Un país resiliente. Parte I: Es la crisis política, estúpido. (Primera de cuatro partes)
Esta historia Usted ya la conoce. La crisis política como motor de las grandes transformaciones institucionales en nuestro país. Somos lo que somos por la trayectoria que hemos recorrido. Hay varias maneras de observar los desafíos a la estabilidad de nuestro sistema político. Sí, es verdad, desde los gobiernos posteriores a la revolución mexicana, los periodos constitucionales de quienes han ocupado la Presidencia de la República han sido estables. No golpe de estado, no crisis constitucional, no magnicidio, no juicio político, no nada. Presidente que inicia su periodo, es Presidente que lo termina seis años después. Una lectura perezosa sugeriría que nuestro sistema político es estable cuando en realidad hay que prestar atención a los detalles: la transformación del mismo es lo que le ha permitido sostenerse frente a las numerosas y graves amenazas a la estabilidad general. Para subsistir, el sistema se transforma.
Es el concepto de <<Path Dependence>> que se ha descrito ampliamente en la sociología, la historia y la ciencia política. Pero también es la Teoría General de Sistemas de Ludwig Von Bertalanffy y su aplicación política de David Easton. Los sistemas políticos están compuestos de elementos que interactúan entre sí para subsistir. El resultado del funcionamiento del sistema es en realidad una respuesta a un entorno desafiante. Cuando el sistema pierde la capacidad de adaptación y respuesta, viene la crisis y decadencia. Estoy seguro que nadie quiere ver lo que eso significa en términos prácticos.
Lo que ha traído la democracia a nuestro país es una fórmula de procesamiento pacífico del conflicto político derivado de la importancia de elegir a gobernantes y de contar con espacios de representación. Hay otros problemas sociales que la democracia no resuelve, ni por definición ni por ósmosis. Sobre ello hemos dado cuenta hace un par de semanas cuando hablaba sobre las causas no electorales de la insatisfacción por el funcionamiento de la democracia.
En el ámbito local, la estabilidad constituye un desafío distinto. No he visto todavía un estudio que mida la continuidad y estabilidad de los periodos de quienes han ocupado las gubernaturas estatales o las presidencias municipales, ni tampoco quiero sugerir que ése sea el mejor indicador de salud política de una demarcación; sin embargo, a simple vista podemos identificar que la conflictividad política es muy distinta en el ámbito local. No solo es un asunto de escalas o de dimensiones: es que el pulso local del conflicto político tiene una relación directa con el sistema de gobernanza que lo atiende. Por eso somos un país de organización federalista, porque desde que somos país y desde los debates de la Constitución de 1824 entre los federalistas liberales -inspirados por la influencia del liberalismo europeo y la organización política de Estados Unidos- y los centralistas conservadores -estos que tenían como lema la frase “Religión y Fueros”- se tenía claro que el federalismo respondía mejor a la necesidad de establecer un orden político y constitucional en un terreno extenso y conflictivo.
El orden político y la estabilidad no son condiciones dadas de forma gratuita. La historia de la transición democrática en nuestro país también va aparejada con la transformación del estado, de las relaciones de poder y del equilibrio de poderes. Hay que ver las cosas con cierta perspectiva. Para algo que en este momento voy a calificar como “las nuevas generaciones”, la crisis política es un fenómeno infrecuente que se conoce a través de los relatos de la historia, de los discursos políticos o de alguna remembranza en las aulas.
Como evidencia de lo anterior, al 4 de noviembre de 2022, la población registrada en el padrón electoral en México supera a los 96 millones de personas. El 38% de éstas es menor de 34 años de edad. ¿Por qué es relevante este dato? Porque prácticamente 4 de cada 10 electores en este país aún no había nacido cuando ocurrió la crisis política de 1988, o aprendía a leer y escribir cuando surgió el conflicto armado en Chiapas, los asesinatos de Luis Donaldo Colosio, José Francisco Ruiz Massieu y la crisis económica de 1994.
No estoy sugiriendo que las personas menores de 34 años carezcan de conciencia histórica sobre la crisis política en nuestro país, ni que todas las personas mayores de esa edad sí la tengan. Solo estoy insinuando que hay una experiencia vivencial indiscutible para quienes presenciamos todos esos eventos. ¿Recuerda cómo se nos presentó el conflicto en Chiapas? ¿Puede recordar la noticia del asesinato de Colosio? ¿En dónde estaba Usted cuando escuchó de Talina Fernández la confirmación de la muerte de Colosio en la transmisión que condujo Jacobo Zabludovsky? ¿Qué fue lo que pensó cuando supo que además del asesinato del candidato oficialista a la presidencia de la República, después mataron a José Francisco Ruiz Massieu, presidente nacional del PRI, quien también había sido cuñado del Presidente Salinas de Gortari? ¿cómo vivió Usted la crisis económica de 1994 o las numerosas devaluaciones y crisis inflacionarias de 1976 al 1986?. Hay una experiencia vivencial indiscutible. Y tengo la hipótesis de que el valor y significado que otorgamos a “lo político” depende en gran medida de esa experiencia vivencial.
Las grandes reformas políticas en México han sido resultado de crisis complejas y dolorosas. Es en la memoria de la población donde se encuentra el centro de legitimidad que justifica el cambio político. No más, no menos.
Twitter. @marcoivanvargas



