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Tan, tan

Por Yolanda Camacho Zapata

Octubre 25, 2022 03:00 a.m.

A

Nadie puede negar que la figura de Lázaro Cárdenas sobresale en la Historia de México generalmente bien parada: el tata de los indígenas, el protector del nacionalismo mexicano, el estratega militar, el estadista visionario. Y todo esto es cierto; sin embargo, sería irresponsable achacar al hombre las virtudes propias del San Francisco de Asís, que tengo la teoría que para llegar a ser presidente, uno no puede ser precisamente santo. Cárdenas fue un político hábil con una frialdad poco relacionada con la candidez de su fama, que quizá deriva de ese afán oficialista que se tiene en hacer de la Historia de México un cuento de héroes y villanos. 

La dureza de Cárdenas se refleja en la practicidad de sus Apuntes, una especie diario meticulosamente escrito en donde no se ve, salvo en contadas notas, ápice de pasión o reflexión alguna. Sus notas son completamente objetivas, pretenden dejar testimonio de hechos y acciones. No hay testamento político alguno o reflexiones orientadoras, ni enseñanzas hacia el futuro. Es claro que Cárdenas escribía un poco para él, pero un mucho para que su período al frente del país quedar escrito en sus propias palabras. 

Le he recordado a últimas fechas debido a esa inevitable tentación que las figuras del poder tienen por controlar la narrativa y convertir su interpretación en “la” interpretación de país. En el cardenismos esto no resultaba tan complejo como ahora, que al instante tenemos frente a nuestras pantallas imágenes e interpretaciones que derivan en análisis sin más trámite que dar un simple click, sin que haya nada ni nadie que pueda impedirlo. 

Quizá una de las pocas notas que demuestran cierto enfado por parte de Cárdenas, es la entrada del 18 de mayo de 1938. Cárdenas viajó a San Luis no tanto por ganas, sino obligado por las circunstancias: ya desde el 1 de febrero de ese año, se lee una nota donde relata haber enviado al general Francisco J. Múgica, entonces Secretario de Economía, a Palomas, en Ciudad del Maíz, a hablar con el general Saturnino Cedillo para comunicarle que su descontento hacia el gobierno federal estaba siendo utilizado por aquellos opositores de las políticas cardenistas, contrarias a la Revolución y se denota cierto afán por hacer un llamado para llevar la fiesta en paz, cosa que evidentemente no ocurrió, ya que el mismo presidente tuvo que trasladarse a San Luis unos meses después para atajar el problema de raíz. 

Cárdenas no se aleja de esa parca línea con la que escribía, pero resulta evidente que Cedillo había logrado sacarlo de sus casillas: desde el balcón principal del palacio de gobierno se dirigió a la multitud para denunciar que Cedillo había alentado a sectores enemigos del gobierno y que hasta las compañías petroleras se sentían apoyadas en su labor contraria a los intereses nacionales. Dijo también que el general potosino debía entender que era momento de dejar al gobierno del estado la labor de los asuntos que le competían y parar las intromisiones. Le extendió una rama de oliva al recordarle que su baja del ejército estaba concedida y que podía dedicarse a la agricultura con la protección del gobierno. Cedillo, en cambio, había convocado a grupos militares en Palomas so pretexto de pastar revista a los contingentes como si la orden fuese oficial. El levantamiento estaba listo y entonces, el presidente ordenó de tajo que  fuese sofocado y finalmente Cedillo acabó siendo asesinado.

La política agrarista de Cárdenas, motivo del levantamiento (si, no a todo mundo hizo feliz el afán del presidente por la propiedad comunal a través de ejidos), vivió una larga vida  y el levantamiento de Cedillo quedó únicamente para ser recordado en la historia como ejemplo de cuánto cuesta hacer enojar a un presidente que cree que hace lo correcto, aunque tenga fama de muy santo.  Ahí se las dejo.