Después de 90 años de existencia el PRI se acuerda de sus militantes y ofrece escucharlos para definir a la próxima dirigencia nacional de ese partido. Reza un refrán que “después de vejez, viruela” y el dinosaurio priísta se muestra como si fuera “quinceañero”, festejando su longevo aniversario con aires de pretendida “renovación” de sus prácticas políticas. Pero ese ofrecimiento no es nuevo y aunque pueda parecer sincero, lo que se termina imponiendo es la simulación de que todo cambia… para seguir igual. Aquí mismo, en la entidad potosina, hace apenas unas semanas se vivió esa perniciosa práctica que ha caracterizado al viejo PRI, cuando se designó por dedazo del gobernador Carreras al nuevo dirigente estatal Elías Pescina. De todos era más que sabido que el “inge” sería el ungido y sólo había que formalizar su nombramiento a través del voto corporativo del Consejo Estatal de ese partido, órgano de confluencia de las fuerzas vivas del tricolor que, aunque luego pretendan pasarse de ídems, tienen que acatar la línea que se dicta desde arriba.
¿Qué tan serio puede ser el cambio planteado por la dirigencia nacional priísta si, no hace mucho, la señora Claudia Ruiz Massieu hasta planteaba su eventual desaparición para dar paso a otra organización en la que ya ni se acordarían del nombre y las siglas de que aún disponen? Marzo no sólo es el mes en que el PRI celebra el aniversario de su fundación, sino que también les trae el recuerdo aciago de la violenta muerte de Luis Donaldo Colosio, su malogrado candidato presidencial en 1994, sacrificado como consecuencia de los desencuentros de la élite gobernante del país en la época turbia de Carlos Salinas de Gortari. El velo de la impunidad que cubre a ese crimen de Estado sigue impidiendo considerar, en serio, cualquier atisbo de cambio de fondo en las formas en que allí se hace política… más si el fondo y la forma se tienen como la misma cosa.
¿Qué tan serio puede ser el cambio planteado si el PRI sigue contando entre sus filas con personajes de dudosa reputación, como el caso del célebre “rey de la basura”, Cuauhtémoc Gutiérrez de la Torre, personaje implicado en un presunta red de prostitución y que no pudo ser tocado ni con el pétalo de la expulsión partidaria, dizque porque en el interior del otrora partidazo no se actúa por “consigna” a la hora de sancionar conductas vergonzosas de sus cuadros “distinguidos”.
¿Qué tan serio puede ser el cambio planteado si el PRI no puede ser oposición responsable porque se quedó anclado como una fuerza política acostumbrada a imponer el peso de su mayoría mecánica y no a deliberar los grandes problemas nacionales de manera abierta y democrática? Ante la impotencia de no imponer “su verdad”, ahora recurren a denostar al adversario en el poder, señalando que propician prácticas que eran muy propias del PRI, como el presunto abucheo a los gobernadores de ese partido en las concentraciones convocadas por el presidente López Obrador, como asegurando que “el león cree que todos son de su condición”.
¿Qué tan serio puede ser el cambio planteado en el PRI si la cacareada alianza con los ciudadanos quedó ridiculizada cuando se les hizo bolas el engrudo con su candidato Meade, el mismo que luego pediría que los priístas lo hicieran “suyo”? En suma, ¿qué tan serio puede ser el cambio en un partido que sigue cerrado a investigar los escándalos de corrupción que involucraron a no pocos de sus cuadros más connotados? ¿Qué tan serio puede ser el cambio planteado por un partido responsable de implementar una cultura política de la degradación cívica, el clientelismo, el patrimonialismo y otros vicios que, ya se demostró en las urnas el año pasado, la sociedad mexicana no soporta se sigan practicando? ¿Qué tan serio puede ser el cambio que ofrece un partido que no se atreve a pintar su raya con respecto a la responsabilidad histórica por tantos agravios perpetrados al pueblo mexicano a lo largo de esos noventa años que ahora celebran sin el menor empacho?

