Mínimo manual para hacer campaña
Piense desde la perspectiva de quienes estamos llamadas/os a votar el próximo 1 de junio. Hacer campaña para integrar el Poder Judicial en el Estado o en la Federación es una rareza democrática. No por su legalidad ni por su importancia -que son incuestionables-, sino por el terreno inédito en el que se le pide a las personas candidatas que se desenvuelvan: el de una contienda pública sin partidos políticos, sin tribuna legislativa, sin promesas de gasto ni promesas de gloria.
A diferencia de quienes aspiran al Congreso, a una presidencia municipal o a una gubernatura, quienes compiten para formar parte del Poder Judicial tienen prohibido el despliegue de publicidad espectaculares, no pueden comprar tiempos en radio o televisión, ni tienen al alcance realizar mítines multitudinarios. Lo siento mucho, no habrá cierres espectaculares de campaña con Alfredo Olivas, Christian Nodal o la Arrolladora. No habrá reparto de mochilas, útiles o despensas de la Justicia. Su principal insumo no es el carisma, sino la credibilidad. Y eso, en tiempos de desconfianza generalizada, no se gana con jingles pegajosos, ni abrazos, ni fotografías con los niños, sino con argumentos.
Este mínimo manual, entonces, no es un instructivo. Es un espejo: refleja los desafíos que enfrentan quienes buscan entrar a una de las instituciones más cerradas del entramado institucional mexicano, y que ahora deben hacerlo con la cara descubierta, bajo el potencial escrutinio de la ciudadanía.
Primero: el mensaje.
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No hay campaña sin narrativa, pero ¿cómo se construye una cuando el cargo no promete becas, patrullas o mover las palancas del desarrollo -lo que sea que eso signifique- sino imparcialidad y conocimiento técnico? ¿Cómo explicar a vecinas/os, colectivos, o estudiantes, que lo que está en juego no es un beneficio inmediato sino la arquitectura -normalmente silenciosa e invisible- de la justicia?
Traducir la experiencia jurídica al lenguaje ciudadano es el primer gran obstáculo. Hablar claro sin caer en trivialidades. Nombrar los problemas sin exagerar su diagnóstico. Mostrar una agenda sin convertirla en plataforma partidista o en ideología estridente. Y sobre todo, lograr un tono pedagógico, accesible, pero firme. Ahí, donde el desafío es lograr que el electorado comprenda la estructura y función del Poder Judicial. La audiencia no es solo el vecindario: también escucha la academia, los medios, las organizaciones y el propio sistema judicial al que se pretende ingresar.
Segundo: la visibilidad.
¿Cómo hacerse visible cuando todo parece estar diseñado para que no se note demasiado?. Las campañas judiciales no compiten por las calles, sino por la atención en redes -esas canchas laberínticas y caprichosas-, en foros públicos, en entrevistas con periodistas. ¿Cómo puede lograrse la visibilidad cuando no se tiene acceso a recursos para hacer campaña, entre una considerable multitud de candidaturas, donde no existe una marca (piense en el partido político) que “avale” la solvencia moral y política de determinada candidatura y que, encima, se dirige a un público que puede -insisto, puede- estar renuente a participar en esta contienda?.
Y aun con visibilidad, viene el dilema de siempre: ¿vale más una imagen atractiva o un argumento sólido? ¿Importa el video si no hay seguidores? ¿Conviene polarizar o trivializar para ganar notoriedad o resistir la tentación y jugar a largo plazo, apostando por la sensatez?.
Tercero: la legitimidad.
Tal vez el punto más sensible. Porque en el fondo, estas campañas no solo buscan votos: buscan reconocimiento. En un país donde el acceso a la justicia es lento, desigual y muchas veces opaco, presentarse como aspirante al Poder que representa y encarna la justicia en nuestro país no es poca cosa. Implica situarse, inevitablemente, del lado de una exigencia pública: que la justicia se limpie, se abra y se acerque. ¿No es eso lo que se buscaba con la Reforma? ¿un nuevo sistema de justicia renovado moralmente y purificado en las aguas del voto popular?.
La campaña, entonces, no es solo un trámite. Es una declaración. Una forma de decir: “sí, quiero estar ahí, y quiero hacerlo con el respaldo de ustedes”. Pero eso requiere valentía. Porque no hay financiamiento público, no hay partido que arrope, no hay operador político que organice eventos ni estrategias. Hay, en el mejor de los casos, una convicción personal y algunos aliados. A veces, ni eso.
Y aún así, hay quienes lo intentan. Porque creen que vale la pena. Porque pueden no estar de acuerdo con la Reforma pero consideran que esta es una vía transitable para cambiar las cosas. Porque entienden que la justicia también se construye desde lo público. Porque han decidido dar la cara.
Este manual mínimo no les da instrucciones. Pero sí puede dar una pista: en estas campañas, la coherencia vale más que la consigna, y la exposición más que la discreción. Lo que se juega no es el poder, sino el prestigio. No es el cargo, sino la confianza.
Y en estos tiempos, eso es mucho decir.
X. @marcoivanvargas




