Mercadillo jipster
En la vida uno anda de turista, aunque por momentos nos creamos dueños del mercadito jipster. Eso si, hay de turistas, a turistas. Veamos el caso del Club de la Testosterona con el que vivo, por ejemplo: Marcos tiene finta de gringo y los padawanes, depende…salieron más sancochaditos. Si se paran a mi lado parecen producto local, pero si se paran a lado de su papá dan ganas de pedirles su FMM. Así, viajar con ellos resulta engañoso.
Andábamos en un mercado en Oaxaca donde compré medio kilo de chocolate por sesenta pesos. Mal avancé me di cuenta que era poco, así que mandé al padawan mayor por más con la misma marchanta. Al pobre le vendieron la misma cantidad por cien pesotes,precio de turista extranjero. Ni hablar, a todos nos ha tocado pasar por foráneos, siendo del equipo local.
Los turistas hemos evolucionado: antes buscábamos nada más viajar y conocer lugares, probar platillos locales y pasar bien el rato. Ahora nos hemos sofisticado y ya no basta estar frente a la majestuosa cantera verde de la iglesia de Santo Domingo: necesitamos que el hecho se documente mediante las tomas de un exótico dron volador que desde las alturas tome imágenes bien acá con poses de portada de revista. ¿Fotos? Demasiado simple. Hay que ser más barrocos que el interior del templo. A mí me da gusto por los emprendedores droneros, que cobran un ojo de la cara al que quiera, aunque no dejaba de mortificarme que el objeto volador sí identificado acabara descalabrando a algún cristiano. O musulmán, o hebreo y causara una guerra santa, ya ven que pretextos sobran.
El trofeo a la venta exótica se lo llevó la doña cocinera de un mercadillo jipster al que entramos. Los negocios estaban dentro de una casona con patio al centro. Al rededor había pequeños puestos que vendían artesanías, ropa, tapetes y jabones hechos a mano y en la galería central, puestos de comida. En el patio, mesas listas a recibir comensales. Yo siempre ando a la caza de sabores y recetas, así que pasé un buen rato husmeando entre hornilla y hornilla hasta que me atrajo un olor acogedor y fresco. En el puesto de a lado una mujer vestida con delantal de cuadritos, morena, maciza y de unos 52 años, echaba una tortilla recién formada a un comal grande, encalado y redondo. Atrás de ella y sobre la hornilla de una estufeta,estaba una olla profunda y de buen diámetro que desprendía ese olor cálido. Le pregunté que era aquello que estaba cocinando. La mujer a penas se tomó la molestia de alzar la vista y me dijo: “-Es una sopa vegana, con ingredientes orgánicos mixtos, libres de químicos, cocidos en reducción de pollo-“. Yo creo que la doña percibió mi cara de “¡aijoesumadre!”, porque volteó a verme, puso cara de travesura y entre risas me dijo: “-La verdad es sopita de verdura de milpa, Güerita, en caldito de pollo, pero así se los vendemos a los turistas. ¿Usté de donde nos visita?-“ temerosa de que San Luis fuera considerado territorio extranjero, murmuré: “-De San Luis-“ “-¡Nooo, pos precio amigo para usted!-“ y entre risa y risa, supe que había ingresado al equipo local.
El pueblo donde nos hospedamos está a las afueras de la capital oaxaqueña. Es un lugar de pocos habitantes, con una antigua iglesia en la plaza que sirve de eje a la pequeña población. Cada mañana nos ha despertado el canto de los gallos y el balar de los borregos. Luego, dando las siete y media de la mañana una voz en megáfono anuncia que don Arturo ya está listo para atendernos como nos merecemos en el mercado y que hoy el tasajo que trae está especialmente fresco. Luego, se anuncian los cumpleaños del día, ponen una grabación de las mañanitas y después vocean que si hoy pasará la basura, que el pan recién horneado estará listo a partir de las nueve y que mañana habrá misa por la tarde. Es como si uno estuviera en un México mucho más simple, sin nosotros, los turistas barrocos.
En este año que se escapa inevitablemente, nos ha tocado a todos jugarle al turista y sabernos locales. Entre la bipolaridad de la pertenencia y lo foráneo no queda más que declararse viajero de la única vida que tenemos para poder pasarla así como la doña cocinera, entre risa y risa, para hacer de la milpa lo que a uno se le pegue la regalada gana.



