Vino en lugar de flores

"Siempre he confiado en la bondad de los desconocidos", decía Blanche Duvois en Un Tranvía llamado Deseo. Yo creo lo mismo gracias a Bruce y Margaret, que eran unos perfectos desconocidos cuando se presentaron con nosotros. Estábamos aún descargando las pocas maletas con las que llegamos a London, sin nada mas que un futón para dormir como única pieza que amueblaba el dúplex donde viviríamos los siguientes años. El par de ancianos se asomó desde la reja que dividía nuestros jardines y saludaron de lejos. Nos acercamos a presentarnos: nosotros extranjeros, recién casados, recién llegados. Ellos canadienses, cuarenta y tantos años de matrimonio, dueños de la casa de al lado desde hacía décadas y ex dueños de la propiedad en la que nosotros íbamos a vivir. Nuestro departamento había sido su primera casa. Luego lo compraron y finalmente la vendieron a los dueños actuales, quienes  en su momento también eran recién casados y también iniciaron su vida matrimonial ahí. Nos sentimos especiales. Ahora formábamos parte de una cadena de extraños unidos por el número 12 de Tower Lane.

Bruce y Margaret nos ofrecieron su jardín y su alberca cuando quisiéramos. Lo único que teníamos que hacer, era levantar el pasador y cruzar la reja de madera. Lo decían en serio. Después de un par de invitaciones, usamos la alberca cuando el ahogado calor del verano apretaba. Varios sábados fuimos despertados por la podadora de Bruce, quien al acabar de hacer su jardín, se cruzaba al nuestro, porque no teníamos podadora. Marcos salía a ayudarle y platicaban de lo lindo. Creo que de ahí nació el gusto de Marcos por la jardinería.

El par nos ayudó a sobrevivir nuestro primer invierno y nos enseñó a sacar las botellas de vino para enfriarlas enterradas en montones de nieve cerca de la puerta, para que los montones helados sirvieran de algo. Nos acogieron en su casa varias veces para invitarnos a cenar o simplemente  tomarnos una copa de vino, lo cual entre dos estudiantes becados era todo un lujo. La casa tenía un gusto impecable. No era muy grande, pero los muebles de línea simple Art Deco y las pinturas de artistas canadienses que colgaban en sus paredes, la hacían un lugar acogedor y a la vez sencillo pero elegante. Tenían en el sótano una pequeña cava. Ambos eran aficionados a los buenos vinos, y especialmente Bruce, tenía un cuidado meticuloso en ellos. Compraba siempre las botellas en pares, probaba una y si sentía que le faltaba tiempo para madurar, pegaba una pequeña etiqueta en la botella nueva con instrucciones precisas: "Abrir hasta después del 2017, probar con queso brie". Él nos enseñó sobre variedades nuevas de uvas, maridajes y  sobre todo, a disfrutar los sabores. Ella cocinaba siempre platos simples y perfectos, reflejando sin proponérselo, el acompasado equipo que habían formado con los años.

Bruce fue piloto durante la Segunda Guerra Mundial. Gracias a eso, pudo estudiar ingeniería becado en la Universidad de Toronto. En las vacaciones navideñas de 1954 decidió viajar a Jamaica. Ahí conoció a la aventurara Margaret, una joven escocesa que había decidió especializarse en el manejo de hoteles exóticos. Se casaron dos años después y acabaron viviendo en el 12 de Tower Lane. Bruce fundó un exitoso despacho de ingenieros al cual se debe la construcción de varios edificios en la ciudad y se dedicaron también a formar una familia y viajar por el mundo. Ver sus álbumes de fotografías era una delicia. Ambos decían, y no sin razón, que era una tortura poner a la gente a ver las fotos de viajes donde no estuvo, pero a nosotros nos encantaba ver aquellos libros empastados en cuero con sus iniciales y sus fotos montando elefantes, parados sobre un glaciar, volando en helicóptero, saludando desde lo alto del Gran Cañón, veleando en Fidji. 

Ambos eran el testimonio perfecto de que nunca hay edad para dejar de aprender algo nuevo: tomaban clases de español, salían en bicicleta hacia el club, donde ambos aprendían tenis, fueron miembros activos de varias organizaciones sociales y de beneficencia y jamás se quedaban quietos. Era una delicia verlos salir a su larga caminata diaria por la ciudad. Gracias a ellos aprendimos las delicias de caminar en la calle sin más propósito que pasear. 

Sus inviernos los pasaban en México y entonces, nos entregaban las llaves de su casa para recoger el correo, checar instalaciones, o para que simplemente pasáramos ahí un rato, frente a una buena copa de vino, cortesía de la casa. Naturalmente, cuando volvimos a nuestro país fuimos a visitarlos un par de inviernos a San Miguel de Allende y luego a Ajijic. Al volver a Canadá para una reunión de exalumnos, pasé un día con ellos, y pude agradecerles haber sido el modelo de matrimonio que necesitábamos ver cuando a penas iniciábamos nuestra vida en pareja. "-Glad to be at your service, dear-", me respondió Bruce.

Pedimos contacto hace unos tres años. Ya no contestaron  ni correo electrónico, ni su usual número telefónico. Supusimos que debido a su edad, se habrían mudado con su hija a Toronto, pero como es costumbre cambiar los apellidos de las mujeres casadas, y sabíamos que ella lo estaba, resultó imposible dar con nuestros vecinos.

Ayer fuimos a resurtir vinos para la casa. La pandemia acabó con las reservas de este hogar y no vaya a ser que venga una octava ola y nos agarre sin alcohol. Ahí en el estante, estaba el Beaujolais al cual nos introdujeron Bruce y Margaret. Por supuesto, lo compramos. 

Llegando hice una búsqueda en internet. Ahora tecleé Bruce, su apellido y la palabra Obituary. Confirmé lo que sentí al ver esa botella de Beaujolais: Bruce murió poco antes de la pandemia, después de 95 años de gozar una deliciosa vida.  Leí que después de su funeral se hizo una reunión en el club al que pertenecían y pidieron a los invitados no llevar flores, sino, en su lugar, comprar una buena botella de vino y disfrutarla en su memoria. Nosotros haremos lo mismo, aunque haya pasado ya un año de su muerte. Abriremos esa botella y brindaremos por él y Margaret, que nos enseñaron un estilo de matrimonio que hemos pretendido imitar y, sobre todo, a creer en la generosa y desinteresada bondad de los extraños.