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Regalo roto

Por Yolanda Camacho Zapata

Marzo 15, 2022 03:00 a.m.

A

Por alguna extraña razón habían llegado a mis manos dos boletos para asistir a la conferencia de un gurú motivacional cuyo nombre será omitido para no herir susceptibilidades. A mí nunca me han convencido los porristas profesionales, aunque se que para muchas personas leerlos o escucharlos les anima a seguir caminando por esta azarosa vida. A punto estaba de regalar esos boletos a la primera persona que pasara por la calle, cuando recordé a una amiga que tenía en altísima estima al gurú en cuestión. Hacía tiempo que no la veía no por otra cosa sino porque ambas estábamos ocupadas con los trajines ordinarios, esos que comen el tiempo sin que uno se de cuenta. 

Sin dejar pasar mas tiempo, marqué a su casa y ella levantó inmediatamente el auricular, como si hubiese estado esperando mi llamada. A mí me sorprendió su prontitud y después de breve saludo, me hizo saber que efectivamente estaba esperando una llamada, pero no la mía. Estaba a unos pasos del teléfono cuando sonó y fue por eso que contestó en menos que canta un gallo. Después de los recuentos de rigor y ponernos sucintamente al día, le dije que me habían llegado dos boletos para su gurú favorito, que se presentaría en cosa de una semana en el Teatro de la Paz y que yo con mucho gusto se los regalaba para que ella fuera a escuchar a su sensei. Los boletos, cabe destacar, costaban una lana. No tanto como para empeñar el anillo de boda, pero si una suma nada despreciable. Ella, como buena seguidora, estaba no solo al tanto del evento y su precio, sino que moría de ganas por ir; pero  atravesaba por una racha económica árida, que si bien es cierto no la hacía morirse de hambre, tampoco le permitía darse ese tipo de lujos. Total, que le dije que los boletos eran suyos y listo. Pero no. Me respondió que ella los aceptaría únicamente bajo una condición: que la acompañara a escuchar a su máster Jedi. A mí  aquello me causaba una pereza terrible, pero francamente siempre me han llamado la atención los fenómenos donde las personas dan muestra de fe colectiva  hacia una persona viva o muerta. Pensé que quizá el pretexto era bueno, a fin de cuentas me permitiría matar dos pájaros de un tiro: vería la reacción de personas hacia la prédica de aquél famoso individuo y seguro al final me iría a cenar con esa amiga a la que hace tiempo no veía y podríamos platicar ya con calma y chismear a gusto; así que acepté. 

El día del evento pasé por mi amiga a su casa, quien salió guapísima y cargando un par de libros del hombre al que estábamos por escuchar. Su intención, natural para ese tipo de eventos, era pedirle que se los autografiara. Me contó que le costó trabajo decidir entre la decena de libros que tenía, pero que había escogido los dos que le cambiaron la vida. A mis las portadas me parecieron curis y de mal gusto, pero si a ella le habían cambiado la vida, algo bueno debían de tener. Nos estacionamos en el centro y caminamos un par de cuadras hacia el teatro. El lugar estaba lleno. Yo esperaba ver gente, pero no tanta. Un par de jóvenes nos mostraron nuestros asientos, a mitad del espacio de luneta y justo en el centro. Buenísimos. Dada la hora y con cierto toque místico, una mujer de tono melodioso anunció al gurú. Se prendió una única luz en el escenario y apareció el hombre, cuya vestimenta me recordó a un antiguo profe que tuve en secundaria. Su cabello y barba pintaban canas  y caminaba de manera pausada. Alcanzó el centro del escenario e hizo una reverencia hacia el público al mismo tiempo que hacia una especie de abrazo con sus manos. Luego, tomó asiento.

La conferencia empezó. El tipo tenía una voz estudiada, entonaba perfectamente sus palabras, cuyo contenido, eran puros espacios comunes. Salpicaba frases de Buda, Jesucristo, Mahoma, Teresa de Calcuta y hasta Cristiano Ronaldo. Ahí había para todos, para no errarle. Después de diez minutos, yo estaba divertidísima. El tipo era un maestro en el arte de dar atole con el dedo, carismático, eso sí, pero completamente insustancial. Luego, volteé a ver a mi amiga. Estaba extasiada. Asentía cada frase, estaba arrobada. A su alrededor, la gente estaba igual. Una mujer incluso lloraba, conmovidísima. 

El gurú terminó de predicar y se despidió. Le aplaudieron como a la Filarmónica de Berlín. Regresó al escenario. En eso, una pequeña multitud se adelantó hacia el escenario. Unos cargaban libros, otros posters. Una chica se dedicaba a organizar al grupo. Mi amiga ya estaba entre ellos, con cara de emoción.  Quién sabe cómo acabó en el primer lugar de la fila que se organizó para subir al escenario. Mientras tanto, el sensei seguía en el centro del escenario platicando con una mujer que salió de bambalinas. La chica organizadora le cedió el paso a mi amiga, quien libritos en mano, caminó hacia el gurú, que le quedaba de espaldas. Ella se animó a tocarle  y el hombre volteó a verla, molesto, muy molesto: “-No me toque-“, mi amiga se disculpó. Les aseguro que ella no se le había echado encima. Si acaso, le había rozado la espalda con el dedo índice derecho. A ella le cambió el semblante de inmediato, pero se repuso, tomó aire y se disculpó por segunda vez. Le dijo algo que tenía que ver con que le agradecía sus libros, pero él la cortó en seco. Ella todavía le acercó los libros, pero el tipo, sin mirarla, se dirigió a la chica que había formado a todos los que se acercaron y le dijo en tono seco: “-Retire a esta gente. Que se vayan-“ se dio la vuelta y con paso altivo salió del escenario. La mujer que estaba previamente con él, volteó hacia la pequeña multitud y les dijo: “-Disculpen, a esta hora ya no trabaja-“. Y le siguió. 

Mi amiga se quedó pasmada por unos segundos. Pude ver la decepción en su cara y en la de aquellos que la acompañaban. Habían entendido aquello: el rollo motivacional, la charla sobre la amabilidad humana, ellos mismos, eran sólo un trabajo. 

Bajamos las escalinatas del teatro en silencio: “-Bueno, de todas formas sus libros cambiaron mi vida-“. Yo admiré su bondad y pensé que a la siguiente, sí regalaría los boletos a la primera persona que pasara por la calle.