Piensos para 2023
Los últimos quince días han sido como andar en un parque diversiones: bajando y subiendo de uno y otro juego, mareados, contentos, cansados, eufóricos y a la vez nostálgicos. “Las navidades” como dicen en algunos países de habla hispana (aunque solo sea uno el día de la mera-mera celebración), se convierten en dos o tres semanas de preparativos, planes, fiestas, encuentros, desencuentros, abrazos, risas y alguna que otra lagrimita por ahí.
Y en las consabidas listas de buenos propósitos, intenciones de cambio “para bien”, renuncias y decisiones, en ocasiones nos montamos dramas y comedias que exigen vestuario y escenografías especiales para poder tener una historia que contar en redes o en vivo y en directo, toda vez que el treinta y uno pone fin a tanta pachanga.
Así, entre el reality y lo histriónico, lo real y lo auténtico, nos vemos envueltos en una emoción que bien pudiera compararse con “entrar en trance”, que inicia desde que quitamos las máscaras de halloween y los altares de muertos, hasta que levantamos el árbol de navidad y las luces blancas en las fachadas de nuestras casas.
A la distancia de estos tres días de enero, pareciera todo tan fugaz que no me alcanza la mente para recrear todo lo sucedido en esos días. Me queda sí, la sensación de una navidad vertiginosa pero gratamente familiar, suelta y natural. Defectuosa y no perfecta porque eso es un imposible, que no por ello deja de ser bella y reconfortante. Y si bien habrá que afinar detalles, mejorar los cálculos y tomar las cosas con más calma, estas “navidades” me han parecido estupendas, aunque siento que algo quedo a deber. Una sensación de falta o de extender la alegría de esos días de otra manera o en otras personas.
Dicen que cuando pasa uno las primeras seis décadas de vida, se vuelve uno más sensible o sencillo y quizá por eso lo afectivo. Yo, que ya recorro los corredores de los de la T…. Edad, siento que tengo una especie de deber con los demás. Con los amigos que lo necesitan, los hermanos distanciados, los que tienen poco y necesitan celebrar como todos en estas fechas, con desconocidos que pasan frío y hambre o simplemente con quien nos atiende en el café que frecuentamos, en la carnicería, las tortillas, el estacionamiento o quienes vemos que vienen de paso desde fronteras sureñas, dejando todo por una vida mejor que se colapsa en un semáforo o en un crucero. Siento esa especie de deuda y creo que el único propósito que no quisiera olvidar de fin o inicio de año es éste. Bien que mal, la vida me ha dado mucho y tarde o temprano va cayendo uno en la conciencia de extender ese bienestar a otros. Así mis piensos de inicio de año.
¡Feliz 2023! Que la paz se replique en casas y territorios hasta el último rincón del mundo. ¡Que tengamos gobiernos y gobernantes honestos, empresarios conscientes, desarrolladores ecologistas! Que experimentemos amor por el planeta como si fuera, porque es, nuestro techo. ¡Que compartamos nuestra abundancia o nuestra estrechez, que no nos falten manos para ayudar y acompañar, para que dentro de 12 meses no lleguemos al 31 de diciembre con las manos vacías! ¡Y gracias por los que hicieron tan gratas mis celebraciones de estos días!
PD: ¡Felicidades a los que cumplen este 4 de enero!



