Pesina y el PRI

Parafraseando a Norberto Bobbio, cuando se interrogaba sobre la crisis de la izquierda en general, luego de la caída del socialismo real, bien podría uno preguntarse también sobre la suerte actual y futura del otrora poderoso y omnipresente PRI en México, el partido que todos los espacios ganaba y, cuando no, arrebataba. Así, podría especularse sobre el nacionalismo revolucionario que (ya) no hay, las fuerzas vivas que no hay, las matracas que no hay, los gritos y sombrerazos que no hay, y así, sucesivamente, hasta terminar cavilando: ¿el PRI (aún) existe? Y resulta que sí, que el PRI permanece allí, cual dinosaurio monterrosiano. Y no es un cuento breve; es una larga historia de usufructo del poder público que ha merecido no pocos estudios sobre esa excepcionalidad partidaria... en el tiempo y en el espacio. Pero, luego de la debacle sufrida en 2018, es menester otear el derrotero de este partido de cara a las elecciones intermedias de 2021 y, sobretodo, en aquéllos estados del país donde se elegirán gobernadores, como es el caso de la entidad potosina.

Así las cosas, como para ir calentando motores, el PRI se apresta a renovar su dirigencia estatal. Todo indica que se habrá de reelegir la dupla conformada por Elías Pesina y Yolanda Cepeda, cuadros de confianza del "primer priísta" del estado, es decir, del gobernador Juan Manuel Carreras. No podría ser de otra manera. En época de crisis política, lo más rentable resulta lo más probado y, en términos de lealtad con la línea marcada por el "gober", Pesina es garantía de que habrá de seguir, a pie juntillas, sus instrucciones. Jugar a la democracia cuando no se tienen todos los hilos como en el pasado, sería un riesgo innecesario y Carreras sabe que la prioridad política es controlar las cosas en su feudo (el partido, no el estado). Resolver la sucesión al interior del PRI sin mayores sobresaltos, con una unidad aceptable (la unanimidad de antaño es imposible y hasta sospechosa en un partido que se precie de haber cambiado algo) es el primer paso para que el PRI represente algo más que un partido que haga de bisagra entre los que, hasta el momento, se aprecian como mejor posicionados, esto es, Morena y PAN.    

Las conjeturas sobre el papel que podría desempeñar el PRI en la sucesión gubernamental potosina de 2021 son de lo más variado como aventurado. Que si va con candidato propio o importado, que si de aliado con Morena o PAN, etcétera. Lo cierto es que la fuerza político-electoral que conserva el PRI en la entidad potosina no es desdeñable y, en efecto, podría ser la diferencia en caso de una eventual cerrada contienda. Incluso, no es descartable que otras fuerzas políticas menores pero relevantes, por la presencia que han ganado ante los espacios vacíos dejados por los partidos más grandes, puedan operar en favor de un poder de negociación definitorio para el PRI local. El asunto es que salga fortalecido del proceso de renovación de su dirigencia estatal, y puede que así ocurra si nos atenemos al hecho verificable de que sigue operando como un partido de férrea disciplina de sus cuadros y militantes, en buena medida por la gracia de cumplir con la repartición del pastel asignado, como por la expectativa de ascenso de sus miembros en un entorno de influencia que, hábilmente, siempre procuran intacto.  

     En suma, salvo que algo imprevisto descomponga el cuadro, todo apunta a que el dictum "Pesina, amigo (del gober), el PRI está contigo" se materialice ungiéndolo como dirigente priísta por un buen rato, el suficiente para salir bien librado de la elección del próximo año, buscando que el siguiente gobernador sea alguien en quien confiar un fin de sexenio sin tanto sobresalto. Para esa tarea Pesina parece que ni mandado, toda vez que se le tiene como negociador nato. Sin embargo, de aquí a entonces, el gobierno estatal actual deberá convencer que cumplió, con creces, su mandato.