Preámbulo para una reforma
A propósito de las noticias recientes en donde se escuchan posicionamientos sobre reforma política en nuestro país, conviene revisitar la noción de <<Ingeniería Constitucional>> de Giovanni Sartori. La explicaba así: “se me ocurrió [ese título] porque expresa, primero, que las constituciones se parecen (de alguna manera) a las máquinas, esto es, a mecanismos que deben funcionar y producir algo; segundo que no es muy probable que las constituciones funcionen como se desea a menos que se empleen las maquinarias de Bentham, es decir, los castigos y las recompensas”.
Sartori no concebía a las constituciones como meros documentos legales, sino como estructuras de incentivos, recompensas y reprimendas. Son reglas del juego que sirven para “animar y recompensar a los jugadores que lo hacen bien, y de penalizar a los jugadores tramposos y al juego tramposo”. Entendía a las constituciones como instrumentos de gobierno; pero también de protección que sirven, esencialmente, para controlar y limitar el ejercicio del poder político.
Uno de los primeros pasos de la tarea extrajurídica de hacer ingeniería constitucional se relaciona con el sistema electoral. De ello depende el sistema de partidos, las estructuras de representación, la manera en que se garantiza uno de los derechos fundamentales de la ciudadanía -participar-. Si acudimos a los clásicos o si actuamos por intuición, sabremos que los sistemas electorales afectan el formato del sistema de partidos, las reglas de competencia por el poder público, el margen de actuación del árbitro electoral.
Por eso no sorprende que de tiempo en tiempo, las fuerzas partidistas discutan sobre el esquema de reglas que regulan la competencia política. El interés no se encuentra en las reglas por sí mismas, sino en el juego que éstas configuran. Esta ocasión no es la excepción, cada momento político se caracteriza por una mezcla específica de factores formales -como la conformación de mayorías parlamentarias- y de elementos informales -como lo son las alianzas políticas o las coyunturas del momento-. Estas condiciones determinan el escenario de lo que será discutido, las metas de los actores, las estrategias y los medios a su alcance y, a veces, la expectativa de la ciudadanía tiene de esos procesos.
Permítame compartir con Usted una diferencia significativa: las grandes reformas político-electorales que se han realizado en nuestro país provienen, casi siempre, de exigencias de la sociedad que reacciona ante crisis políticas. Cuando no se trata de eso, entonces acudimos a la intención de los partidos contendientes o del gobierno en turno. ¿Qué es lo que se propone? ¿y quién lo está demandando?.
Hay partidos y actores que, a estas alturas del juego, han definido intenciones claras. Hay otros que han adoptado una postura pasiva o reactiva en función del “saque” que otros han realizado -no soy de tenis, pero la analogía de ese deporte funciona bien-. La ciudadanía no puede, ni debe estar ausente en esta discusión. En cualquier caso, como todo lo que importa, el proceso de discusión política debe partir de un debate público, abierto y bien informado. Si nos ponemos serios en este asunto, podemos dejan a un lado las etiquetas cosméticas o las simulaciones de diálogo que en otro momento han servido para disfrazar o legitimar decisiones políticas ya tomadas.
Si vamos a hablar de reforma política, conviene revisitar la idea de ingeniería constitucional porque implica algo más importante que las llanas intenciones políticas de un puñado de personas.
Sartori lo tenía claro: “porque cuando más me preguntaba si realmente sabremos qué es lo que se necesita cambiar y cómo cambiarlo, tanto más descubría (para mi desaliento) que la respuesta a esta pregunta era un rotundo <<no>>, y que las reformas realizadas llevan la huella de reformadores muy incompetentes. Tal vez éste sea un juicio demasiado riguroso. Aun así, la pregunta sigue siendo: en las cuestiones institucionales, ¿sabemos qué reformar y cómo lo vamos a hacer?.
Twitter. @marcoivanvargas
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