Siete años de MORENA: un país cansado de promesas y un Estado que ya no alcanza
"La libertad es el derecho
a tener derechos".
Hannah Arendt
Si en mi artículo anterior la ambición aparecía como diagnóstico, hoy la evidencia confirma que esa ambición —política, narrativa, simbólica— terminó por devorar al propio Estado. La degradación institucional ya no es una advertencia: es un hecho medible, visible y cotidiano. Y lo más grave es que, mientras el gobierno insiste en que la transformación avanza, los datos muestran que el país se desliza hacia un territorio donde la improvisación sustituye a la técnica, la propaganda reemplaza a la planeación y la ciudadanía se resigna a vivir entre la frustración y la incertidumbre.
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El combate a la corrupción, que debía ser el cimiento moral de la 4T, se quedó en eslogan. Transparencia Internacional mantiene a México en 31 puntos sobre 100, exactamente igual que hace siete años. El IMCO reporta retrocesos en Estado de derecho y control de la corrupción. La Auditoría Superior de la Federación acumula observaciones por más de 110 mil millones de pesos en programas prioritarios y megaproyectos, mientras el Sistema Nacional Anticorrupción opera sin autonomía, sin coordinación y sin presupuesto suficiente. La corrupción no se erradicó: simplemente se desplazó a zonas menos visibles, protegida por la opacidad y la lealtad política.
La seguridad pública tampoco ofrece un respiro. El INEGI registró 33 mil 241 homicidios en 2024, la cifra más alta desde 1990. México Evalúa estima que la impunidad en homicidio supera el 90%, y estudios del CIDE muestran que los grupos criminales han ampliado su presencia territorial. La Guardia Nacional, concebida como cuerpo civil, opera bajo mando militar. La violencia dejó de ser excepcional y hoy evidencia el desgaste operativo del Estado: el crimen marca el ritmo, las instituciones reaccionan tarde y la normalización del riesgo confirma una falla estructural en la capacidad gubernamental para garantizar seguridad.
En materia económica, el crecimiento promedio entre 2019 y 2025 no llega al 1%, según INEGI. México ¿Cómo Vamos? señala que la inversión fija bruta sigue por debajo de los niveles de 2015–2018. La inflación al primer trimestre de 2026 ronda el 4.6%, presionada por alimentos y energía, mientras BANXICO advierte riesgos por la volatilidad internacional. La renegociación del TMEC en 2026 añade incertidumbre sobre reglas de origen, energía y prácticas laborales. La guerra en Oriente Medio elevó los precios del petróleo, obligando al gobierno a sostener subsidios multimillonarios para mantener estable el precio de las gasolinas, pese a que la propia titular del Ejecutivo federal ha reconocido que "el costo real es mayor, pero no se trasladará al consumidor". La economía presume estabilidad, pero es una estabilidad frágil, sostenida por factores externos y decisiones fiscales de corto plazo.
En pobreza y bienestar, el CONEVAL reportó una reducción entre 2020 y 2022, pero la pobreza extrema aumentó ligeramente y la carencia por acceso a servicios de salud pasó de 16% a casi 40% tras la transición fallida hacia IMSSBienestar. El sistema de salud enfrenta desabasto, falta de personal, compras tardías y un brote de sarampión que evidencia fallas graves en vacunación y vigilancia epidemiológica. Un país que no puede garantizar esquemas básicos de inmunización difícilmente puede presumir un sistema de salud "de primer mundo".
Los megaproyectos emblemáticos tampoco han entregado los resultados prometidos. La Refinería Olmeca (Dos Bocas) supera los 16 mil millones de dólares, más del doble de lo estimado, y entre 2024 y 2026 registró incendios, explosiones y accidentes laborales con víctimas mortales. La ASF ha señalado pagos en exceso, fallas de supervisión y contratos opacos. En la Sonda de Campeche, derrames petroleros de los últimos 3 años afectaron ecosistemas marinos y actividades pesqueras; organizaciones como CEMDA denuncian opacidad, tardanza y falta de protocolos. El Tren Maya enfrenta hundimientos en tramos construidos sobre suelos kársticos, sobrecostos y daños ambientales, mientras la ASF documenta deficiencias en planeación y ejecución.
La precarización del Estado es evidente: IMSS-Bienestar opera con desabasto y falta de personal; las dependencias ambientales trabajan con recortes que frenan inspección; el sistema de ciencia y tecnología perdió autonomía; y reguladores como la CRE, CNH o COFECE fueron eliminados, dejando al país sin contrapesos técnicos. A esto se suma la pérdida de talento en la administración pública. Un Estado así no puede garantizar seguridad, supervisar megaproyectos ni responder con solvencia a emergencias.
Pero el deterioro institucional no proviene solo del gobierno -recupero mi reflexión-, sino también de una ciudadanía que exige honestidad pero tolera la trampa y que reclama transparencia mientras normaliza la mordida. Esa doble erosión —un Estado que falla y una sociedad que no exige— ha debilitado nuestra vida pública. Y si algo resulta ineludible hoy, es que México no saldrá de este ciclo mientras no asumamos, con seriedad, que la democracia solo se sostiene cuando la ciudadanía decide sostenerla.
México puede revertir este deterioro si toma decisiones valientes y técnicas: recuperar la profesionalización del servicio público, restituir la autonomía de los reguladores, auditar megaproyectos con independencia, reorientar la política social hacia resultados y fortalecer el Sistema Nacional de Salud. Pero, sobre todo, necesita un gobierno que escuche, rinda cuentas y vuelva a conectar con la ciudadanía.
La verdadera transformación —la que México merece— no es la que se prometió en la demagogia del discurso, sino la que aún puede construirse. Una transformación basada en instituciones fuertes, en la técnica por encima de la ocurrencia, en la transparencia por encima de la propaganda, en la dignidad de los servidores públicos y en la confianza de una ciudadanía que no ha renunciado a su país.
México sigue siendo más vasto que sus gobiernos, más resistente que sus crisis, más obstinado que sus fracasos y, aun en la oscuridad, más luminoso que sus propias sombras.
La esperanza no está en los discursos, sino en la voluntad de corregir el rumbo. Y México —con su talento, su memoria, su gente y su historia— puede hacerlo.
jmanuelrm@msn.com
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