Modo romántico
Porque estarán inundados con los acontecimientos de esta semana, que abundan sobre filtraciones y escuchas, les dejo este fragmento poético que me encontré en el deambular cibernético en el que nos ocupamos a diario:
“No tires las cartas de amor”
Ellas no te abandonarán.
El tiempo pasará, se borrará el deseo
—esta flecha de sombra—
y los sensuales rostros, bellos e inteligentes,
se ocultarán en ti, al fondo de un espejo.
Caerán los años. Te cansarán los libros.
Descenderás aún más
e, incluso, perderás la poesía.
El ruido de ciudad en los cristales
acabará por ser tu única música,
y las cartas de amor que habrás guardado
serán tu última literatura.
El poema de Joan Margarit sirve de preámbulo a Elisa Díaz Castelo, para referirse al papel que, para algunos tienen los poemas y en este caso las cartas de amor, en su texto “La voz y el fantasma”.
Quizá desde el primer renglón pueda alguien objetar la veracidad de la afirmación y a otro, parecer cursi y almibarado, pero me hizo pensar en el viejo y culposo placer por escribir notas románticas en las que el corazón parecía o bien desbordarse de felicidad o bien de sufrimiento por desamor o nostalgia. Y aunque muchos lo nieguen, creo que la mayoría hemos recurrido a la poesía o a la música para intentar reflejarnos en las letras, las palabras y las melodías, que parecen entender la potencia de nuestras emociones.
Y mientras esa fuerza en forma de corazón se va transformando hasta casi desaparecer, quedan por ahí algunos testigos de esos arrebatos románticos; cierta evidencia de la pujanza de nuestros impulsos y nuestra intimidad. Las cartas de amor juegan ese papel de envolvernos en un tiempo diluido en las andanzas de vida y la separación de caminos o de los nuevos encuentros. Su contenido suele ruborizarnos aun cuando las releamos a solas y en el silencio de nuestra alcoba o al tropezarnos con ellas en una limpieza de cajones o de manera deliberada, como quien busca revivir sensaciones o constatar el paso del tiempo.
Pero la autora de “La voz y el fantasma” dice que “hay poemas que amamos porque guardan las voces de los ausentes”. Sí creo que habrá cartas que al releer nos permiten sentir la presencia de quien las escribió y que resonar en nuestra mente, reescribimos una versión nueva de las mismas.
A ella este poema le recuerda a su maestro de Letras que gustaba del mismo. Yo aquí lo escribo para hacernos pensar en cosas que le hacen bien a nuestro espíritu y nos recuerdan que somos más que un “homo fabrilis” o un “homo militaris”.
Espero que hayan pasado un momento diferente en sus versos y que les hayan trasportado del modo inercial al modo romántico.



