Partidos y dinero

En tiempos de crisis económica "el hambre le pide a la necesidad", reza un dicho popular, por lo que suele ocurrir que cada quien busque "rascarse con sus propias uñas" y dejar para después la mínima solidaridad, salvo contadas excepciones. Lo anterior aplica, sin duda, para el caso de los distintos sectores que dependen del presupuesto gubernamental porque la cobija no alcanza y mientras unos se pueden tapar de pies a cabeza, a otros no les alcanza ni para cubrirse las miserias. Tal cuestión salta ya con los primeros esbozos de lo que sería el proyecto de presupuesto de egresos del gobierno federal para el próximo ejercicio 2020. Resulta que, una vez más, el gasto ordinario contemplado para los partidos políticos nacionales es muy elevado, rondando los cinco mil millones de pesos y eso, en épocas de raquítico crecimiento económico, ciertamente huele a, por decirlo amablemente, poca consideración con la suerte de la mayoría de la población. De allí el clamor generalizado a los partidos políticos para que regresen parte del recurso asignado; ¿o es que sólo en época electoral se vale mostrarse como "hermanas de la caridad"?

A decir verdad, eso de pedir a las burocracias partidarias que se aprieten el cinturón y regresen un buen porcentaje de sus prerrogativas es tanto como "pedir peras al olmo". El sobado argumento de que es preferible que reciban financiamiento público, y no correr el riesgo de que dinero mal habido sea allí lavado, tiene cierto peso en un país como el nuestro. No es la mejor opción pero es la menos peor, diría el filósofo de Güemez. El asunto, entonces, tendría que ver con la cuestión de que, por lo menos, esa enorme suma de recursos fuera utilizada en bien de la democracia mexicana y no como piñata a la que hay que dar de palos... para no perder el tino de seguir el camino de gozar las mieles del poder partidocrático. Si se trata de un gasto ordinario, lo más parecido a una de las funciones ordinarias de un partido seria la formación teórica e ideológica de sus militantes, con el propósito de contar con cuadros políticos competitivos para campañas y procesos electorales, así como para el ejercicio honesto, comprometido y eficiente del servicio público. Ya no digamos líderes reconocidos, por lo menos políticos consecuentes con las declaraciones de principios de sus partidos.

En 1955, el cubano Virgilio Piñera escribió una pieza teatral en la que hace una sátira de las burocracias partidistas propias del estalinismo, planteando el curioso caso de un filósofo orgánico de un partido totalitario que, de pronto, ante la carencia de enemigos a quienes enfrentar ideológicamente, puesto que el capitalismo ya ha sido abolido, decide "rebelarse" y asumir la condición de servilismo propia de las masas no empoderadas, para lo cual pretende encontrar un "señor" que lo haga suyo y llamar al resto de sus camaradas a declararse en igual condición. Nikita, el ahora agitador, preocupa a una "nomenclatura política" (que va desde el primer ministro al general del ejército) que trata de convencerlo de que su posición es "contradictoria", pero aquel evade los cuestionamientos, llegando al extremo de aceptar que le puedan patear en salva sea la parte, porque esa es la manera de mostrar "congruencia" con el papel que ahora le toca desempeñar. Guardadas las proporciones de tiempo y lugar, parece una condición no muy descabellada de replicar en algunos partidos de nuestra peculiar circunstancia.

Y es que, en efecto, el pragmatismo del sistema de partidos que tenemos ha llegado al punto en que la ideología pasa a segundo plano y se asume un cálculo pragmático para ganar influencia, avasallar e imponer condiciones que no se tienen como de beneficio social sino de camarilla o personal. La formación política se ha dejado de lado porque, tal vez, mientras las dirigencias se dedican a dilapidar los enormes recursos asignados, consideran que los militantes se conforman con aspirar a que puedan ser pateados, pretendiendo que eso es "la mayor felicidad para el mayor número" (Nikita, dixit), utilitarismo perversamente desvirtuado mientras no se radicalice, en este sentido, el cambio.