Otras posibles
En estas épocas, hacer cola en para esperar a usar un cajero automático resulta de lo más natural. Me enfilé entonces con resignación decembrina a hacer fila para tratar de sacar algo de dinero porque ya no traía ni un quinto. Ahí estaban unas once personas delante de mí, y de cuatro cajeros, dos funcionando porque la otra mitad ya no tenía dinero. Yo no estaba dispuesta a abandonar el lugar y buscar otro banco, porque era perder tiempo sin que nada me garantizara menos gente. Mejor esperar pacientemente y ya.
Unos dos lugares delante de mí reconocí a una compañera de la Universidad. A principios de año la encontré por el centro y nos actualizamos con esas cosas que uno platica con quien le cae bien, pero no es íntimo. Ella no me había visto y estaba ocupada hablando por el teléfono, en lo que se notaba era una animada conversación. Noté que entre risa y risa, le contaba alguien las tretas que su hijo, un chavito de unos nueve o diez años, había tratado de ejecutar en aras a obtener dos regalos navideños: una bicicleta color verde fosfo y un videojuego que está muy de moda. Se desprendía de la conversación que al chico le habían dicho que este año solamente podía aspirar a un regalo, por lo que hizo gala de su ingenio para alegarle a Santa Claus que lo justo era obtener ambas cosas y no tener que decidir. “-Entonces, ¿qué onda? ¿cómo le hacemos?-“ y procedió a ponerse de acuerdo con el interlocutor para ver quién compraba qué cosa, depositar los equivalentes en la misma cuenta de siempre y quedar así tablas. Luego, preguntó: “-Entonces, este año, toca cena en mi casa. Sí, ya encargué lo del pavo, tú y Mariana la pasta y la ensalada, esa que le quedó super rica el día de la Madre.-“ Agregó que no, que ella no iba a invitar a Javier, que era todavía pronto y que prefería mejor darle tiempo a aquello. Se rió muy naturalmente y dijo que sí, que ya conocía a los niños. Le contó que incluso se habían organizado un pequeño viaje para tal motivo y que hasta ahora, todo fluía bien. Después de unos cuantos detalles logísticos, colgó.
La fila avanzaba y ella volteó a sus alrededores. Nos saludamos y comenzamos a platicar. Me contó que efectivamente, hablaba con el papá de su hijo, de quien llevaba cinco años divorciada. Sí, había sido difícil, pues habían tenido un noviazgo largo que no garantizó un matrimonio igual. Al principio los roces fueron frecuentes, pero hablaron mucho, fueron a terapia y ambos recordaron que son buenas personas, que aman a su hijo y que ellos, en cierto momento, decidieron unirse: nadie los forzó, nada los empujó. Ahora el ex estaba de nuevo casado y compartían algunas fechas claves todos juntos. Ella estaba saliendo con un buen tipo, divorciado también y con hijos y habían encontrado la manera de ser una disfuncional pero feliz familia. Me contó cómo sus papás, tradicionales y conservadores, no entendía aún cómo ella podía llevarse bien con la nueva esposa de su ex esposo, quien además era madre de una niña pequeñita, media hermana de su hijo. Incluso, a veces les había hecho el paro de cuidárselas cuando ellos salían. Sin embargo, me contó, ella entendía que aunque en su casa la juzgaran, estaba creando un ambiente sano para su propio hijo, y que aunque eso no era lo que había imaginado, se sentía orgullosa de haber entendido que la familia son muchas otras personas, más allá de lo clásico. Casi le aplaudo.
Sé que en estas fechas para muchas personas la unidad familiar se vuelve todo un tema que, lejos de ser ese bálsamo de paz deseado, se convierte en un motivo de tensión. Lo cierto es que la vida es mucho más compleja de lo que uno desearía y generalmente no resulta como uno planea. Desde hace años la familia no es esa figura romántica formada por papá, mamá e hijitos y eso, está bien. Si las cosas no resultaron, si la vida nos entregó a más personas, quizá sea bueno abrazar lo que hay y dejar de lado las concepciones idílicas para aferrarnos a las reales.
Nos despedimos guardando cada quien sus tres pesos en la cartera y deseando vernos pronto. Entonces, un inesperado espíritu navideño me invadió. Después de todo, hay otras navidades posibles.



