que el presente año sea el de una presencia constante de ese liderazgo popular en las calles del país porque, ciertamente, la derecha más conservadora pretende ganar esos espacios, no por convicción de un acercamiento genuino con el pueblo, sino por la desesperación de no conectar sus representantes con la gente más allá de coyunturas controversiales. En todo caso, el contacto derechista que se pretende con el pueblo es de arriba hacia abajo.
La diferencia puede parecer elemental, pero obedece a una complejidad mayor, que tiene que ver con modos de legitimación distintos, En el caso del liderazgo popular del presidente AMLO, se trata de una ética política fundada en principios concretos, que viene de muy lejos en el tiempo histórico y que superan con mucho la visión típica de la derecha conservadora que, anclada en valores abstractos, pretenden una moral que, por lo general, termina resultando en el clásico “árbol que da moras”. Dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, vestir al desnudo, proveer de una barca al peregrino para procurarse el sustento, son algunos de los preceptos de la ética de origen semita que, por estos días de pretendida reflexión, rondan las cabezas de medio mundo, así sea que, luego, se olviden o se cuestionen desde la derecha asumiendo como actos de “populismo” que, dicen, raya en lo irracional. Pero la redención de la vida pública mexicana, en serio, es algo más que aquélla “renovación moral” de la que hacía alarde un presidente ya fallecido que, por cierto, introdujo el neoliberalismo depredador en nuestro país en la década de los ochenta. “Renovación del morral”, decía el pueblo en aquel entonces.
En este 2023, la pregunta que se hacía un clásico sobre “¿Quiénes son los amigos del pueblo?”, seguramente se tratará de responder por quienes pretendan ser candidatos en 2024, pero el pueblo ha aprendido a distinguir entre quienes abanderan principios o valores, practican la ética o la moral, pugnan por una regeneración institucional profunda o una mera renovación cosmética. En fin, que por lo menos más ética política auténtica se pueda encontrar.
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