Pequeñas certezas
Siempre he encontrado reconfortante saber la historia de las cosas. El baúl verde que frente a mí, por ejemplo, fue la maleta de viaje de algún ancestro y ahora guarda un buen número de fotos familiares de distintas épocas. La cama en donde duermo es la misma donde durmieron los abuelos de Marcos. La mesa de mosaicos de la cocina la usó mucho tiempo mi abuelo para preparar los guisos que ya no volveré a probar, pero la uso en cierto intento por invocar su espíritu hasta escucharlo decir “- Suficiente, mija, con ese chile es suficiente-“.
Los vejestorios de la casa me dan una especie de continuidad. Ver la bombonera de mi bisabuela me lleva a las historias que me contaron de niña, donde los protagonistas no eran príncipes ni princesas, sino gente común y corriente, con aciertos y errores como cualquiera y que en un balance general, tuvieron buena vida. La historia de las cosas genera cierta perspectiva.
Llevo la historia de las cosas a la ciudad en donde vivo. Paseo por los edificios e inevitablemente recuerdo que tal puerta fue quemada tal año por cierto conflicto, o que ese balcón no es el original, que se cayó hace años, milagrosamente sin matar a nadie. Me gusta tocar ciertas marcas en las paredes de los edificios donde vivieron próceres, porque quizá por ósmosis algo se me pegue. La historia de los lugares da perspectiva histórica.
El año pasado, muchos nos aferramos a las pequeñas certezas. El mundo decidió sacudirse y mostrarnos las infinitas vulnerabilidades que tenemos aquellos que nos creemos los amos del universo. Entonces, volvimos la vista a las pequeñas certidumbres, a los espacios y las cosas que tenían historias que contar y que por las prisas de la vida, ya no escuchábamos. Un objeto puede evocar la historia de un abuelo que perdió todo y se levantó; de una abuela que se vio forzada a trabajar desde la adolescencia y se acabó convirtiendo en una de las primeras mujeres en obtener un título profesional. La historia de las cosas trae consigo pequeñas certezas que nos hacen entender que si alguien más pudo, nosotros también podemos.
La semana pasada tenía pensado escribir por la mañana la última columna del año con toda calma aprovechando la tranquilidad que siempre traen los últimos días de diciembre. Pero cuando bajé a preparar el desayuno me di cuenta que habían violado el portón de la casa, que es bastante pesado, y se habían robado la bicicleta de Marcos. Usaron herramienta para dejar en claro que aquello no estuvo improvisado, aunque quizá malcalcularon el escándalo que haría forzar todo hasta abrirlo por completo y desistieron en el pequeño tramo que les permitió escurrir únicamente la bici. El objeto no tenía la historia que tiene la bombonera de la bisabuela, ni los edificios del centro; pero sí tenía en su haber rodadas universitarias, idas al Edificio Central, viajes a la oficina, paseos por las calles de San Luis. Como es natural, me asusté y al instante se formaron tres mil historias posibles con escenarios peores que afortunadamente no ocurrieron. Después, me di cuenta que el miedo se transformaba en un vacío creado por el arrebato violento que deja una certeza arrancada: yo, ingenua pero humanamente, pensaba que mi casa era sagrada. Resulta que no. “¡Pinche año!”, pensé en correcto español.
Si algo nos enseñó el 2020, es que no hay certezas absolutas, ni pronósticos inamovibles. El universo goza de sacudirse y sacudirnos. Y aun así, nos deja pequeños indicios de esperanza en las cosas de siempre y en los lugares habituales, que únicamente esperan los veamos con nuevos ojos. Pues sí, el año pasado distó de ser divertido, pero nos forzó a todos a volver hacia las pequeñas cosas y enlazarlas para formar una red que teja esperanza. A nosotros nos robaron la bici. Que les aproveche, porque no fue nada comparado con lo que otros han perdido este año, comenzando por la salud, terminando con la vida.
Por eso en esta primera columna del año, lectora, lector querido, quiero que sepa que usted forma parte de mis pequeñas certezas, esas que me levantan y que hicieron que el año fuese soportable. Le deseo que en el 2021 vuelva a la historia de las cosas y que teja con ellas un largo manto de esperanza que recorra la ciudad en una bicicleta que no sea robada.
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