Vamos por enero
En una sociedad humana con las redes de comunicación que hay en el mundo, echar un vistazo a través de la pantalla me llena de euforia, pero también me intimida. No es el descubrimiento del hilo negro hablar de la cantidad de bienes, productos, servicios, o sea, cosas que hay para comprar, para reír, para leer, para comer, para pensar, para ponerse, para implementar, para jugar, para rezar, para ejercitarse, para morir o para vivir. Todas en una modalidad entre profesional y con sabor artesanal, que con olor “a casa” o “a mundo” invitan a consumir, aunque sea un consumo de tiempo, navegando por las aguas infinitas de la ya crecidita “internet”.
La verdad, ni siquiera quiero hablar de eso y de la famosísima creación o creadores de contenidos que hoy brotan en cada esquina, ciudad, comarca o villa local o extranjera. Hoy todos somos comunicadores, artistas, artesanos, gurús, expertos en opinión, en relaciones internacionales, en varietales, en gastronomía, en astronomía, en la leche materna, en derechos humanos, en política exterior, en narco sustancias o en chismes del corazón o de la realeza británica. Todo gracias a la telaraña electrónica que hace posible el intercambio de comunicaciones y el conocimiento disque de primera mano, de los delirios de presidentes latinoamericanos, las mismas mentiras de cada uno los sexenios mexicanos, el poder de los carteles, la belleza del universo, los colores del mundo, los microbios y las paredes intestinales de cualquier ser vivo. ¿me siguen?
Esta telaraña es como bucear en el océano de múltiples paradojas, de diatribas, retóricas, metáforas, sinapsis y sinopsis. Un caldo de batracios, reptiles y sirenas que emiten sonidos de ballenas y delfines para reventar los conductos auditivos de productores musicales, artistas de plástico y trovadores trasnochados que insisten en vivir el romanticismo de los años cuarenta y el amor y paz de los sesenta y setenta.
Hoy, diez de enero, ayer para los que leen, es un día descuadrado y absurdo. Descompuse una puerta eléctrica, hice de comer de maravilla, me levanté al alba a hacer ejercicio y la tarde noche me encontró con los dedos poco inquietos y la nostalgia tocando la puerta. Será que el 10 de enero era la fecha de mis papás o que la cuesta del mes se empieza a dejar venir. No sé porque en este país las cuestas se han vuelto cotidianas independiente de la época del año, solo que no las llamamos así.
Pronto se dará el banderazo para que oficialmente las corcholatas se separen del envase y nos hundiremos en una “opinión pública” manoseada y manipulada desde el inicio de sexenio y por qué no reconocerlo, desde los anteriores también. Y a más de 70 años de un tricolor en el poder, doce de un blanquiazul y 5 de los del color camote, no se ve que mejore la calidad de la clase aspirante a los máximos poderes de estados y de nuestro país.
Por eso hoy escribo sin sintaxis y con una gramática floripondiosa y absurda como las cosas en el país y en el mundo. En un territorio en donde el jefe de estado recibe a sus invitados “far away from Civilization”, solo para presumir aeropuerto; un mundo en donde se dice sí al petróleo y al gas ruso, una China abierta para que cada quien se salve del contagio como pueda y un presidente de un primer mundo que no tuvo de otra más que pasearse por las avenidas con baches de una ciudad en donde su presidente, de doctrina austera y nacionalista, vive como los emperadores de antaño en un palacio rebosante de obras y piezas de arte que reclaman la igualdad y la justicia.
Así sin puntuación que alcance o signos de exclamación que acentúen el sentir rabioso de un país y una población que sucumbe a las sustancias y a la demagogia, termino para no hacerle más gordo el caldo a quienes viven de esto y de aquello también.
¡Vamos por Enero!



