Una propuesta
De las cenizas, surge la historia de los archivos de Luis Barragán Morfín y de un diamante, como metáfora de un compromiso: esta historia la cuenta Laura Ayala en su libro “525 gramos. Gil Magid: la transformación de Luis Barragán”
Conocido por su emblemática arquitectura pero formalmente titulado ingeniero, al morir Barragán, deja sus archivos personales a Óscar Ignacio González y a su amigo de la infancia, Ignacio Díaz Morales, creando la Fundación. En tanto que lega sus archivos profesionales a Raúl Ferrera, socio del despacho de Barragán, quien a su muerte dejó este material en manos de su viuda, Rosario Uranga. Según la revista Nexos, en artículo publicado en agosto de 2016, el empresario y coleccionista de arte, César Cervantes (dueño de la Casa Prieto o Casa Pedregal, de Luis Barragán), dice que “Uranga decidió vender el archivo, primero, al Estado mexicano, en 1993, y luego a particulares nacionales “al sentirse amenazada y rebasada, seguramente”.
Sería el galerista estadounidense Max Protetch, quien a su vez vendió lo que ya se llamaba el “Archivo Luis Barragán” al magnate suizo Rolf Fehlbaum, propietario de la fábrica Vitra y dueño del museo de arte que lleva el nombre de esa empresa, quien lo adquiera. La trama empieza cuando el empresario se casa con Federica Zanco, doctora en Historia de la Arquitectura, y el archivo se adquiere por tres millones de dólares, según Alice Gregory, quien también escribe sobre el tema.
Con el poder total sobre este legado, Zanco se enarbola como la única propietaria de cualquier tipo de reproducción de sus bocetos, fotografías o libros, amenazando a agencias como Magnun quienes tenían cierto material en propiedad, en una dinámica de bullyng.
Ante el acceso limitado y la postura de Zanco, Jill Magid artista conceptual conocida por “humanizar” estructuras de poder, se interesa e inicia sus tareas de investigación de lo que podría yo entender como un activismo transcultural y que culmina con una exhibición llamada “The Woman in Sombrero”.
El centro del debate se localiza en “la propuesta”, proyecto que intenta asentar como moneda de cambio los “restos” de Barragán -imponderable en moneda- por su obra material en papel y otros formatos. De las mismas se creó un diamante, un anillo de compromiso para poder realizar la permuta, y lograr la repatriación del legado de Barragán Morfín Magid logra autorización y se retira un porcentaje de las cenizas: 525 gramos de sus restos.
La cantidad pagada por estos archivos, regalo de compromiso del magnate a su prometida. Impide la posibilidad de instituciones académicas y públicas mexicanas para poder recuperar el contenido de sus portafolios, que contienen una herencia cultural e histórica de arquitectura de espacios, casas habitación, recintos eclesiásticos, jardines y fraccionamientos completos.
La obra de Jill Magid es más que un escándalo de millones de dólares, restos humanos de una figura tan emblemática para la historia de la arquitectura mexicana y de un anillo de compromiso configurado a partir de los 525 gramos extraídos de los restos humanos de Barragán. Y quien escribe con detalle sobre todo este entramado de intercambios epístolares y proyectos, es Laura Ayala. Maestra en arte moderno y contemporáneo y curadora del MUSA en Guadalajara- en su libro “525 gramos publicado por Artes de México podemos adentrarnos en la historia y sus detalles”.
La autora al igual que Jill, se mueve entre la curiosidad, la obsesión, la pasión por el arte y la admiración por Barragán para poder desarrollar su proyecto, el cual aborda con imparcialidad y sin juicios de valor, permitiendo contar con una perspectiva amplia de este suceso que removió muchos esquemas bajo los cuales se entiende el arte y la sacralidad del cuerpo humano.



