Memoria de arcilla

Los recuerdos son más moldeables que la arcilla. Traemos uno cualquiera al presente y sin darnos cuenta lo enviamos al campo de la memoria selectiva, que no necesariamente se encuentra cerca del barrio de la veracidad.

Leía en estos días un artículo publicado por el New York Times, encabezado por la provocativa pregunta "¿Qué significa nunca olvidar?"; ahí, motivados por el reciente aniversario de los atentados a las Torres Gemelas, traían a cuento un estudio realizado casi inmediatamente después del ataque, donde académicos y estudiantes de posgrado de diversas universidades, entrevistaron a tres mil personas para preguntarles exactamente dónde estaban y que estaban haciendo cuando se enteraron del evento. Las personas describieron con exactitud lugares y circunstancias en aras a buscar algo de sentido a la traumática experiencia. Un año después, interrogaron a los participantes para descubrir que sus recuerdos ya no eran los mismos. Si días posteriores al 11 de septiembre una persona describió que se había enterado del ataque en el metro, un año después, afirmaba con certeza que estaba en la oficina. La alteración era abrumadora, así como la inconciencia de haber modificado el recuerdo.

Recuperar entonces las historias resulta una tarea que no deja de ser heroica y como toda hazaña heroica, también es algo absurda. Me imagino por ejemplo a los griegos, recitando de generación en generación los más de quince mil versos de la Ilíada o los más de doce mil de la Odisea, hasta que a alguien, siglos después, se le ocurrió la peregrina idea de plasmarlos bajo grafías sobre un papiro. Dudo que el paso entre la oralidad y la escritura haya sido tránsito fácil, pero dudo más que Homero hubiese estado de acuerdo con que todo aquello que acabó plasmado por escrito fuese lo que él originalmente creó. Cada recuerdo está destinado a sufrir una metamorfosis kafkiana.

La seductora neblina que invariablemente envuelve los recuerdos llama siempre a quienes nos creemos dueños de la memoria e invita a disiparla. Algunos necios, historiadores, les llaman, se parten la cabeza tratando de entablar un diálogo con las fuentes y  buscan encontrar la veracidad perdida. Esta plática se inicia tímidamente y a ratos suena más a monólogo que a diálogo. Luego, cuando finalmente se logra hacer que el documento hable, empiezan las interferencias causadas por interpretaciones previas, ideologías acomodadas y razones fútiles que a momentos parecieron verdades absolutas. Historiar no es fácil. Y sin embargo, acomodar la Historia es una tarea que cada pueblo busca realizar cueste lo que cueste. Paradójicamente, la Historia preocupa a los gobernantes, mucho más cuando se trata de ver cómo quedarán retratados en ella y, sin embargo, poco les importan los historiadores, que a fin de cuentas, serán quienes queden encargados de tomar la fotografía. Los archivos incluso, se han usado como sustitutos de celdas de castigo. Al burócrata molesto o al flojo, se le manda al archivo. 

Tampoco resulta fácil acomodar las piezas que forman la memoria individual porque no hay embustero más eficiente que uno mismo. Un jefe de bomberos que vivió el ataque a las Torres Gemelas confesó a sus compañeros que se sentía culpable por no haber estado en el lugar de los hechos para, por lo menos, entregar los cadáveres de sus compañeros a sus familias. Los colegas se quedaron atónitos: el jefe había estado ahí, había entregado los cuerpos de sus compañeros. Su memoria, en un afán quizá por protegerlo de la experiencia dolorosa, había borrado por completo el recuerdo. 

Matizar la memoria y suavizar la  dureza de los días pasados es tan natural como magnificar los buenos momentos de antaño hasta hacerlos mucho más  de lo que realmente fueron.  La memoria está hecha de arcilla. Una arcilla que bien puede diluirse en agua y acabar en la nada.